TE AMO A MI MANERA INCOMPLETA

Una cuestión de pareja

 

“Te amo a mi manera incompleta” son palabras que Marianne (Liv Ullmann) pronuncia en “Secretos de un matrimonio” ( Scener ur ett äktenskap , Bergman, 1973).

Al comenzar el film, sus protagonistas, Johan y Marianne, se presentan como un matrimonio que llevan 10 años juntos, en un correcto, mesurado y feliz  pequeño mundo que se han construido.

A medida que transcurre la película, va pasando el tiempo y van dejando ver que están atados a multitud de convenciones y expectativas que no les son propias y que, poco a poco, se van disolviendo -al unísono con la pareja-, dejándolos desnudos, solos el uno con el otro y con sus circunstancias.

En un diálogo de la última escena (la película cuenta con 6) que se titula En plena noche, en una casa oscura, Marianne, se las dice a Johan.

Y yo me pregunto:

¿Qué significa de manera incompleta?, ¿habla de ella en particular?, ¿hace alusión a la pareja?, ¿habla de vacíos que llenar?

Escucho a Marianne y muchas ideas fluyen a mi cabeza, pero una historia se hace presente.

 

 

De los seres completos, un poco de mito

 

Cuenta Aristófanes en “El Banquete” (Platón 380 A.C.) -intentando explicar qué es el Amor y el poder de los dioses- que en la antigüedad existían seres que eran redondos, que participaban a la vez de lo masculino y lo femenino.

Tenían la espalda y los costados en forma de círculo, y cuatro pies y cuatro manos.

Poseían una extraordinaria fuerza y vigor pero, además, contaban con un inmenso orgullo, y tan grande era que llegó a hacerlos conspirar contra los dioses.

Zeus (que era omnipresente, como todos los dioses) se enteró y luego de deliberar detenidamente como descargar su furia contra ellos, urdió el peor castigo imaginable ante tamaño desafío: decidió partirlos  con un rayo, cortarlos por la mitad, con el triple objetivo de vencer su orgullo, hacerlos más débiles  y, a la vez (aquí tenemos la visión pragmática de los dioses) más útiles, por ser más numerosos.

Los seres así cortados se dedicaron sempiternamente a buscar su otra mitad.

Es por ello, concluye Aristófanes,

 

cada uno está buscando siempre su propio símbolo… por eso cuando cada uno encuentra aquella auténtica mitad de sí mismo, queda entonces maravillosamente impresionado, por afecto, afinidad y amor, sin querer separarse unos de otro ni siquiera por un momento…Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y la persecución de esa integridad.

 

La primera vez que escuché esta historia fue de mi profesora de Filosofía (hace bastante tiempo ya). Nos contaba el origen de algunos dichos populares, concretamente el de la búsqueda de la media naranja, y me pareció tan bonita que la atesoré largo tiempo, años más tarde, fue el Dr. Amezúa, con su sabiduría, quién me la recordó y quién maravillosamente la recrea en su libro “Los Seres Cortados” (E. Amezúa, N. Foucart, In.Ci.Sex., Madrid, 2006)

 

Pero me estoy distrayendo.

 

¿De esta “completud” estaría hablando Marianne?, ¿se referiría a que la pareja que había encontrado, con la que convivía, no era la auténtica y por eso no se sentía completa?

La magia del mito me hizo transitar otros caminos?

 

O se trata, en definitiva, de la tan manida (pero no por ello cada vez más desencontrada) definición del Amor?

Y aquí me embarco en otra inquisición.

 

 

De amor y otras yerbas

 

¿Queremos igual las mujeres que los hombres?, ¿entendemos lo mismo cuando decimos “Te quiero”?, en definitiva, ¿hablamos de lo mismo?

 

Parece que estoy envuelta en un circunloquio, sin salida, pero busquemos la punta del ovillo, para desmadejar el tema.

 

Empecemos por el principio.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, Sabemos que es un sentimiento profundo, que va más allá de nuestro raciocinio (muchas veces lo asociamos a la locura, a la ceguera), que es caprichoso (aparece cuando quiere, y, desafortunadamente, también se evapora de la misma forma), y que nos hace sentir vivos y muchas veces, hace aflorar una serie de sentimientos, llamémosle menores, asociados: generosidad, entrega, altruismo, egoísmo, posesión, y todos los etcéteras que cada uno quiera atribuirle.

 

También sabemos que es una construcción social, esto es, que el paso del tiempo, y las necesidades propias de cada época (léase paradigmas), le han conferido un status, un conjunto de atribuciones.

Pasamos del amor por conveniencia, al amor cortesano, al amor romántico, el Amor Pasión, que tantas páginas ha escrito. Pero, hoy, en que paradigma se inscribe este amor?, qué construcción social la rige?, cuáles son sus atribuciones específicas (si es que tiene algunas)?

 

Muchas preguntas y pocas respuestas.

 

 

La caja de Pandora

 

Siguiendo con el hilo, me encuentro con que el paradigma en el cual hoy nos encontramos inmersos, tiene varios elementos o conceptos que debemos tener en cuenta:

El advenimiento de la mujer sujeto. La conquista de la mujer de disponer de sí misma, de decidir sobre su propio cuerpo y su fecundidad, de incursionar no sólo en el terreno privado sino también el público;

La conquista de derechos y de igualdad en el terreno legal;

La herencia de una pretendida Revolución Sexual, cuyos objetivos, con el paso del tiempo han dado lugar a tener que necesariamente reinventarse cada uno, desde su propia biografía, porque dibujar reglas igualitarias, no nos hizo más felices;

La profunda convicción de qué identitariamente somos diferentes  y eso nos otorga un valor añadido, y nos da juego para buscar, descubrir, avanzar;

La realidad que se nos presenta líquida, efímera, donde las grandes certezas se han ido desmoronando una a una (y con ellos los conceptos como el de pareja) pero en dónde intentamos asir, desesperadamente, una vida sólida;

Y, por último, los desajustes.

En lugar de buscar el encuentro, se propicia lo contrario; como una batalla sin fin (¡como si en realidad tuviera que haber vencidos!) que nos desmorona, encierra, solivianta, y nos hace cada vez más desencontrados, y nuevamente Aristófanes, en una suerte de seres redondos pero esta vez sin dialéctica, sin participar con otro sexo (sea cual fuere).

 

 

Un paréntesis

 

Una amiga me pregunta, entonces, ¿no queremos igual?, ¿Zeus nos partió irremediable e irreconciliablemente? A lo que respondo, no, queremos de forma diferente, porque somos diferentes, ni mejor ni peor, sólo eso.

Y volviendo a la metáfora de Zeus, tiene remedio (entender al otro) y la reconciliación es parte fundante: conciliar y volver a hacerlo, todo el tiempo que se quiera o que se pueda.

 

         

 

 

Retomando a Bergman

 

Retomo a Marianne, y encuentro en sus palabras un encanto profundo, a mi me dicen (quizás a mi solamente) estoy sola, aún en compañía, sola con mis miserias, mis virtudes, mis complejos, mis agobios, y esto, querido mío, es lo que hay.

Marianne ha podido dar un salto cualitativo en su vida, saltar los pre-juicios, las expectativas que sobre ella pesaban o se habían construido, de forma lapidaria, y poder pensar no sólo en si, sino por sí misma, pensar-se en función a sus deseos.

De esta manera se inscribe el concepto de mujer moderna, capaz de asumir su destino (sin que eso deje de ser doloroso y real), que se descubre viva, con anhelos e inquietudes, con ganas de saciarlas pero también con ganas de indagar en ello.

 

Pero el hecho de que reconozca lo que soy, lo que tengo, lo que quiero, con mis dudas y mis aciertos con mis infortunios, no me hace más vulnerable, me ayuda a abrir los ojos a la vida, porque me posibilita descubrirme y construirme, y ahí entras tú.

¿Quieres que nos reinventemos juntos?

 

 

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