LAS PECULIARIDADES ERÓTICAS: UNA CUESTIÓN DE DETALLES

Artículos de sexología y sexualidad. LAS PECULIARIDADES ERÓTICAS

¿Qué es el fetichismo, el sadismo, el exhibicionismo o la pederastia? ¿En qué conciernen a todos estas y otras peculiaridades? ¿En qué consisten exactamente, más allá de los tópicos o estereotipos, esta serie de términos que están en el lenguaje común y forman parte de la cultura general?

Estas peculiaridades —hemos insistido— no son trastornos ni enfermedades. Y sin embargo suelen circular como anomalías, en ocasiones, repletas de connotaciones de patología y peligro. Lo que aquí nos ocupará será una versión distinta a la tópica y habitual.

1. Particularidades

La carencia de una denominación precisa ha contribuido a que estas peculiaridades eróticas hayan sido conceptualizadas de muy diversas formas en función del punto de mira o el interés desde el cual han sido contempladas.

En el marco del hecho sexual humano el concepto de peculiaridad indica, de por sí, una cualidad genérica y es usado para significar el carácter o rasgo propio de los sujetos como tales sujetos sexuados. El adjetivo erótica que acompaña al sustantivo peculiaridad específica esta clase de peculiaridades relativas a los deseos de los sujetos como sujetos sexuados.

2. Peculiaridades eróticas y riesgos

Las peculiaridades eróticas, como todo valor humano, puede estar asociado a algunos riesgos, pero importa pensar estos valores por sí mismos antes de adelantar acumulaciones de riesgos o peligros.

Nadie asocia, por ejemplo, el deporte con los peligros de sus muchas modalidades sino que, con la prudencia razonable, no anula el primero por los segundos. El principal interés, pues, es poder valorar las peculiaridades eróticas en lugar de patologizarlas o criminalizarlas. Si el sexo es un valor éste constela tras sí muchas cualidades cultivables e inherentes al mismo.

3. Algunos rasgos

Uno de los rasgos más comunes de las peculiaridades eróticas, efecto de esa idea negra que ha pesado sordamente sobre ellas, es el de haber sido consideradas como temibles y, por lo tanto, rechazables y condenables; en todo caso objetos de descalificación por muy distintos motivos.

Un nuevo rasgo ha sido su identificación con el vicio o la inmoralidad como, bajo otros enfoques, con el trastorno mental o la patología, léase, la degeneración moral. Un rasgo asociado a estos otros, como su consecuencia ha sido su estigmatización peligrosa. De ahí también el carácter de peligrosidad de la que tradicionalmente han sido impregnadas.

Si es cierto que todo puede darse en cualquier dimensión de la condición humana se diría que en ésta de ser sujeto sexuado la hinchazón se ha exagerado de forma desproporcionada y extrema en una dirección de peligro por el propio pensamiento que la ha llevado en esa dirección de riesgo.

4. La variedad

Por encima de todos estos rasgos señalados, sobresale su carácter chocante o sorprendente, léase original y caprichoso. O, más bien, insinuador e incitante. En definitiva, atractivo y atrayente.

Por encima de todo ello, se sitúa, pues, el hecho de ser la muestra más palmaria de la variedad y diversidad de los deseos que los sujetos pueden sentir por su condición sexuada.

Este rasgo es el que, por un lado, es muestra de riqueza y potencial de relación y, por otro, de problema o conflicto precisamente por su diversidad, cuando se plantea su vivencia o expresión.

El final de la anormalidad

“¿Cómo que por qué? Pues porque no me parece normal” (…) Hay cosas que rechazamos porque nos repugnan, otras porque nos aburren, y otras —las menos— porque hemos razonado que son inconvenientes. Pero si todo lo anterior falla siempre nos queda rechazar la cosa “porque no es normal”.

La variante más delicada de este argumento de la anormalidad es la que se aplica a las personas: ¿tú crees, hija, que ese amigo tuyo, Luis o como se llame, es normal? Mira, te digo yo que lo de Fernández no es normal. Yo no soy racista, pero es que lo de los rumanos no es normal.

El argumento también puede usarse al revés, para ensalzar lo que sí es normal, sobre todo cuando se trata de uno mismo. Esta vez no voy a dar ejemplos.

El cerebro tiene 100.000 millones de neuronas, y cada una puede establecer hasta 10.000 sinapsis con otras neuronas vecinas o lejanas, y reforzarlas o debilitarlas según el contexto, la experiencia y el aprendizaje. No está claro cuántos genes hacen falta para construir ese cosmos neurológico, pero es improbable que sean más de mil (el cuerpo entero se fabrica con 30.000). Tocan a un gen por cada billón de sinapsis, y eso deja mucho espacio para el azar.

Además, el sexo baraja los genes a conciencia una generación tras otra, y las combinaciones posibles, incluso haciendo toda clase de concesiones genéticas, y estadísticas, son un número mucho más alto que los 6.000 millones de personas que pueblan el planeta. Resultado: la normalidad no existe. (…)” (J. Sampedro, El País, 7 agosto. 2004)

Las listas y clasificaciones

1. Los límites

Al tratarse de peculiaridades de sujetos podría afirmarse que su número no tiene fin y que se dan tantas como éstos sean capaces de crear o elaborar. De ahí procede la expresión “larga lista de las peculiaridades eróticas” frente a la limitación establecida para los modos, fijados en dos (masculino/femenino) y para los matices (heterosexual y homosexual).

Hay, sin embargo, como es obvio, listas más o menos largas en función de sus mismas propiedades. Y de ahí su número limitado, al menos en cuanto dice relación a los conocimientos de los que disponemos.

2. Las clasificaciones, de nuevo

Entre las clasificaciones más destacables, cabe recordar las dos de las que ya nos hemos ocupado anteriormente: por un lado, la que las contempla como desviaciones del objetivo de la cópula y que, como ya es sabido, las considera trastornos mentales o parafilias.

La otra gran clasificación gira en torno a la noción de variedad de las manifestaciones del sujeto sexuado; y será la que ofrecemos a continuación a través de dos grupos. A ellos añadiremos un tercero para situar en él las peculiaridades anecdóticas o circunstanciales, llamadas también ancestrales.

Importa, en todo caso, no desgajar cada peculiaridad erótica del fondo que la dota de sentido y que consiste en ser punto o motivo de atracción e interés para el otro y por lo tanto con vistas a la posible relación con él, léase su ars amandi. Si su desgajo se presta a riesgos, su anclaje, a pesar de sus vericuetos —o precisamente por ellos— ofrece sus mayores posibilidades de desarrollo.

3. Normalidad vs diversidad

La primera de estas dos catalogaciones o clasificaciones aludidas tiene por criterio la normalidad o anormalidad según que las peculiaridades coincidan en más o en menos con los criterios de la salud mental media de la población o lo que estadísticamente se considere así en una sociedad dada.

Por su parte, el criterio más destacable para la clasificación que aquí se plantea es el de la diversidad o, más propiamente hablando, de la diversión.

Usar el término diversión puede prestarse a la frivolización de los deseos eróticos pero también puede señalar, o al menos eso pretende, una de sus connotaciones principales que es la búsqueda de muy diversas formas de vinculación entre los sujetos a través de dichos rasgos.

4. Desde el HSH

Este doble uso del término diversión a propósito de las peculiaridades eróticas choca, de por sí, con él, a su vez, también doble uso de la otra clasificación basada en la anormalidad y normalidad, propia del enfoque basado en la acentuación del carácter psicopatológico propia del enfoque basado en la acentuación del carácter psicopatológico y de cuyo debate ya se ha dado cuenta en la Unidad Didáctica anterior.

Dando un paso más adelante de dicho debate, presentaremos a continuación las distintas peculiaridades eróticas según el enfoque del moderno paradigma de los sexos reflejado en el mapa del Hecho Sexual Humano.

El punto fuerte de esta semblanza se basa, pues, en las estructuras, vivencias y expresiones del hecho sexual y sus manifestaciones, en especial desde las preguntas o inquietudes comunes así como en la expansión de sus confusiones o complicaciones.

Sobre algunos deslizamientos conceptuales

El uso excesivo del término normalidad ha traído consigo el igualmente excesivo uso de su antónimo anormalidad. Se suele preguntar con frecuencia qué es normal y qué no lo es en las relaciones eróticas. O, por decirlo con la inadecuada fórmula extendida, en las relaciones sexuales.

Por otra parte, los usos resbaladizos de los términos normal-anormal llevan a resbaladizas confusiones de su sentido en la dirección de lo bueno, lo beneficioso, lo sano cuando se dice normal; y, a su vez, a identificar lo anormal con lo malo, lo maléfico o nocivo.

La identificación de lo no normal con lo anormal y, de nuevo, esto con lo patológico, con lo peligroso, etc. completa esta serie de deslizamientos hacia el olvido de la diversidad. Sólo la salida de ese terreno resbaladizo de lo normal-anormal y la entrada en este otro de la diversidad puede ofrecer datos nuevos y distintos.

Las peculiaridades son propias del concepto de diversidad y están lejos de significar esos otros sentidos. Es útil afirmar que esto no es un simple juego de palabras sino una opción por los contenidos y conceptos.

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