LA MEDICALIZACIÓN DEL DESEO

Notas sobre la adicción sexual

Juan Lejárraga Vera

 

Es una creencia común suponer que vivimos en tiempos ilustrados, lejos de los prejuicios del pasado. Algunos de los discursos médicos actuales muestran, por el contrario, lo difícil que resulta despojarse de ciertos prejuicios sobre la sexualidad. A veces se recubren con el eufemismo de la parafilia, o se cambia la denominación: deseo hipoactivo o inhibido en vez de frigidez; hipersexualidad o adicción al sexo en vez de ninfomanía o satiriasis. Por más que se revistan con nueva terminología, el fondo es inequívoco: las perversiones de ayer son las enfermedades de hoy.

 

En este artículo me quiero centrar en la así llamada adicción sexual. Si bien el término ya fue usado por el psicoanalista Fenichel en “Teoría psicoanalítica de la neurosis” (1945), su difusión es más tardía y suele situarse a finales de los 70, a raíz de la creación de grupos de autoayuda; el primero de ellos, “Adictos anónimos al sexo y el amor”, se fundó en Boston en 1977. Será Patrick Carnes, un antiguo psicólogo de prisiones, quien populizará el concepto y le dará forma en su libro “Fuera de las sombras: Comprender la adicción sexual” (1983).

 

Aunque la denominación es bastante reciente, el fenómeno había sido descrito por Krafft-Ebing en su Psychopathia Sexualis (1886): “Una condición por la cual a una persona se le incrementa el apetito sexual en forma anormal a tal punto que atraviesa todos sus pensamientos y sentimientos sin permitirle tener otro objetivo en la vida, en forma tumultuosa y demandante de gratificación sin garantizar encuentros morales o encuentros correctos, resolviéndolo con una sucesión de disfrute sexual impulsivo e insaciable. Esta sexualidad patológica, violatoria de las leyes del Estado y la moral, es aterradora para las víctimas, dado que se encuentran en constante peligro de perder su honor, su libertad y aún sus vidas”. Obsérvese la proliferación de juicios morales en que se apoya la definición porque, camuflados o no, se van a repetir en intentos posteriores de acotar el concepto.

 

A la postre, lo que está en discusión es cuánto es mucho y quién lo decide. Para entender la dimensión cultural de estos juicios ayuda tener presente los tres códigos eróticos principales que ordenan y normalizan nuestra percepción de los límites: el procreativo, el relacional y el recreativo. El modelo procreativo considera que el único ámbito aceptable para las relaciones eróticas es el matrimonio y solo si está al servicio de la descendencia. Desde este marco, las relaciones eróticas anónimas y frecuentes se definen como “fuera de control” o patológicas. Así se consideraban en la primera edición del Manual de diagnóstico de enfermedades mentales (véase “Donjuanismo” o “ninfomanía” en el DSM-I de 1952.) El modelo relacional contempla la actividad erótica como un medio de expresar y reforzar la intimidad, pero la prohíbe cuando no se da en una relación estable. Por último, el modelo recreativo asume que el propósito de los encuentros eróticos es el disfrute entre dos personas interesadas, aunque no se conozcan entre sí.

 

Dependiendo del modelo erótico que manejemos habrá conductas que se consideren fuera de control y otras que no. Desde el modelo procreativo una amatoria no marital o no procreativa indicará ausencia de control; desde el relacional lo será una amatoria sin compromiso; y en el modelo recreativo solo la amatoria no consensual se considera descontrolada. En cada momento histórico ha predominado más un modelo que otro, coexistiendo los tres en cualquier caso. En torno a 1950 el modelo procreativo fue hegemónico y se encontraba en casi todos los ámbitos (legales, educativos, religiosos, médicos). Con la llegada de la contracultura y la revolución sexual de los 60 se difundió un ideal libertario que fomentaba la experimentación y la satisfacción propia. La expansión del modelo recreativo, ayudado por el desarrollo de los anticonceptivos orales, conllevó sin embargo una nueva línea patologizadora. La respuesta erótica inadecuada o insuficiente, la que no llegaba a la altura esperada culturalmente, se consideró necesitada de atención clínica y se acuñaron términos como anorgasmia, deseo sexual inhibido, aversión sexual, incompetencia eyaculatoria (muy temprana) e insuficiencia erectil. A fines de los 70, se invirtió la tendencia y lo que empezó a preocupar no fue la carencia de relaciones eróticas sino su exceso. Diversos motivos condujeron a esta nueva situación. De un lado, el aumento de las infecciones de transmisión genital y sobre todo, más tardíamente, la aparición del sida y la estigmatización de aquellos infectados. También se acentuaron los vínculos con una ética del compromiso, valorando más la fidelidad, las obligaciones y el romanticismo. Por último, la derecha radical religiosa haciendo uso de su amplio poder político y económico atacó virulentamente (especialmente en norteamérica) la sexualidad no procreativa con campañas contra la pornografía, el aborto, la anticoncepción, la homosexualidad, las relaciones premaritales y la educación sexual en las escuelas. En este contexto surge el concepto de “adicción sexual”.

 

Hay todo un debate sobre si sería más adecuado hablar de compulsión, obsesión o impulsividad en vez de adicción sexual; cada etiqueta tiene sus implicaciones. Lo que me interesa es la cuestión de fondo, lo que nos estamos jugando con el concepto de adicción sexual. En primer lugar, supone volver a una visión negativa del sexo; ya no es un valor, como corresponde a una perspectiva moderna, sino un riesgo. De ahí se derivan algunas consecuencias más. Se establecen diferencias cualitativas entre los adictos y los no adictos (modelo dicotómico), dejando en la cuneta otra de las aportaciones de la sexología moderna, la idea del continuo -los grises, frente al blanco y negro- como vía de comprensión de la realidad sexual. La caracterización de ciertos patrones eróticos como excesivos o anormales tiende a desconocer la amplia diversidad erótica y propugna implícitamente una “normalización” que no respeta las peculiaridades individuales. Establecido el peligro del sexo, se legitiman políticas represivas (¡hay que protegerse!). Frente a la asunción biográfica de los deseos y su gestión inteligente se ofrece una victimización que exculpa de responsabilidad y patologiza (“Soy un adicto, no pude evitarlo”). Y todo por un concepto que viene del mundo de la adiccionología y de los grupos de autoayuda, con muy poca investigación detrás y de resultados nada concluyentes.

 

En fin, como sexólogos, sabemos que el sexo es un valor que tiene más de cultivable que de tratable; que la sexualidad es una vivencia personal de la que no pueden extrapolarse normas para los demás; y que la sexología permite una comprensión de las cuestiones sexuales de la que andan escasas otras disciplinas, más atentas a la patologización. ¿No será que se ha juzgado a las mujeres que poseían una erótica masculina como ninfómanas? ¿No será que algunos hombres cuya erótica masculina es muy marcada son juzgados según los patrones de la erótica femenina? En vez de inventarse una enfermedad más, ¿no será más útil un mayor conocimiento y estudio de las diferencias entre sexos y sus rasgos compartibles; mejorar la gestión de los deseos; cultivar la riqueza de las fantasías; y disfrutar del encuentro con el otro, con las peculiariades propias de cada cual? Necesitamos más sexo, no menos. Pero visto como un valor, con sus modos (masculino y femenino), sus matices (homo y hetero) y sus peculiaridades.

 

 

 

Bibliografía

 

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