Sexología sine ira et studio

Juan Lejárraga

 

A lo largo de la historia el estudio de las cuestiones sexuales se ha visto dificultado por prejuicios religiosos, ideológicos, morales, etc. Uno de los grandes méritos de la primera generación de sexólogos a principios del siglo XX fue proponer la comprensión sine ira et studio del sexo. En el prefacio a su monumental obra magna de 7 volúmenes, los Estudios de psicología del sexo, Havelock Ellis anunciaba con modestia “al menos he intentado averiguar cuáles son los hechos”.

 

Evidentemente, nadie puede sustraerse al contexto histórico-cultural en el que se inserta y la búsqueda de la facticidad desnuda no deja de ser una utopía positivista de la época. Dependiendo de las preguntas que formulemos, obtendremos unos “hechos” u otros y éstos se entenderán de una manera u otra según el contexto en el que los pongamos. Ya hemos perdido la inocencia metodológica.

 

Con esa advertencia presente, es menester subrayar, insisto, el surgimiento de esa perspectiva novedosa en lo relativo al sexo en los albores del siglo pasado: ni combatir ni permitir, comprender. Al menos, intentar averiguar cuáles son los hechos.

 

Hoy día persisten las tres actitudes, si bien el esfuerzo de comprensión sigue siendo minoritario. Es fácil observar proclamas morales que condenan ciertas prácticas o formas de ser. No menos frecuente es la actitud permisiva, con aires de activismo y tintes progresistas. ¿Pero quién intenta comprender? Apenas unos pocos investigadores, que publican en revistas especializadas, y que a duras penas consiguen financiación para aquello que se considera o combatible o permisible, pero rara vez digno de comprensión intelectual.

 

Pongamos un ejemplo de ahora mismo. El escándalo de los curas que han abusado de menores ha saltado a los periódicos con renovado brío. En declaraciones recientes, el secretario de Estado del Vaticano, en un intento de desviar la atención, ha vinculado los abusos de los curas a la homosexualidad. Las asociaciones de gays y lesbianas han puesto el grito en el cielo (nunca mejor dicho) y han echado la culpa al celibato, al tiempo que los biempensantes (basta leer los comentarios de los lectores a las noticias del periódico) rechazaban con el dicterio de homófobo y la amenaza de denuncia que se afirmase cualquier vínculo entre homosexualidad y pederastia.

 

En esta guerra de tirios y troyanos, ¿puede sacar algo en claro el ciudadano responsable? ¿Se podrá tomar así alguna decisión política sensata?

 

Quizá sea conveniente intentar averiguar primero cuáles son los hechos. Veamos las preguntas en liza:

1)    ¿Hay una relación causal entre celibato y abusos a menores?

2)    ¿Hay un vínculo entre pederastia y homosexualidad?

 

Sobre los riesgos del celibato parece que nadie ha llegado a resultados indiscutibles (Abbot, 1999). Es más, en contra del pánico moral y el histerismo social, los autores que han estudiado el asunto (por ejemplo, Jenkins, 1996) consideran  que los sacerdotes abusadores son escasos -en torno al 4%- respecto al total de sacerdotes. Para darse una relación causal entre celibato y abusos, la cifra desde luego no es muy convincente.

 

Abundando en esta línea, una reciente revisión de la bibliografía empírica (Dale y Alpert, 2007) no atribuye los abusos a las particulares condiciones de la estructura eclesial sino que los considera abusadores típicos,  indiferenciados de los abusadores de campamentos, clubes deportivos, etc.

 

Vamos con el segundo punto. Los datos epidemiológicos indican que un 2-4% de varones se sienten atraídos por otros varones adultos (Laumann, 1994). En contraste, un 25-40% de varones pederastas muestran una preferencia por menores varones (Blanchard et al., 1999). Es decir, el porcentaje de hombres pederastas atraídos por niños del mismo sexo es entre 6 y 20 veces mayor de lo que correspondería al porcentaje de homosexuales entre la población general.

 

Hay diversas hipótesis que intentan explicar estos datos.  Pudiera ser que los factores que determinan la orientación sexual en pederastas fuesen distintos de los no pederastas (Freund et al., 1984). Como se ha encontrado que el orden de nacimiento fraternal influye en ambos grupos (cuantos más hermanos mayores se tenga -las hermanas no influyen-, más probabilidades hay de ser homosexual), no parece que ésta sea una hipótesis correcta (Blanchard, 1997). Lo cual sugiere que los procesos de sexuación que dan lugar a sujetos pederastas son en parte compartidos con los que dan lugar a varones atraídos por otros varones.

 

Así pues, parece existir cierta relación entre homosexualidad y pederastia en el sentido de que una proporción mayor de lo esperable de pederastas son homosexuales; lo que no quiere decir que ser homosexual predisponga a la pederastia. Quede claro, asimismo, que los homosexuales no pederastas tienen tasas de abuso a menores idénticas a los heterosexuales no pederastas. Es decir, que la orientación sexual no aumenta la probabilidad de que se abuse de menores.

 

Por resumir, entonces, los datos apuntan lo siguiente: el celibato no convierte en abusadores a los curas; la homosexualidad no predice la pederastia; las relaciones eróticas entre adultos y menores no son intrínsecamente abusivas (Malón, 2008; Riegl, 2010).

 

Así las cosas, puede ser necesario formularse otras preguntas en relación con los abusadores y las circunstancias que favorecen tales abusos, si es que queremos evitarlos.

 

Para ello hace falta, en primer lugar, “averiguar cuáles son los hechos” sine ira et studio. Esa actitud de comprensión sin encono ni parcialidad es parte del legado de Havelock Ellis a la sexología y la que distingue a un profesional de un aficionado. Huelga añadir: en las discusiones sexológicas sobran aficionados.

 

 

 

 

Referencias

 

Abbot, E. (1999) A history of celibacy. Da Capo Press.

 

Blanchard, R. (1997) Birth order and sibling sex ratio in homosexual versus heterosexual males and females. Annual review of sex research, 8: 27-67.

 

Blanchard et al. (1999) Pedophiles: Mental retardation, maternal age, and sexual orientation. Archives of sexual behavior, 28 (2): 111-127.

 

Dale KA, Alpert JL. (2007) Hiding behind the cloth: child sexual abuse and the Catholic Church. Journal of child sexual abuse, 16 (3): 59-74.

 

Freund, K. et al. (1984)  Pedophilia and heterosexuality vs. homosexuality. Journal of sex and marital therapy, 13: 193-200.

 

Jenkins, P. (1996) Pedophiles and priest: anatomy of a contemporary crisis, Oxford University Press.

Laumann EO, Michael RT, Gagnon JH, et al. (1994) The social organization of sexuality: sexual practices in the United States. University of Chicago Press.

 

Malón, A. (2008) Infancia, sexualidad y peligro: sobre la naturaleza iatrogénica de un discurso. Papers: revista de sociología, Nº 90: 127-150.

 

Riegel, D. (2009) Nosotros no fuimos abusados. Revista española de sexología, nº 151. Publicaciones del Instituto de Sexología.

 

Seto, M. (2007) Pedophilia and sexual offending against children: theory, assessment, and intervention. American Psychological Association.

 

 

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