LAS PECULIARIDADES ERÓTICAS
UNA CUESTIÓN DE DETALLES (I)

[Tomado de : El Libro de los sexos, Vol. III (ESO) Unidad didáctica 13 ]
¿Qué es el fetichismo, el sadismo, el exhibicionismo o la pederastia? ¿En qué conciernen a todos estas y otras peculiaridades? ¿En qué consisten exactamente, más allá de los tópicos o estereotipos, esta serie de términos que están en el lenguaje común y forman parte de la cultura general?

Estas peculiaridades —hemos insistido— no son trastornos ni enfermedades. Y sin embargo suelen circular como anomalías, en ocasiones, repletas de connotaciones de patología y peligro. Lo que aquí nos ocupará será una versión distinta a la tópica y habitual.

 

 

Índice

I. Preliminares

1. Particularidades

2.Peculiaridades eróticas y riesgos

3. Algunos rasgos

4. La variedad

Recuadro 1. El final de la anormalidad

II. Las listas y clasificaciones

1. Los límites

2. Las clasificaciones, de nuevo

3. Normalidad vs diversidad

4. Desde el HSH

Recuadro 2. Sobre algunos deslizamientos conceptuales

III. Primer grupo

1. El fetichismo

A. “Puntos de engarce”

B. Los detalles

C. La exclusividad

D. Havelock Ellis y el simbolismo erótico

2. El sadismo

A. Sobre datos y cifras

B. Sobre el contenido

C. Sobre Sade

D. El sadismo y la vida cotidiana

3. El masoquismo

A. Sacher-Masoch

B. Masoquismo y romanticismo

C. Algunos rasgos propios

D. Valores propios del masoquismo

Recuadro 3. El estigma de algunos adjetivos

 

 

I. Preliminares

 

 

1. Particularidades

La carencia de una denominación precisa ha contribuido a que estas peculiaridades eróticas hayan sido conceptualizadas de muy diversas formas en función del punto de mira o el interés desde el cual han sido contempladas.

En el marco del hecho sexual humano el concepto de peculiaridad indica, de por sí, una cualidad genérica y es usado para significar el carácter o rasgo propio de los sujetos como tales sujetos sexuados. El adjetivo erótica que acompaña al sustantivo peculiaridad especifica esta clase de peculiaridades relativas a los deseos de los sujetos como sujetos sexuados.

2.Peculiaridades eróticas y riesgos

Las peculiaridades eróticas, como todo valor humano, puede estar asociado a algunos riesgos, pero importa pensar estos valores por sí mismos antes de adelantar acumulaciones de riesgos o peligros.

Nadie asocia, por ejemplo, el deporte con los peligros de sus muchas modalidades sino que, con la prudencia razonable, no anula el primero por los segundos. El principal interés, pues, es poder valorar las peculiaridades eróticas en lugar de patologizarlas o criminalizarlas. Si el sexo es un valor éste constela tras sí muchas cualidades cultivables e inherentes al mismo.

 

3. Algunos rasgos

Uno de los rasgos más comunes de las peculiaridades eróticas, efecto de esa idea negra que ha pesado sordamente sobre ellas, es el de haber sido consideradas como temibles y, por lo tanto, rechazables y condenables; en todo caso objetos de descalificación por muy distintos motivos.

Un nuevo rasgo ha sido su identificación con el vicio o la inmoralidad como, bajo otros enfoques, con el trastorno mental o la patología, léase, la degeneración moral. Un rasgo asociado a estos otros, como su consecuencia ha sido su estigmatización peligrosa. De ahí también el carácter de peligrosidad de la que tradicionalmente han sido impregnadas.

Si es cierto que todo puede darse en cualquier dimensión de la condición humana se diría que en ésta de ser sujeto sexuado la hinchazón se ha exagerado de forma desproporcionada y extrema en una dirección de peligro por el propio pensamiento que la ha llevado en esa dirección de riesgo.

 

4. La variedad

Por encima de todos estos rasgos señalados, sobresale su carácter chocante o sorprendente, léase original y caprichoso. O, más bien, insinuador e incitante. En definitiva, atractivo y atrayente.

Por encima de todo ello, se sitúa, pues, el hecho de ser la muestra más palmaria de la variedad y diversidad de los deseos que los sujetos pueden sentir por su condición sexuada.

Este rasgo es el que, por un lado, es muestra de riqueza y potencial de relación y, por otro, de problema o conflicto precisamente por su diversidad, cuando se plantea su vivencia o expresión.

 

 

 

Recuadro 1. El final de la anormalidad

“¿Cómo que por qué? Pues porque no me parece normal” (…)Hay cosas que rechazamos porque nos repugnan, otras porque nos aburren, y otras —las menos— porque hemos razonado que son inconvenientes. Pero si todo lo anterior falla siempre nos queda rechazar la cosa “porque no es normal”.

La variante más delicada de este argumento de la anormalidad es la que se aplica a las personas: ¿tú crees, hija, que ese amigo tuyo, Luis o como se llame, es normal? Mira, te digo yo que lo de Fernández no es normal. Yo no soy racista, pero es que lo de los rumanos no es normal.

El argumento también puede usarse al revés, para ensalzar lo que sí es normal, sobre todo cuando se trata de uno mismo. Esta vez no voy a dar ejemplos.

El cerebro tiene 100.000 millones de neuronas, y cada una puede establecer hasta 10.000 sinapsis con otras neuronas vecinas o lejanas, y reforzarlas o debilitarlas según el contexto, la experiencia y el aprendizaje. No está claro cuántos genes hacen falta para construir ese cosmos neurológico, pero es improbable que sean más de mil (el cuerpo entero se fabrica con 30.000). Tocan a un gen por cada billón de sinapsis, y eso deja mucho espacio para el azar.

Además, el sexo baraja los genes a conciencia una generación tras otra, y las combinaciones posibles, incluso haciendo toda clase de concesiones genéticas, y estadísticas, son un número mucho más alto que los 6.000 millones de personas que pueblan el planeta. Resultado: la normalidad no existe. (…)”

(J. Sampedro, El País, 7 agosto. 2004)

 

II. Las listas y clasificaciones

 

1. Los límites

Al tratarse de peculiaridades de sujetos podría afirmarse que su número no tiene fin y que se dan tantas como éstos sean capaces de crear o elaborar. De ahí procede la expresión “larga lista de las peculiaridades eróticas” frente a la limitación establecida para los modos, fijados en dos (masculino/femenino) y para los matices (heterosexual y homosexual).

Hay, sin embargo, como es obvio, listas más o menos largas en función de sus mismas propiedades. Y de ahí su número limitado, al menos en cuanto dice relación a los conocimientos de los que disponemos.

 

2. Las clasificaciones, de nuevo

Entre las clasificaciones más destacables, cabe recordar las dos de las que ya nos hemos ocupado anteriormente: por un lado, la que las contempla como desviaciones del objetivo de la cópula y que, como ya es sabido, las considera trastornos mentales o parafilias.

La otra gran clasificación gira en torno a la noción de variedad de las manifestaciones del sujeto sexuado; y será la que ofrecemos a continuación a través de dos grupos. A ellos añadiremos un tercero para situar en él las peculiaridades anecdóticas o circunstanciales, llamadas también ancestrales.

Importa, en todo caso, no desgajar cada peculiaridad erótica del fondo que la dota de sentido y que consiste en ser punto o motivo de atracción e interés para el otro y por lo tanto con vistas a la posible relación con él, léase su ars amandi. Si su desgajo se presta a riesgos, su anclaje, a pesar de sus vericuetos —o precisamente por ellos— ofrece sus mayores posibilidades de desarrollo.

 

3. Normalidad vs diversidad

La primera de estas dos catalogaciones o clasificaciones aludidas tiene por criterio la normalidad o anormalidad según que las peculiaridades coincidan en más o en menos con los criterios de la salud mental media de la población o lo que estadísticamente se considere así en una sociedad dada.

Por su parte, el criterio más destacable para la clasificación que aquí se plantea es el de la diversidad o, más propiamente hablando, de la diversión.

Usar el término diversión puede prestarse a la frivolización de los deseos eróticos pero también puede señalar, o al menos eso pretende, una de sus connotaciones principales que es la búsqueda de muy diversas formas de vinculación entre los sujetos a través de dichos rasgos.

 

4. Desde el HSH

Este doble uso del término diversión a propósito de las peculiaridades eróticas choca, de por sí, con el, a su vez, también doble uso de la otra clasificación basada en la anormalidad y normalidad, propia del enfoque basado en la acentuación del carácter psicopatológico y de cuyo debate ya se ha dado cuenta en la Unidad Didáctica anterior.

Dando un paso más adelante de dicho debate, presentaremos a continuación las distintas peculiaridades eróticas según el enfoque del moderno paradigma de los sexos reflejado en el mapa del Hecho Sexual Humano.

El punto fuerte de esta semblanza se basa, pues, en las estructuras, vivencias y expresiones del hecho sexual y sus manifestaciones, en especial desde las preguntas o inquietudes comunes así como en la expansión de sus confusiones o complicaciones.

 

 

 

Recuadro 2. Sobre algunos deslizamientos conceptuales

El uso excesivo del término normalidad ha traído consigo el igualmente excesivo uso de su antónimo anormalidad. Se suele preguntar con frecuencia qué es normal y qué no lo es en las relaciones eróticas. O, por decirlo con la inadecuada fórmula extendida, en las relaciones sexuales.

Por otra parte, los usos resbaladizos de los términos normal-anormal llevan a resbaladizas confusiones de su sentido en la dirección de lo bueno, lo beneficioso, lo sano cuando se dice normal; y, a su vez, a identificar lo anormal con lo malo, lo maléfico o nocivo.

La identificación de lo no normal con lo anormal y, de nuevo, esto con lo patológico, con lo peligroso, etc. completa esta serie de deslizamientos hacia el olvido de la diversidad. Sólo la salida de ese terreno resbaladizo de lo normal-anormal y la entrada en este otro de la diversidad puede ofrecer puede ofrecer datos nuevos y distintos.

Las peculiaridades son propias del concepto de diversidad y están lejos de significar esos otros sentidos. Es útil afirmar que esto no es un simple juego de palabras sino una opción por los contenidos y conceptos.

 

 

III. Primer grupo

1. El fetichismo

A. “Puntos de engarce”

El fetichismo es una de las peculiaridades eróticas universales y consiste en la atracción de una de las partes, zonas, gestos o conductas del otro. Havelock Ellis hizo del fetichismo el rasgo por excelencia de la atracción entre los sexos: “No hay ninguna zona del cuerpo que no pueda ser erógena. Tampoco ninguna sensación o emoción”. En realidad siempre hay algo del otro y de uno que puede suscitar la preferencia. Por eso el fetiche ha sido llamado también “punto de engarce”.

Aunque una extendida costumbre, basada en una desviación conceptual ha usado en exceso el fetichismo como fuente de anormalidad, incluso de patología, su carácter más propio es la asociación altamente simbólica con un contenido que se relaciona con el otro como objeto de deseo. Su valor ha sido ricamente descrito por los escritores y artistas, el cine y en general las artes plásticas. En este sentido las Ciencias Humanas y Sociales son prioritarias y previas a las Biosanitarias.

B. Los detalles

Así ha sucedido con las descripciones acentuadas sobre los detalles que van desde zonas hasta sensaciones como son los olores, colores, tactos, sonidos etc. hasta los sentimientos. Es lo que se conoce como filias. Algunos rasgos o partes del cuerpo hacen las veces de fetiche. Es el caso de la mirada o de los mismos ojos, el cabello o las caderas en el sexo femenino o del torax en el masculino.

Otro foco de detalles es el de los recursos asociados como es el caso de los objetos (talismanes, fotos, recuerdos, fechas, etc.) que, como habito general se refleja en el rito del regalo simbólico que se guarda como objeto preciado por su especial significado. Su valor emocional es de todos bien conocido. Y la variedad de estos objetos no tiene fin.

En ocasiones, sin embargo, la erotización o atracción recae sobre un objeto inanimado, bien por su relación directa con la persona amada, bien en sí misma por su uso o asociación como es el caso de las prendas, en especial las íntimas, como es el caso de la lencería. El fetichismo del pie ha dado un especial valor al calzado.

C. La exclusividad

La fijación en exclusiva en estos objetos es lo que más ha sido considerado para definir los excesos y sus estereotipos, léase su excepcionalidad lo que, precisamente por dicha excepcionalidad, es más destacado que el fetichismo general. Tales son los casos de coleccionistas de objetos por su carácter de fetiche.

Una porción mínima de la población llega a crearse problemas con esta peculiaridad erótica poniendo más carga o significado erótico en el objeto que en la realidad simbolizada de los sujetos hasta el punto de hacer girar su vida y relación en función de dicha sustitución o vacío.

Por su parte el mercado ha generalizado toda clase de gadgets y objetos con los que se pueblan o alimentan estos vacíos o carencias que tratan de ser ayudados con estas prótesis.

D. Havelock Ellis y el simbolismo erótico

Tal como ya fue estudiado en la Unidad Didáctica dedicada a la Erótica, Havelock Ellis formuló su teoría sobre el simbolismo erótico a partir de la base del fetichismo y ésta es aplicable a muchas otras peculiaridades aquí tratadas.

En efecto, el mecanismo del fetiche, tal como fue expuesto en la monografía del sexólogo inglés El simbolismo erótico (1904) tiene su base en el carácter simbólico por el cual un estímulo puede ser trasladado de un objeto a otro. Es el mismo mecanismo de la construcción de las metáforas en el lenguaje, según el cual el sujeto atribuye a un objeto lo que es propio de otro para expresar más bellamente éste.

La teoría, por otra parte, es similar a la formulación que Pavlov iba a hacer célebre unos años más tarde mediante la identificación del sonido y la comida en el célebre experimento llevado a cabo con el perro de su laboratorio. Lejos, pues, de la patología, Ellis planteó el fetichismo como la estructura de una metáfora por la cual los sujetos convierten lo banal e insignificante en atractivo e importante.

 

2. El sadismo

A. Sobre datos y cifras

Los datos sobre “los casos de sadismo” proceden todos de entornos clínicos o penales, relacionados con delitos diversos y son, por lo tanto, casuísticos, o sea, no representativos de la población como para poder hacerse una idea proporcional y cuantitativa.

Ello hace que no se pueda nunca responder a la pregunta tan extendida desde el punto de vista psicopatológico relativa a cuánto se da o no el sadismo en los sujetos. Por otra parte, el componente simbólico e imaginario, que es el principal elemento del sadismo, hace que éste sea un fenómeno enteramente subjetivo: es decir, cualitativo.

B. Sobre el contenido

Los principales contenidos para la definición del sadismo desde el marco de la Sexología fueron expuestos por Iván Bloch en su obra Vida y obra de Sade (vers. cast. Madrid, 1924) con prólogo de G. Marañón; y estos pueden resumirse en tres:

  1. Que Sade (1747-1814) fue un escritor de ficción y por lo tanto su obra, como la de cualquier escritor de ficción, dice relación al imaginario;
  2. Que Sade no fue un perturbado mental sino un reformista o, si se prefiere, un revoluccionario, con relación a los valores de su época; y
  3. Que el producto o mensaje que él aportó responde a un elemento común de los sujetos que él contribuyó a ilustrar y comprender. De ahí el nombre de sadismo.


C. Sobre Sade

“He sido y soy un libertino, lo reconozco —escribe Sade ante las acusaciones—, he concebido y escrito todo cuanto se puede pensar de la vida libertina, pero yo no he realizado lo que he escrito. Soy un libertino, pero no un malvado; y menos, un criminal”.

“Se puede leer a Sade bajo el principio de la violencia; y se le puede leer, siguiendo su propia recomendación, según lo que él formuló como principio de la delicadeza. Esta delicadeza sadiana no es un producto de clase, un atributo de civilización, un estilo de cultura. Es una potencia de análisis y un poder de goce: análisis y goce se reunen en beneficio de una exaltación desconocida por nuestras sociedades y que, por eso, mismo, constituye una de sus formidables utopías” (R. Barthes, Sade, Fourier, Loyola, vers. cast. Monte Avila, 1977).

D. El sadismo y la vida cotidiana

El punto o aspecto más importante, desde el legado de Sade, es la separación entre sadismo y violencia. De esta forma sus confusiones con la violación o las distintas formas de crímenes o asesinatos constituyen uno de los grandes focos de confusión del que proceden no sólo las tergiversaciones sobre la vida de Sade sino sobre el sadismo cotidiano en la vida de los sujetos. Una cosa es el sadismo y otra es la crueldad con la que el sadismo es confundido con excesiva frecuencia.

La unión de deseo erótico y sufrimiento, en todas sus gamas, constituye, en definitiva, el eje sobre el cual gira el sentido del sadismo. De ahí sus derivados tales como la posesión y dependencia que son temas de un gran interés en las relaciones de los sexos. No se hace nada bueno ocultando realidades sino conociéndolas.

Un análisis de esta unión arroja una gran cantidad de elementos que forman parte de la misma personalidad de cada uno pero, sobre todo, de la entidad que se forma en la relación de los amantes o pareja. Su carácter positivo y creativo, o sus derivas negativas y destructoras, constituyen las vetas de los más ricos debates por ser la materia de las más vivas confusiones.

 

3. El masoquismo

A. Sacher-Masoch

El masoquismo es para muchos autores la otra cara del sadismo o en todo caso relacionado con él siguiendo el binomio bipolar de dar y recibir. O, si se prefiere, de actividad y pasividad. Éste es uno de los rasgos más generales de toda relación basada en un contrato explícito o implícito propio de la pareja por el hecho de su compa(r)tibilidad recíproca.

Sin embargo el masoquismo tiene una entidad propia como peculiaridad erótica. El nombre de masoquismo procede del noble Leopold Sacher-Masoch (Ginebra 1820-1869) quien a través de sus obras, en especial La Venus de las pieles, describió las formas en las que estableció sus relaciones íntimas.

Una referencia más cercana—y esta vez en femenino— es la constituida por Historia de O. “El caso de O —escribe la autora, tras los escándalos y mirando hacia atrás—, ha sido desbordado. El origen de la obra es una simple e ingenua carta de amor de una adolescente apasionada. El resto es todo decorado. ¿Cómo pueden tergiversarse los fenómenos humanos de forma tan desquiciante?” (Regine Deforges, O m’a dit, J. J.Pauvert, Paris, 1978).

B. Masoquismo y romanticismo

Algunos autores han señalado ciertas semejanzas entre el romanticismo o amor romántico y el masoquismo. De hecho ambos son productos de una misma época: el siglo XIX. Y ambos también apuntan a un núcleo común: el valor del sufrimiento en su asociación a ciertas formas de concebir las relaciones desde una exagerada sensibilidad centrada en los sentimientos.

De todos es conocido el acento que los románticos pusieron en temas tales como el amor no correspondido, los celos o la exclusividad, así como el dolor de la pérdida o abandono. También son de todos conocidos esos relatos y poemas con alta dosis de grandiosidad, incluso de tragedia.

C. Algunos rasgos propios

Llevando estos detalles más a fondo, y pasando de los sufrimientos morales (o psicológicos) a los físicos, se han asociado al masoquismo una serie de gestos y conductas propias tales como la sumisión o sometimiento, las autolesiones, los bondajes, flagelaciones, autoinsultos, etc que, de muy diversas formas, proporcionan placer en la sumisión y el sufrimiento.

La tradición cristiana y su glorificación del sufrimiento, no está exenta de esta vía, si bien los motivos explicativos han sido de un orden considerado superior dentro de un contexto religioso. En el caso de la cultura española la rica imaginería de los ritos de Semana Santa pueden ser una muestra exquisita de esta manifestación.

D. Valores propios del masoquismo

Como sucede con toda peculiaridad no es inútil afirmar de forma explícita alguno de sus valores más destacables. Y en este caso su patologización o ridiculización hace con frecuencia olvidar la dosis de valor que encierra esta peculiaridad de los sujetos.

Algunas relaciones mantienen sus equilibrios mediante el encaje de sexualidades cuyas combinaciones son juzgadas y criticadas cuando se las considera en su sentido técnico; pero estas mismas relaciones resultan modélicas para replantearse ciertos tópicos basados en esos criterios técnicos
cuando se trata de compartir experiencias y sentimientos.

 

 

 

Recuadro 3. El estigma de algunos adjetivos

Algunos adjetivos describen situaciones a través de nombres asociados con ellas. Por ejemplo se dice dantesca de una situación que sobrepasa lo acostumbrado en referencia a las escenas que Dante hizo en su Divina Comedia. Se usa el adjetivo kafkiano cuando se alude a una situación de tal forma enredada que es imposible salir de ella, tal como el célebre autor austríaco describió en una de sus obras, El castillo.

De la misma forma, se suele usar el término sádico en recuerdo de Sade para describir una situación de violencia, brutalidad y ensañamiento movida por los impulsos libidinales. ¿Pero es eso lo que realmente caracteriza lo que Sade describió? Lo mismo puede decirse de su adjetivo consorte, masoquista.

Estos adjetivos, más que ser reflejo de las situaciones descritas por sus respectivos autores, revelan un aglomerado de todo lo indeseable que no coincide precisamente con las aportaciones de ellos. El dato más corriente de esta confusión es la mezcla de realidad e imaginación.

De esa forma no sólo se empobrece la lengua sino que se llena de estereotipos infundados. Usar el adjetivo sádico con una cierta precisión es un ejercicio de gran utilidad.

 

 

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