Transexualidad en educación: un asunto más de sexo, que no un asunto de un sexo más

Xamu Díez Arrese

Se habla mucho y generalmente con poco rigor de transexualidad y de transexuales, lo que genera no pocos líos, enredos y confusiones, hasta el punto de llegar a considerar que existen hombres, mujeres y transexuales, como si de un tercer sexo se tratara. Si añadimos a todo esto el lío extra que básicamente aporta el manido concepto de género y con éste, el llamado “transgenerismo”, el asunto se emponzoña de forma exponencial y, al parecer, sin remedio.

Llevado este tema, y sobre todo en estos términos, a los centros escolares y los diferentes programas de intervención socioeducativa, no son extrañas las limitaciones y dificultades con las que se encuentran los profesionales que trabajan en dichos centros y programas. Sobre todo cuando ronda la hipótesis de transexualidad o directamente es una realidad en algún chico o chica.

Tratando de clarificar en lo posible o, al menos, arrojar un poco de luz en estos líos, se aportan de forma sencilla y breve algunas ideas básicas sobre cómo la sexología entiende la transexualidad, para después pasar a contextualizar coherentemente las consecuencias de tal concepción en las intervenciones educativas.

Por lo que este artículo va destinado especialmente a estos profesionales de los programas educativos formales y no formales así como, lógicamente, a los propios individuos inmersos en estos líos de identidad y sus familias y, en general, a todos aquellos interesados.

Así que empezamos por el principio precisando que cuando alguien dice, o de alguien se dice, que es transexual se está refiriendo básicamente a dos posibilidades:

O bien que es un individuo que se siente mujer pero que al estar sexuado preferente y predominantemente en masculino el resto de hombres y mujeres “ven” (ven, construyen, lo entienden, interpretan, interactúan con, crean expectativas de) un hombre.

O bien que es un individuo que se siente hombre pero que al estar sexuado preferente y predominantemente en femenino el resto de hombres y mujeres “ven” (ven, construyen, lo entienden, interpretan, interactúan con, crean expectativas de) una mujer.

Formularlo así contribuye a resolver de momento dos cosas. Primero, que estos hombres y mujeres (considerados generalizadamente por el resto de gente como del otro sexo) son, porque así se sienten, hombres y mujeres y no ya transexuales. O sea, dos sexos.

Y segundo, que una cosa es sentirse hombre o mujer y otra bien distinta es que exista atracción por hombres o por mujeres. Esto último, que lo llamamos orientación del deseo, se abordará en otro artículo y no nos detenemos aquí.

Por lo que ser transexual, referido a identidad, puede ser entendido e incluso podrá ser promocionable como identidad colectiva, social o política, pero no ya como identidad sexuada del individuo.

La identidad sexuada en masculino da como resultado sentirse hombre (egoandría); y la identidad sexuada en femenino da como resultado sentirse mujer (egoginia).

Hasta donde conocemos, no hay más. No existe soporte material cerebral alguno que induzca a pensar en la “egoandroginia” o la “egopersonia”. En cambio, lo que hay sí que nos induce a pensar en la primera posibilidad.

Dicho sea de paso, el hecho de sentirse hombre o mujer no se resuelve por decisión, sino por descubrimiento. Un descubrimiento que llegará antes o después, con mayor o menor dificultad, pero descubrimiento al fin y al cabo.

Cuando hay concordancia entre lo que la gente ve y el individuo se siente, este proceso resolutivo acostumbra a ser tan tranquilo que generalmente resulta imperceptible. Sin embargo, cuando hay discordancia entre lo que unos ven y el otro se siente, este proceso suele venir acompañado de amplias, diversas y en ocasiones trágicas dificultades.

Estas dificultades, por lo general, suelen surgir desde los múltiples, incesantes e implacables esfuerzos que se hacen en el entorno social inmediato (familia, centros escolares, profesionales, grupo de iguales…) para que el niño o niña (donde ya se suele manifestar esta discordancia) se convierta (se pronuncie, se viva, se conduzca y se comporte) en lo que los otros ven y no en lo que “confundidamente” dice que es o expresa que siente.

De manera que tiende a existir una relación directa entre la reconducción o esfuerzo de conversión y el sufrimiento que se genera en el individuo y su entorno.

Por otra parte, cuando decimos que algo se ha transexuado, lo que estamos diciendo no es otra cosa que ese algo se ha sexuado “al otro lado”, pues eso y no otra cosa es lo que significa trans (al otro lado) sexuado.

Ese algo es lo que llamamos caracteres sexuados, en masculino y en femenino, que se cuentan por cientos y que son de lo más diversos: la estatura, el vello corporal, la orientación del deseo, el tono de voz, el modo de expresión de las emociones, la forma de visión,… así como lo que nos sentimos: lo que llamamos identidad sexuada.

Llegados a este punto, conviene destacar que, hasta la fecha, no ha existido (y con toda seguridad no lo hará) un individuo que no tenga caracteres sexuados en el otro modo posible de sexuación: hombres bajos, mujeres con abundante y generalizado vello corporal, mujeres que buscan mujeres, hombres con tono de voz agudo, mujeres con visión tubular, hombres con facilidad para exteriorizar emociones,… como siempre han existido y lo seguirán haciendo individuos identificados como hombres que se sienten mujeres, o identificados como mujeres y que se sienten hombres.

En tanto la transexualidad no es más que uno de los muchos resultados posibles, diferentes y combinables de la sexuación, es la sexuación y por ende el sexo el concepto que adquiere verdadera relevancia, pues agrupa y explica toda la variabilidad sexuada en los humanos, que es mucha, incluida la llamada transexualidad, gracias a los conceptos centrales de intersexualidad y el continuo de los sexos.

En definitiva, la transexualidad no es un problema de identidad, pese a que la identidad de los individuos esté involucrada. Como tampoco es un problema sanitario, pese a que bisturís, hormonas sintéticas y diferente personal sanitario esté involucrado.

En todo caso y antes de nada, será un problema de tipo social, puesto que es básicamente en la relación interpersonal donde surgen conflictos y dificultades, al darse una discordancia entre lo que unos ven y el otro se siente. Y, por supuesto, es una cuestión de conocimiento cuando hablamos de profesionales.

Ambos problemas tienen soluciones sencillas, que no es lo mismo que rápidas y simples.

La parte de los profesionales (y no ya de los transexuales) se resuelve con formación sexológica, estudio, deontología y buena praxis profesional.

La parte de la sociedad (y no ya sólo de los transexuales) se resuelve con educación sexual sexológica. Esto es, una educación rigurosa, de calidad y sobre bases científicas, alejada de contenidos, intereses y planteamientos ideológicos, morales, sanitarios o incluso mercantiles que antes o después, con mayor o menor énfasis, terminan prescribiendo y proscribiendo determinadas prácticas, gestos, deseos e incluso modos de ser.

Trabajar la educación de los sexos con el alumnado y los grupos de educandos supone comprender, cultivar y promover la riqueza que supone la diversidad, pues no es otra cosa lo que genera el sexo, como concepto, y la sexuación como proceso de diferenciación, entendiendo los modos, matices y peculiaridades que hacen ser a cada individuo precisamente quien es y cuyo resultado es único, e irrepetible.

Por ello la importancia de los plurales y de trabajar con todas las posibilidades. Porque también se trabaja con todos esos otros caracteres sexuados al otro lado del predominante, o sea, transexuados, que comentaba antes: con quien dice que se siente chico cuando el resto “ve” una chica, con la chica que tiene mucho vello corporal, o el chico al que le gustan los chicos, o la chica con tono de voz grave, o la chica que no quiere pareja y le disgusta lo romántico, etc.

Todas ellas son experiencias susceptibles de ser vividas individualmente con mayor o menor dificultad cuando socialmente no se trabaja la diferencia y la diversidad en los sexos como un valor.

En esto es donde todos los agentes educativos tienen una fuerte responsabilidad y donde nadie sobra. Pues por ser precisamente sobre bases científicas y no de otro orden, a nadie se le dice cómo tiene que ser o lo que debe hacer, luego sirve para toda corriente educativa.

Abordar la formación sexológica de profesionales de todo ámbito educativo, así como otras figuras profesionales con las que toman contacto los individuos en general y los transexuales en particular, supone comprometerse con la adquisición de conocimientos, actitudes y competencias necesarias que permitan entender todos los resultados singulares que el sexo produce.

Lo que incluye lógicamente el fenómeno de la transexualidad, pero no sólo. Esos otros ejemplos de diversidad “transexuada” también son importantes y reales en la experiencia de cada uno de esos chicos y chicas, que es lo que en definitiva nos ocupa.

En resumen, la transexualidad fundamentalmente sólo puede entenderse como problema cuando se problematiza la diversidad ya sea por motivos ideológicos o por desconocimiento profesional en esta área.

De ahí la doble apuesta que desde la Sexología lanzamos para abordar la vivencia tranquila y satisfactoria de la diversidad (propia y ajena) que, por razón de sexo, existe en niños y niñas, hombres y mujeres: formación sexológica para profesionales en tanto pilares fundamentales de los procesos educativos y educación sexual sexológica para los educandos.

Por supuesto, no sólo cuando está involucrada la identidad, sino también cualquier otro rasgo o carácter sexuado. Pues eso, y no otra cosa, es la educación sexual o de los sexos. Donde el interés es trabajar con cada niño y de cada niña en su peculiar y único modo de ser sexuado, o sea, distinto.

 

Bibliografía

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– (2001) Educación de los sexos: la letra pequeña de la educación sexual. Revista española de sexología, nº 107-108, Madrid: Publicaciones del Instituto de Sexología.

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