De las Vírgenes ingenuas al despertar sexual

castidad

Ya hemos indicado que la virginidad no es un tema exclusivo ni de la cultura occidental, ni de la religión o moral cristiana. En todos los pueblos y culturas la virginidad ha constituido un tema y un problema más o menos sometido a tabúes, a leyes, a regulaciones instituidas con mayor o menor severidad y sacralidad.

Pero en estas pinceladas vamos a ceñirnos a nuestra área cultural más conocida. Y en ella pueden verse varias etapas. Nos limitaremos a señalar las  más representativas.

EL JUDAISMO CASTIGABA A QUIENES LA QUEBRANTABAN

El judaísmo, como tronco de nuestra tradición religiosa, no ha tenido como gloria la virginidad. Lo más importante de la religión judía era «hacer pueblo», «hacer pueblo elegido». De ahí que la mujer –como madre- era el rasgo más admirado y, dentro de la maternidad, la nota de fecundidad.

Existen en el judaísmo prescripciones en torno a la conservación de la virginidad, así como castigos contra las que la quebrantaban; pero el dato más importante radicaba en que la mujer diera hijos a su marido. No es, pues, la virginidad en sí un valor especial en la tradición judía.

EL CRISTIANISMO, LA BIBLIA Y EL VALOR DE LA PAREJA

Se han tomado siempre del Evangelio argumentos en favor de la virginidad. Las alegorías conyugales del Evangelio muestran más bien el valor de la pareja, aunque –dado este valor como central-, la preservación de la virginidad vino a ser un requisito de disponibilidad y de rectitud de intención en todas las acciones de la vida. Jesucristo no se ceba con agresividad contra las fragilidades de la carne, sino contra la falta de bondad y sinceridad en las acciones.

Sin embargo, San Pablo –primer gran sistematizador del pensamiento y ética cristianos- toma partido a favor del hecho real de la virginidad como salvaguardia de la moral cristiana. Es muy digno de ser tenido en cuenta el ambiente en que esta doctrina y esta moral tuvieron lugar. El ambiente era más bien de relajación en las costumbres. Partiendo de este dato, no puede extrañar que las amonestaciones de San Pablo tengan un matiz severo y hasta tajante.

PRIMEROS SIGLOS: RENUNCIA A LA CARNE

Un dato muy revelador en los estudiosos de estos primeros siglos de nuestra Era es la difusión de sectas con ideologías orientales, en especial la denominada Gnosis como práctica y religión basada en el dualismo del Bien y el Mal. Los gnósticos basaban sus creencias en dos grandes poderes: el Bien y el Mal. La carne era atribuida al principio del Mal. El espíritu lo era al Bien.

Partiendo de este dualismo reinante en los primeros siglos, la renuncia a la carne era un denominador común en los ascetas de las distintas sectas. Dentro de este ambiente nació y creció el cristianismo. En los primeros siglos no se dio especial hincapié a la virginidad, aunque –después de San Pablo- fue algo muy importante. El principio de la renuncia a todo lo temporal y terreno incluyó dentro –como es evidente- la carne y sus placeres. De ahí que la virginidad fuera considerada como valor muy importante.

EL SIGLO DE ORO DE LA VIRGINIDAD

Sin embargo, la época áurea de la virginidad viene más tarde. Concretamente en la Paz Constantiniana (desde el año 311). Algunos historiadores y teólogos anotan como detalle muy digno de ser tenido en cuenta el hecho de que los primeros cristianos tenían el valor del martirio y del derramamiento de sangre como testimonio visible de su credo. Cuando las persecuciones terminaron, el martirio se volvió hacia un matiz incruento: la renuncia a la vida alegra y a sus placeres.

Empiezan por estas épocas los primeros embriones de lo que más tarde serían las comunidades religiosas, basadas en una renuncia al mundo y a sus vicios. Lo que hoy llamamos sexualidad humana distaba mucho en aquel tiempo de ser considerado así. Tal vez el término que mejor le cuadre sea el de «placeres de la carne» y «vida libertina». A esto renunciaban. El valor de la virginidad –en una visión sociológica- adquirió en esos tiempos su mayor gloria. Y de ahí se elaboró una teología de la virginidad.

LA VIRGINIDAD MÁS VALORADA QUE EL PROPIO MATRIMONIO

Existen una serie de escritos centrados en la virginidad. Procedentes de los padres de la Iglesia. San Juan Crisóstomo y San Ambrosio, por ejemplo. El mismo San Jerónimo llegará a ensalzar tanto la virginidad, que se verá en muchas dificultades a la hora de hacer lo mismo con el matrimonio. Llegará incluso a decir que el matrimonio es un mal necesario, querido por Dios, para la transmisión de la especie, pero que la virginidad es un estado de mayor gloria y excelencia.

Nótese que esta línea de pensamiento ha seguido en toda la tradición hasta casi nuestros días. Monseñor Escribá de Balaguer escribirá en «Camino» que «El matrimonio es para el estado de tropa; la virginidad es propia del alto estado mayor». La época áurea de la virginidad llegó a su cenit más culminante con los padres de la Iglesia. San Ambrosio es uno de los grandes paladines. San Agustín también lo es.

LA POESIA Y LA PASIÓN SUSTITUYEN A LA MORAL

En la Edad Media –concretamente en el siglo XII- nació el movimiento de los trovadores, y con él entró en nuestra cultura una novedad muy importante: el amor como poético, lírico y pasional. El amor-pasión nació en el siglo XII. Es muy curioso observar cómo los grandes amadores de estas épocas se encuentran transidos de un impulso erótico-lírico-espiritual, cosa que no había sucedido en otros siglos. Es el estilo pasional en el amor.

La mujer virgen –como valor- pasa a ser la mujer dama. La que en otros tiempos llevaba a la palma de su virginidad cede su sitio de gloria a la dama cantada por trovas y poemas. Es otra imagen de la mujer y es otra realidad en una nueva sociedad que nace. Se diría que el amor se hace laico, y que la moral deja su sitio a la poesía, si se nos permite hablar así para entendernos. Los grandes enamorados –que son los grandes caballeros- hacen todo por agradar a su dama y su señora

NO BASTA LA VIRGINIDAD, SINO LA CONTINENCIA

La castidad – en su sentido laico- se cubre de un valor no conocido hasta entonces. No son ya los motivos de renuncia de las órdenes religiosas, sino el amor lírico y pasional quien dicta la castidad. Este movimiento de la Edad Media ha sido capital para todo el desarrollo posterior. Para resumirlo de algún modo, podemos decir que de la «moral» se pasa a la «poesía». La virginidad no será ya el gran valor. Su puesto será ocupado por la castidad, como retención y continencia del cuerpo con vistas a enardecer los impulsos del amor apasionado y espiritual.

Los términos pueden ser parecidos con los de la religión cristiana. Pero nótese el cambio en la realidad y en las motivaciones. Podemos –para hacernos una idea- pensar en la castidad de Don Quijote. Decididamente, en esta época no se puede hablar de virginidad fuera de los conventos, sino de amor, un amor que exige sacrificio, un amor denominado espiritual, pero amor que es, en suma, el respirar vital del Eros. Más que de amor habría que hablar de erótica.

EL HONOR Y LA HONRA DE LAS DONCELLAS

El Renacimiento fue –como suele decirse en términos sencillos- un renacer del paganismo y de la vida libertina. Como indicador podíamos decir que la «virgen» pasa a ser «doncella». La virginidad como estado y profesión pasa a ser época apetecible de la vida en flor. Con el nuevo humanismo, la virginidad de corte ascético queda recluida en los conventos. Y, en su lugar, aparece la preocupación por la doncella deseable.

Siempre la doncella había sido una preocupación para los hombres, pero es en esta época cuando empieza verse la categoría del «honor» y de la «honra». «Una doncella es gozable», solían decir los humanistas italianos del Renacimiento. Pero «una doncella exige dos guardianes», solían recalcar los padres «honrados», enemigos de Don Juan…

LA VIRGEN, DIANA PARA MIL FLECHAS

En el siglo XVII –por muchos factores-, la iglesia católica empieza de nuevo a imponer su disciplina y su rigor. Es un siglo de decadencia, que se dedica a estrujar viejos valores, en lugar de crear otros nuevos. De todos es conocido el auge del moralismo en esta época. Los catecismos, los moralistas, la contrarreforma…, habían dado sus frutos. Y empieza el regateo. Adiós grandes ascetas y adiós grandes amores pasionales…

Es –como decimos- el regateo entre la moral y los escarceos libertinos. Por un lado, va la honra y el honor; por el otro, la vida libertina y la tercera vía es la ascética, basada en las discusiones de los moralistas y predicadores. En este clima, una mujer virgen era un todo, una presa para donjuanes, un motivo para sermones, un posible duelo, una mística, un engaño.

LA VIRGINIDAD, FENOMENO DE EXPLOTACIÓN

En los siglos XVIII y XIX puede resumirse en la exploración de la mujer –como siempre- bajo melindres y pundonores, bajo pamplinas sofisticadas y suspiros románticos. Todo hay que decirlo; entre el convento y el hogar, siempre había –es evidente- la aventura. Salvar las etiquetas de las altas sociedades era una ley muy alta. Por debajo de esa altura, se deba el repitoleo de la vida.

La gran burguesía y el capitalismo –ya desde hacía tiempo- había visto en la guarda de los valores morales (y en especial la virginidad), un rico capital, digno de ser explotado rentablemente con promesas de matrimonios bien alambicados. La virginidad –además de ser objeto de melindres y de pundonores- era una buena hipoteca…

RE REVOLUCION SEXUAL

Entramos en otro cuadro de valores. Es la rebelión contra todo lo que considera a la mujer en plan racista. Y de todo lo que –como suele decirse- no es humano. La virginidad empieza a ser vista como lacra y fruto de un racismo secular, etiqueta y precinto de la propiedad del macho, frontera de discriminación insoportable.

La virginidad entra en época de devaluación. Primero, en la agresividad; luego, en el rechazo. A muchas mujeres las avergüenza que se hable de ella. A muchos hombres les duele no poder capear lo mismo que en otros tiempos. Como reacción aparecen manifestaciones «a favor de la virginidad» en Nueva York, París y Londres ¿Problema anodino? Muchas mujeres quisieran que lo fuera y son incapaces de hacerse a la idea. Es la contradicción. Es el fruto de muchos siglos de educación. Es la realidad que estamos viviendo.

 

Efigenio Amezúa (Sexólogo)

Convivencia Sexual (1975)

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