EL PUNTO G

En busca del arco perdido

Joserra Landarroitajaurregui

 

De cuando en vez emerge en el universo mediático el Punto G (incluso, ya, el punto A y el punto P convertidos -los tres- en los nuevos puntos suspensivos de la anatomía del placer). Nos centraremos en este artículo en el primero y más laureado de ellos (el punto G), no sin antes hacer una consideración previa: no alcanzo a comprender las razones para poner tantos puntos sobre esta “i”, pero me estimula ofrecer alguna “i” para que sea puesta bajo el polémico punto. De ahí estas líneas.

La “i” eyaculativa

Tras huir de la barbarie nazi, el ginecólogo alemán Ernst Gräfenberg se instaló en los USA donde en 1950 publicó un trabajo tituladoEl papel de la uretra en el orgasmo femenino. Principiaba por aquel entonces el interés científico sobre la mal llamada “eyaculación femenina” Gräfenberg daba a conocer una zona erógena intravaginal, -elevada al tacto, situada en la pared vaginal anterior y cercana a la uretra-, cuya estimulación se relacionaba con la tal secreción orgásmica femenina, la cual se produciría en algunas mujeres dando lugar a la expulsión -en el momento del orgasmo y a través de la uretra-, de un líquido claro y transparente que no cumpliría función lubricante alguna. En aquel momento se estimaba que el fenómeno de la “eyaculación femenina” era infrecuente y minoritario, de suerte que afectaría a menos de un 10% de las mujeres y tampoco estaría presente en todos los orgasmos de tales mujeres.

En rigor el asunto de la eyaculación femenina no resultaba del todo novedoso. Ya había sido mencionado por Aristóteles y Galeno; incluso –muy explícitamente- por San Agustín en “La Ciudad de Dios” (Libro 6, capítulo 9). Sin embargo, tras los estudios de Master y Jonson, que no ofrecieron luz alguna sobre el tal fenómeno, el tema cayó en desuso; incluso fue activamente negado por muy buena parte de la comunidad sexológica.

Posteriormente, ya en 1981, Alice Kahn Ladas, John D. Perry y Beverly Whipp bautizaron esta cresta como el punto de Gräfenberg, o punto G y puede decirse que este fue el momento en el que dio comienzo la actual historiografía -y hagiografía- del buscado “punto G”. Lo curioso del asunto es que, en este recorrido posterior, el punto G fue alejándose de la cuestión de la secreción uretral femenina para relacionarse –cada vez más- con el placer intravaginal y con el “superorgasmo coital”.

En las décadas posteriores se ha relacionado esta secreción uretral orgásmica con vestigios prostáticos funcionales localizados en las glándulas parauretrales (o glándulas de Sneke). Así mismo se ha descrito que esta misma secreción –excepto que en dirección vejical- podría también estar presente en otras mujeres, en las cuales se expresaría como “intensa sensación mictiva postorgásmica”. Luego que el asunto no fuese en absoluto minoritario.

De hecho se ha encontrado que tales secreciones contienen fosfatasa ácida prostática, antígeno prostático específico (PSA), ácido cítrico y fructosa (todas ellos presentes en el líquido prostático masculino); así mismo se ha encontrado urea y creatinina (que son productos metabólicos proteicos presentes en orina); así como, finalmente: glucosa, sales minerales y vestigios enzimáticos y vitamínicos. Además se han encontrado diferencias significativas (fundamentalmente de PSA) entre muestras de orina pre y postorgásmicas. Y también se han descrito diversidades anatómicas y funcionales en diferentes mujeres. Por todo ello, al menos yo, no tengo duda alguna de que estamos ante uno más de los hechos de diversidad del proceso de sexuación.

En cualquier caso, y resumiendo, en primera instancia el “punto G” se relacionó con la “eyaculación femenina” y parecía ser un disparador de la misma. Con posterioridad –y con gran apoyo mediático- el Punto G (su existencia, su localización, su relevancia, su pertinencia, su funcionalidad, etc.) se ha ido alejando de la tal cuestión eyaculativa inicial para adentrarse en el terreno de la “deseabilidad orgásmica” (habría que añadir: deseabilidad orgásmica intravaginal y procoital); incluso hasta convertirse en el “arca perdida” neo-orgásmica.

Al final va a resultar que el argumento pretende “volver a meter dentro, lo que fue sacado fuera”. O sea, que me huele otra vez, como en tiempos de Freud, a “clítoris versus vagina”.

La “i” epistémica

Desde tiempos de Aristóteles la razón naturalista del sexo es la razón reproductiva. En coherencia con esto, el placer sexual -si es placer y si es sexual- está naturalmente unido a la cópula y a los órganos reproductores. Desde esta visión epistémica la asociación “sexo-placer-reproducción” no es ideológica, sino –sencillamente-, natural: estaría en la naturaleza misma del sexo y no en la construcción eidética de la tal naturaleza. Así que no se trataría de una realidad de segundo orden (mapa), sino de una realidad de primer orden (territorio). Y puesto que “naturales” son los soportes de esta episteme, “naturales” habrán de ser las pruebas de su refutación.

Esta trenza -“sexo, placer y reproducción”- parece estar presente en la naturaleza de todos los machos y de todas las hembras del resto de especies mamíferas. Incluso podría encontrarse sin dificultad en la naturaleza de los propios machos humanos. Pues en ellos anatomía y fisiología se aúnan y se asocian para que la cuestión reproductiva (eyaculación) y la cuestión placentera (orgasmo) resulten estar profundamente imbricadas tanto anatómica como fisiológicamente. En la actualidad conocemos que el primero es reflejo y el segundo sensación cerebral, pero indudablemente, siendo distintos, están unidos y sincronizados. Así pues, y para ellos, puede aceptarse la “trenza aristotélica”.

En coherencia con esta episteme, parecería que algo está mal en nuestro conocimiento de la anatomía femenina y de su fisiología sexual, pues resulta que todo cuanto de ellas sabemos contraviene manifiestamente el axioma aristotélico del “tres en uno”.

De hecho, y al contrario de lo que ocurre en el resto de hembras mamíferas, el deseo femenino tiene una naturaleza neurológica (y no hormonal) del todo independiente del ciclo reproductivo. Además el clítoris ocupa una posición extravaginal resultando anatómica y fisiológicamente independiente de toda cuestión reproductiva. Y finalmente muy buena parte de la vagina resulta del todo anestésica (no muestra sensibilidad alguna ni al placer, ni al dolor). Todo lo cual permitía refutar la tesis “trenzada” y concluir que, en el cuerpo femenino, placer y reproducción son funciones sexuales distintas y autónomas.

Luego aquella episteme aristotélica sólo quedaría “naturalmente” salvada mediante: a) la demostración de un deseo femenino derivado del escenario hormonal interno de la ovulación; b) la ablación -real o simbólica- del clítoris; c) el subrayado del placer orgásmico intravaginal.

Todas y cada una de estas soluciones –llamémoslas, “poco naturales”- ya han sido exploradas con el fin de mantener vigente el paradigma (es sorprendente su pervivencia en un tiempo en que el saber clásico es denostado). Así desde la secular ablación cultural de clítoris, hasta el inmaduro orgasmo clitórico freudiano, pasando por los esfuerzos de subrayado de la “mayor disponibilidad” femenina en el periodo ovulatorio y la actual mítica del “super-g-orgasmo-intravaginal” no son sino intentos “culturales” (reconstruccionistas, podría decirse) de resucitar “naturalmente” a Aristóteles.

Por cierto, no se trata de denostar al insigne Aristóteles. Pues respetar su vida y obra no es “fusilarle” o “fosilizarle”, sino tratar de producir coralmente lo que él produjo individualmente: un fenomenal compendio de saberes múltiples, rigurosamente tratados y organizados, y bien actualizados.

Bibliografía

Belzer, E.G., Whipple, B., y Moger, W. (1984). On female ejaculation. Journal of Sex Research. 20, 4, 13-21.

Cabello, F. (2005) Aportaciones al estudio de la eyaculación femenina. Rev. Salud Sexual 1 (1). 5-12.

Darling, C.A., Davidson, J.K., y Conway-Welch, C. (1990). Female ejaculation : perceived origins, the Grafenberg spot/area, an sexual responsiveness. Archives of Sexual Behavior. 19, (1), 29-47.

Golberg, D.C. et al. (1983). The Grafenberg Spot and Female Ejaculation: a review or initial hypotheses. Journal of Sex and Marital Therapy. 9, 27-37.

Ladas, A.K., Whipple, B., y Perry, J.D. (1981). The G Spot and other recent discoveries about human sexuality. New York : Dell. (hay version castellana: “El punto G y otros descubrimientos recientes sobre sexualidad”. Ed. Grijalbo, Barcelona, 1983).

 

 

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