Los placeres de los demás

Juan Lejárraga


La sexología, como sistema de pensamiento, está formada por una serie de sexologemas o afirmaciones sexológicas. Uno de los sexologemas más conocidos dice que es más probable disfrutar de las relaciones eróticas si uno hace aquello que desea. Lo que supone distinguir primero los deseos de las apetencias. Es decir, supone distinguir los cantos de sirena de la mercadotecnia y la comparación social con lo que en su fuero interno uno realmente desea.

Esto nos pone en la pista de que no existen los deseos “normales”, en el sentido de ‘compartidos por una mayoría o norma’. De hecho, un “deseo normal” es una contradicción en los términos. Los deseos son siempre peculiares, propios de cada uno.

Por tanto, carece de sentido que alguien nos indique qué debemos hacer para disfrutar. Y por lo mismo,  tampoco se sostiene una supuesta jerarquía de prácticas amatorias, en la que lo más sencillo da menos placer, y lo más ocurrente nos sitúa al borde del éxtasis. El disfrute no depende de lo que se hace sino de la vivencia que tengamos de aquello que hacemos; y esa vivencia dependerá en gran medida de que hayamos deseado lo que hacíamos…

Viene esta introducción a cuento de Los placeres de Lola (Aguilar, 2008), un libro que, según la contraportada, “está concebido como un viaje revelador y didáctico por la naturaleza de la sexualidad femenina desde la palabra hasta el éxtasis” y donde se “muestran las claves para que experimentes con todas las partes de tu cuerpo” y “tomes las riendas de tu placer y aprendas a decir lo que te apetece en cada momento sin tapujos”.

Claro está: una cosa es predicar y otra dar trigo. Basta arribar a la página 11 para descubrir no ya a una normalizadora (fenómeno habitual en los discursos públicos sobre la erótica) sino directamente a una patologizadora: “Y si a vuestra pareja no le gusta el olor de la vulva, que se lo haga mirar, porque tiene un problema”. Aceptemos que es una expresión popular, dicha con gracia y guiño mediante.  Sigamos leyendo.

“Hablar de lo que te gusta y de lo que no tiene un efecto muy positivo en la pareja. Hace fuerte su confianza y crece el conocimiento mutuo. No hay ni un solo motivo por el que decidas no ponerlo en práctica” (p. 14) ¿Y si te da vergüenza o miedo confesar que no te gusta el olor de su vulva, por si te dice que tienes un problema…?

“Debes buscar tu placer y éste está en el clítoris” (p.12) ¿Sólo? ¿No es más cierto que “cada mujer tiene su propia geografía” (p. 66)?

“Hablar sucio. No hay nadie que se resista a esta técnica amatoria” (p. 19) ¿Seguro que los amantes silenciosos no se resisten? Además, ¿no habíamos quedado en que “la erótica es subjetiva” (p. 95)? Según la autora, no: “El 69 es maravilloso. Incomparable postura” (p.98) Y si no nos gusta,  ¿nos lo miramos también?

No es preciso multiplicar las citas: basta abrir el libro por cualquier página para encontrar alguna frase imperativa (pruébalo, no falla nunca, te gustará). Así obtenemos claves de los placeres de…¿Lola? , pero difícilmente se abre un espacio a los deseos y placeres de los demás. Especialmente, los de aquellas mujeres que no son tan experimentales, ni ruidosas, ni dadas a usar lubricantes, ni…

Es la cantinela de la mayoría de manuales dedicados al ars amandi: hay que probar muchas posturas, y prácticas, y técnicas para “liberarse” y poder disfrutar realmente y a fondo.  Se produce así un efecto paradójico en un manual que pretende ayudar a disfrutar: los que no desean meterse en esos jaleos pueden acabar sintiéndose mal por no “estar liberados” o ser “poco modernos”. Incluso, se pueden ver empujados a hacer cosas que no desean realmente, con la consiguiente decepción. Pero si recordamos el sexologema del principio, todos podemos disfrutar, aun con las cosas más sencillas, a condición de desearlas…

Cierra el libro una bibliografía verdaderamente interesante (Weeks, Vance, Tiefer, Barbach, Dodson, Califia…) en la que llama la atención una ausencia: la de Masters y Johnson. De haberlos leído (Incompatibilidad sexual humana, 1970), la autora no habría atribuido a Helen Kaplan (La nueva terapia sexual, 1974) “el primer lugar en la sexología moderna”, “hito fundamental en las llamadas terapias sexuales” (p. 63), ya que habría comprobado hasta qué punto es deudora de ellos.

Referencias

Amezúa, E. (2006) Sexologemas. (Cuando los genitales no dejan ver el sexo.) Revista española de sexología, nº 135-136, Madrid: Publicaciones del Instituto de Sexología.

 

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