Contra la etiqueta de la soledad

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Es una pena que se explote la última etapa de la vida con las etiquetas de la soledad. La falta de una filosofía un poco más honda y realista de la vida no permite ver que las personas mayores son personas que han hecho muchas cosas en su vida.

La nostalgia y el recuerdo son elementos que no necesitan más que un breve giro para que puedan llevar el nombre de esperanza. Porque la esperanza no es la espera, sino el hacer y el haber hecho, el vivir y haber vivido. Y el saber que se ha contribuido, en cualquier medida, a ese vivir humano en el que todos nadamos.

La educación que hemos recibido, generalmente, no hay contado con límites. De ahí el hecho de tomar las limitaciones como fatales, en lugar de aceptarlas tal y como son. La educación para el éxito no ha digerido nunca los límites más que como fracasos. De ahí que muchos consideren la edad de las personas mayores con una horrenda pena, con una enorme resignación, por no decir claramente con una acritud que está hecha de desesperación.

Hemos dicho en otro lugar que la pareja es la encarnación más viva de la esperanza. Precisamente porque la esperanza no es esperar, sino hacerla vida en compromiso. He ahí por qué el final de la pareja –en el tiempo- no es ninguna desesperación ni ningún fracaso, sino un ritmo más, ese, en el que la pareja –lo mismo que se unió- se separa. Lo mismo que empezó, termina.

LA MUERTE DE LA PERSONA AMADA

El final –según la regla general, aparte de separaciones o divorcios- es la desaparición de uno de los dos miembros de la pareja. Suele decirse que el otro vive su soledad. Y, sin embargo, es sabido de todos cómo en muchas ocasiones la persona desaparecida está más presente en su ausencia que si lo estuviera físicamente. La usencia permite –por un mecanismo de cristalización- ver y evocar todo con más intensidad, incluso con más dulzura, allanando montículos y disculpando acciones, que en otro tiempo provocaron refriegas.

Esta presencia puede incluso ser más fuerte, más «acompañadora» que la misma presencia física. Es un fenómeno muy similar al del enamoramiento, a través del cual se le da a la persona muerta toda una serie de cualidades y de valores que no se le habían dado en la vida. Las parejas que se quieren hasta el fin –hasta la profundidad- tienen esto como regalo.

«CARA ACARA»

En una de las últimas películas de Ingmar Bergman -«Cara a cara»-, podemos ver escenas de dos viejecitos que viven en el final de sus días. Ella le quiere a él con sus manías y sus rarezas. Y él la quiere a ella tal y como es. Su manera de quererse es una invitación a quererse más. Una larga vida compartida –cuando se piensa esto en profundidad- une más de lo que parece.

La sexualidad, a la que siempre hemos aludido cuando hemos hablado de las personas mayores, viene a ser algo así como la sexualidad de los pequeños: una erótica difusa, menos genital y más intensamente impregnante de la relación. No es que no haya sexualidad. Es que la sexualidad se vive tal y como corresponde a esa edad, a la última. Lo mismo que en la infancia se vive tal y como corresponde a la primera edad.

A falta de comprender esto en su realidad, se han inventado «amores espirituales»  -«únicamente espirituales»-, y sin más. Hemos dicho en muchas ocasiones que la sexualidad sigue al vivir humano en cada edad, dándole la calidad de la vida como ser sexuado. Por ahí van, una vez más, muchas de las situaciones que viven en pareja las personas mayores.

LOS FRECUENTES DESASTRES

Sin embargo, no todos viven su edad mayor, su última etapa, de la misma forma. Hay personas para quienes la soledad es inaguantable. Hay otras que se sienten abandonadas sin serlo realmente. Las hay que, además de sentirlo, lo están realmente. Y las hay que, además de ser abandonadas, lo viven con desesperación. A mucho de esto contribuye la calidad de la vida anterior. La calidad de la vida personal y conyugal. Sus realizaciones personales o sus frustraciones continuas. Los remordimientos y las culpabilidades son frecuentes en esta fase final, en la que se hace balance continuo de lo que se quiso hacer y no se pudo. O de lo que se pudo y no se hizo.

Las miserias económicas y la falta de planificación asistencial contribuyen a que esta última etapa de la vida en pareja sea una soledad trágica, en lugar de ser una etapa de cosecha y de alegría por todo lo vivido. Algunos suicidios dan muestra del cariz trágico de estos hechos, ante la vida, que se hace invivible. El abandono de todo lo que se soñó y la resignación a no poder continuar, teniendo un plazo visiblemente limitado, hacen también a muchas personas caer en estados de perturbación.

Es la vejez, es el final de la vida, y en ese contexto se inscribe también el final de la vida de pareja. Si de algo sirve, he aquí una sugerencia: en lugar de lágrimas de compasión sería mucho más eficaz un realismo mayor para acercarse a esta etapa –como espectador o como protagonista-, con una dosis mayor de madurez. Ello contribuiría a que estos años no fueran un desastre, sino el tiempo de la cosecha.

Efigenio Amezúa (Sexólogo)

Convivencia Sexual (1978)

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