Los grandes complejos de la infancia

Los grandes complejos de la infancia

Dentro de las redes más significativas como «nudos de conflictos» suelen usarse algunas dentro del campo de la psicología, el psicoanálisis y la sexología. Damos a continuación los más célebres, ya porque hayan sido los más estudiados, ya por ser los más significativos, ya -simplemente- por ser de los que más se habla. Nuestra intención, en este caso, se limita a presentar un mosaico como anecdotario general. No entramos aquí en más profundidades que podría llevarnos a polémicas entre especialistas.

EL COMPLEJO DE LA LACTANCIA

Cuando una criatura nace es como si dejara el paraíso placentero en el que ha vivido durante mueve meses y, de pronto, se viera expulsado a un mundo adverso al que le cuesta habituarse. Esta situación, más que de conflicto, de desamparo, tiene su remedio en la búsqueda de un sustituto del seno materno: el pecho. Mamar viene a ser de este modo un hecho que reúne en torno a sí toda una serie de reacciones parasitarias, como respuesta o búsqueda de una solución ante lo fatídico que supone la soledad y la intemperie.

El célebre psicoanalista Charles Baudouin escribía a propósito de esta situación: «El complejo del amamantamiento marca una reacción reivindicadora a muchas otras formas de separación y privación humanas». Es una situación por la que pasan todos los humanos y que puede ser vivida -como cualquiera puede saber- de muy diversas formas.

COMPLEJO DE SUCCION

El chupeteo del dedo pulgar suele ser considerado como una variante o un residuo del pecho materno. En el destete muchos niños reciben el chupete. Otros, en su sustitución, empiezan a chuparse el dedo. Hay en este fenómeno o complejo una red de evocaciones que se conjuntan: las apetencias orales de la succión de otros tiempos, la nostalgia del pecho materno, la necesidad de «algo a lo cual sentirse unido», la búsqueda de protección, etc.

Se ha hablado del fumar como un residuo o manifestación de este complejo. También se ha acentuado la fijación en él o la regresión que hacia él hace el alcohólico, en su afán de beber como sustitutivo simbólico de la leche de la madre. Se ha hablado también de la simbología del beso como participante de esta red. Algunos comportamientos, tanto generales como sexuales, hacen pensar en la vigencia de este complejo en ciertas personas de una forma especial.

Se ha hablado también de la mujer como «macho venido a menos», según la fórmula terrible del filósofo Aristóteles. Aparte del racismo sexual tópico, muchas mujeres viven un complejo de castración, no aceptando su sexo y envidiando o deseando haber sido hombres. El sentimiento de inferioridad sexual en estos casos se traduce por la angustia continua de considerarse «Castrada» o «carente de algo», concretamente, los atributos del sexo masculino. No está de más advertir la gran dosis de tópico que hay en todo esto, y también la gran dosis de realidad transmitida por la educación machista recibida. La consideración que se ha tenido al hecho de «Ser niño» -«es preferible un varón»- evidentemente influye en gran medida.

COMPLEJO DE EDIPO

Sin lugar a duda el más célebre y universal de los complejos. Podemos describirle como la situación vital en la que el niño se encuentra ante la realidad de sus padres como pareja, y con los que quiere entrar en relación, excluyendo a uno de ellos para apropiarse al otro. En el caso del niño de sexo masculino, el deseo de posesión en propiedad sobre su madre le lleva a la rivalidad con el padre, poseedor -a su juicio- de la mujer que el niño quisiera totalmente para sí.

La superación de este complejo reside en renunciar a la madre y admitir el puesto del padre. No es ni más ni menos que reconocer su realidad limitada ante el otro. La no aceptación de esta realidad trae consigo angustias y frustraciones, que marcan al niño de una forma aguda y durable. A través de este complejo se estructura una toma de conciencia de la propia realidad, del propio sexo, de las imágenes parentales y del padre como modelo e ideal más que como rival y enemigo.

Es ya sabido por todos la importancia de las imágenes del padre y de la madre en los primeros años. La ausencia del padre se traduce en una falta de «modelo a quien el niño se puede identificar» el excesivo maternalismo o la exclusividad de la presencia de la madre, trae consigo una inadaptación del niño a la realidad. Todos estos procesos suceden en la infancia. Muchos adultos que no han resuelto positivamente estas situaciones -este complejo- sufren a lo largo de sus años de una inmadurez radical, tanto en su vida normal como en sus relaciones sexuales. Las imágenes maternas o paternas desequilibradas son de gran peso en el futuro de cada cual.

El nombre de este complejo -Edipo- fue puesto por Freud, tomándolo de la tragedia griega en que se cuenta cómo, por el azar de la fatalidad, Edipo -sin saberlo- mató a su padre y se casó con su madre. La mitología griega refleja muchas situaciones humanas dominadas por la fuerza del azar o la conjuración de los dioses. En el fondo, muchas de estas situaciones son proyecciones íntimas de deseos humanos normales y corrientes. A pesar de la aparente tragedia que lleva consigo el complejo de Edipo, es una situación humana normal y común que, resuelta positivamente, tiene el valor positivo del enfrentamiento a la vida de una forma equilibrada. No resuelta positivamente trae consigo inadaptaciones, inmadureces, angustias y frustraciones.

COMPLEJO DE ELECTRA

Digamos, de una forma general, que es el equivalente del complejo de Edipo para la niña o sexo femenino. Si el gran descubridor y científico del complejo de Edipo fue Freud, no es cierto que el padre del psicoanálisis situara, a su lado, el complejo de Electra como un Edipo en femenino.

Su descubridor fue Jung, psicoanalista, uno de los compañeros de Freud primero y uno de sus disidentes más tarde, popularmente es mucho más simple hablar de Electra para el sexo femenino y de Edipo para el sexo masculino. Freud rehusó, sin embargo, siempre está «facilidad»

COMPLEJO DE CAIN

El nudo de una serie de redes conflictivas entre los sentimientos fraternales, es designado con esta apelación del complejo de Caín. El hermano mayor suele sentir celos y «pelusa» hacia el hermano pequeño, que viene a quitar su puesto de único o preferido. Por su parte, el pequeño reacciona ante el mayor con su correspondiente agresividad por otra serie de factores.

Los conflictos entre hermanos han tenido su designación tópica en Caín y Abel, los hermanos más célebres enemigos de la mítica humana, patrones de muchos otros de los que la historia y la leyenda nos han dado en abundancia. Suele hablarse también del complejo de Abel como de «situaciones o formas de ser típicamente abélicas», opuestas a las «situaciones o formas de ser típicamente caínicas». Los matices abélicos suelen ir por la bondad y la resignación, la dulzura incluso, así como los matices caínicos van por los celos, la cólera y la agresividad.

CONCLUSION

Estos complejos – y otros en los que aquí no nos detenemos- tienen lugar en las primeras fases y edades del crecimiento humano. Son las redes que tejen la estructura del ser humano masculino o femenino en los primeros esbozos de sus actitudes. De estos esbozos dependen mucho las futuras formas de ser, las actitudes y los comportamientos. Haría falta una comprensión inteligente y simpática de los mismos. No hay por qué alarmar. Tampoco hay que despreciarlos o minusvalorarlos. Están ahí. Y así se hace la vida humana. Así se hace, dentro de ella, la sexualidad.

Efigenio Amezua

Convivencia (1975)

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