El papel de la familia en la educación sexual de los adolescentes

Samuel Díez Arrese

Es necesario destacar que estamos en el siglo XXI y no partimos de cero en esto de la educación sexual. Lo que significa que aunque tal vez no lo sepamos todo, sí que sabemos ya bastantes cosas. Partir de lo que sabemos puede ser interesante para no caer en la tentación de hacer como si antes no hubiera existido nada.

Por ejemplo, sabemos que la educación sexual es responsabilidad de todos.  Y cuando decimos todos,  nos referimos a todos: centros escolares, programas de intervención socioeducativa, grupos de ocio y tiempo libre, instituciones, técnicos municipales, medios de comunicación, centros de salud, etc… así como por supuesto, la familia, que es lo que aquí nos ocupa.

Que las etapas por las que un chico o una chica van pasando son progresivas y que nadie tiene de repente 14 o 16 años. La educación sexual es relevante en cada una de esas etapas y, por su carácter progresivo, cobrará especial importancia lo que antes hayamos ido transmitiendo sobre éste y otros temas. Así que es desde esta importancia ya conocida desde donde acostumbran a llegar muchas de las solicitudes de apoyo, ayuda o información de las familias. Solicitudes que a veces van referidas al “qué hacer” pero que generalmente se circunscriben a “cómo” o “cuándo hacer”.

Suele ocurrir que dependiendo de lo que entendamos por sexo, sexualidad o relaciones eróticas transmitiremos unas cosas, y no otras, en nuestra educación sexual.

Si entendemos que el sexo es sinónimo de follar, la educación sexual se convertiría en educación del (o para el) folleteo, por lo que no sería extraño que los contenidos fuesen dirigidos a “todavía no”, a “esperar a la persona o edad adecuada” o al menos, si no hay certeza de impedirlo o frenarlo, a “follar con cuidado”, desde la base cierta de que con los enredos intergenitales y perigenitales, entre otras cosas, pueden transmitirse algunas infecciones, así como producirse embarazos cuando el encuentro es heterosexual.

Si además pensamos que los y las adolescentes son “aventureros temerarios” (o irresponsables, insensatos, inmaduros o  alocados, da igual el eufemismo que utilicemos) no es de extrañar ese “todavía no” y menos aún ese “con cuidado”.

Como tampoco sería de extrañar que se optase por la prohibición, el castigo y por meter cierta dosis de inquietud, cuando no miedo (para qué nos vamos a engañar) puesto que muchas veces se hace desde la protectora idea de evitar que tengan “malos rollos”. Al menos, los relacionados con las infecciones y los embarazos.

Sobre esto, un apunte en el que ahora no nos detendremos. Cabría pensar si no se tratarán de rollos más malos para nosotros (o desde nuestra perspectiva) que para ellos (desde la suya) y si no andarán ellos en otros rollos (algunos también malos, incluso vividos como peores) que se nos escapan.

Por otro lado, si entendemos que el sexo hace referencia a placeres y orgasmos, la educación sexual se convertiría en educación hedonista, periorgásmica o simplemente “erototécnica”, por lo que no sería extraño que los contenidos fuesen dirigidos a trucos, pericias y habilidades desde la base cierta de que en las relaciones eróticas generalmente se busca disfrutar y en la actualidad para el disfrute prima mucho la competencia orgásmica, los orgasmos tenidos y proporcionados, siendo esto la moneda de curso legal en el mercado de las relaciones eróticas. Sin olvidar que su mercado, en este sentido, no es sino herencia del nuestro, el de los responsables, sensatos y maduros adultos.

Así que tampoco sería de extrañar que, pensando en hablar de estas cosas con los hijos, nos entren las vergüenzas, los nervios y las inseguridades puesto que muchas veces se hace desde la propia vivencia de esos aspectos. O sea, a costa de la propia intimidad. De la intimidad individual y la de pareja.

En cambio, si entendemos que el sexo es lo que somos, hombres y mujeres, y que justamente por ser sexuados somos diferentes y únicos, la educación sexual se convertiría en educación de los sexos, o sea, en educación de hombres y de mujeres, por lo que entonces la cosa tal vez varíe sustancialmente. Este paso del sexo que se hace al sexo que se es, cambia de raíz el planteamiento y en su transcurso establece un nuevo e intenso diálogo, que abordaremos en breve, entre el “hacer por tener” y el “hacer para ser”.

Desde este cambio de perspectiva la contribución familiar en la educación sexual de chicos y chicas consistirá en ayudar a que se conozcan, se acepten, se expresen y se organicen de forma satisfactoria.

Metidos ya en el terreno de la satisfacción, sabemos que mucha de la satisfacción nos viene o la obtenemos cuando lo que hacemos lo hacemos desde el deseo, desde la apetencia, desde las ganas y no desde la obligación, la imposición o el deber. Es decir, cuando actuamos en coherencia y concordancia con lo que deseamos. Y esto, que puede servir para muchos, también sirve para los adolescentes.

Como también sabemos que en la adolescencia hay mucho folleteo que no obedece necesariamente al deseo sino a que es “lo que hay que hacer” o “lo que toca” (curiosamente esto también pasa mucho en la etapa adulta) sólo que en su caso generalmente está más relacionado con ser más hombre u hombre completo, más mujer o mujer completa.

Que no se es más hombre o más mujer por hacer tal o cual cosa lo tenemos claro. Por lo que podemos extraer varias ideas y planteamientos que se pueden ir transmitiendo antes sobre lo que significa ser un hombre y una mujer, y sus múltiples y diversos modos de serlo, todos ellos posibles, positivos y satisfactorios. Lo que no quita para que en un momento dado, si así se considera oportuno, se hable de genitales, lubricidades, prácticas, placeres y orgasmos, pero tal vez no. Y desde luego, no necesariamente como primera conversación.

Dicho sea de paso, en esto de intentar ser más hombre o más mujer tiene cabida tanto el follar, como beber, fumar o llegar a casa con las primeras luces del alba.

Por lo que si de entrada ofrecemos modelos abiertos y flexibles en los que tengan cabida sus distintas y variadas formas de ser, tal vez no tengan la nece(si)dad de refugiarse en el hacer para demostrar ser lo que ya son. Curiosamente, desde ahí, posiblemente estemos trabajando también y a la vez todos esos “refugios del hacer” para conseguir ser.

Se suele tener la duda permanente de cuándo abordar “el tema”. Hay una táctica que se emplea muchas veces y que consiste en esperar a que nos pregunten.

Aunque es posible que alguna vez funcione, también puede ser una táctica bastante arriesgada porque si la pregunta aparece a los 17 años, o directamente no llega, quizá vamos ya un poco tarde. Por otro lado, si cuando llega la pregunta estamos una hora respondiendo (hay que decir todo lo que se ha ido acumulando), lo mismo se lo piensan dos veces antes de volver a preguntar.

Si “el tema” es contribuir a que se conozcan y acepten como los hombres y mujeres que son y que se expresen, gestionen y organicen de forma satisfactoria, podemos sacar algunas ideas.

Por ejemplo, que hablamos de lo que nos preguntan y de lo que nos parece importante. Solo que este planteamiento tiene algunas reglas para no hacer trampa.

Si hablamos de lo que nos parece importante, lo hacemos cuando nos parece importante y no esperamos a que sea urgente. Esto significa que se lo contamos aunque no haya pregunta.

Si hablamos de lo que nos parece importante, lo hacemos porque nos parece importante y no para que luego ellos nos cuenten. Esto significa que tal vez hablemos en un monólogo.

Que si lo deseable puede ser un diálogo con los adolescentes, no menos cierto es que para aprender a dialogar hace falta aprender a hablar y para aprender a hablar hace falta aprender a escuchar.

Por ello que nos escuchen, aunque no hablen, se convierte en un primer paso necesario. Que sepan y entiendan que la familia es un espacio donde se puede hablar, si se quiere o se necesita, más allá de si se está de acuerdo o no con lo que unos y otros dicen.

Porque sabemos que en un lugar donde se habla de cosas es más fácil que un día surja una pregunta. De esas cosas, pequeñas unas y grandes otras, que nos van haciendo pasar de niños a hombres y de niñas a mujeres. Cosas todas ellas, no hará falta insistir, relacionadas  con “eso” y con más cosas.

Bibliografía

– Amezúa, E. (1999) Teoría de los sexos. Revista española de sexología, nº 95-96, Madrid: Publicaciones del Instituto de Sexología.

– (2001) Educación de los sexos: la letra pequeña de la educación sexual. Revista española de sexología, nº 107-108, Madrid: Publicaciones del Instituto de Sexología.

– De la Cruz, C. (2003) Educación de las sexualidades: los puntos de partida de la educación sexual. Revista española de sexología, nº 119, Madrid: Publicaciones del Instituto de Sexología.

– Suárez, A. (2004)  Educación Sexual desde la Familia. Infantil y primaria. Secundaria. CEAPA, Colección cursos, nº 18 y nº 19.

Una versión abreviada de este artículo se publicó en la Revista municipal para padres y madres, “seme-alabak”, nº 6, marzo 2009.

 

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