Secretos de Bergman

 

Hay películas con las que nos sentimos transparentes: ahí está cómo somos y cómo nos gustaría ser. Tras Secretos de un matrimonio, ésa fue la impresión que tuve. Años de reflexionar sobre el amor y la pareja, balbuceando para encontrar las palabras con que expresar las dudas, los temores, las intuiciones y, de repente, ¡zas!, todo junto y articulado en 2 horas y pico.

 

Al morir Ingmar Bergman (1918-2007), leí los artículos que se publicaron sobre su obra con la esperanza de encontrar elogiosas referencias a Secretos. Frente a Fresas salvajes, El séptimo sello, Persona, Fanny y Alexander, etc., Secretos apenas fue mencionada; si acaso le dedicaron un par de líneas de compromiso. Extrañado porque nadie parecía compartir la excitación de mi descubrimiento, decidí escribir un artículo sobre lo que yo veo en esta película. (Que no se encocoren los bergmanianos: no sé si él pretendía contar esto y, en el fondo, no me importa.)

 

“Escenas de un matrimonio” (Scener ur ett äktenskap ,1973) es el título original. Inicialmente se trataba de una serie de televisión de 6 capítulos de 50 minutos, que luego Bergman adaptó al cine en una versión de 145 minutos. Del guión íntegro se perpetró una traducción en 1975, con prólogo semiótico delirante muy al gusto de la época. En 2006 salió en Tusquets una traducción bastante más legible, a cargo de Carlos del Valle, que incluía el guión de la secuela, Saraband, 30 años después.

 

La obra se divide en 6 escenas, que representan distintas fases de la relación entre Johan (Erland Josephson ) y Marianne (Liv Ullmann). En la primera escena (“Inocencia y pánico”) se presenta a la pareja protagonista como un matrimonio casi perfecto. Marianne da la receta a una periodista:

 

Nadie me ha explicado qué es el amor. Y ni siquiera estoy segura de que sea necesario saberlo. Pero si quieres una descripción exhaustiva, puedes leer la Biblia, ahí Pablo describe qué es el amor. El único problema es que su definición nos empequeñece. Si el amor es tal y como lo describe Pablo, entonces se trata de algo tan raro que probablemente nadie lo haya experimentado. Pero como lectura en bodas y otras ocasiones solemnes es bastante eficaz. Creo que es suficiente con que una sea buena con la persona con la que convive. El cariño también ayuda. Humor, compañerismo y tolerancia. Ambiciones moderadas sobre el otro. Si una puede aportar esos ingredientes, entonces… Entonces el amor no es tan importante.

 

La segunda escena (“El arte de barrer debajo de la alfombra”) permite intuir que hasta ahora solo hemos visto la punta del iceberg, pero habrá que esperar a la tercera (“Paula”) en que Johan le confiesa a Marianne que se ha enamorado de otra mujer. Ante la petición de explicaciones, Johan explota:

 

¿Cómo puedo hablar de algo cuando no hay palabras? ¿Cómo puedo decir que me aburre acostarme contigo aunque técnicamente todo transcurra a la perfección? ¿Cómo puedo decir que me entran ganas de matarte cuando estás ahí sentada, tan pulcra, comiéndote tu huevo del desayuno? Y las niñitas con sus estúpidos, caprichoso y pretenciosos modales. ¿Por qué las hemos mimado de esa manera tan  histérica? ¿Me lo puedes explicar? No te echo la culpa, Marianne. Simplemente todo se ha ido al infierno. Y nadie sabe por qué.

 

En la siguiente escena (“Valle de lágrimas”), la separación ya se ha producido. Meses después, analizan su estado de ánimo actual. Marianne ha dejado atrás sus “intentos desesperados por agradar” y siente “una increíble excitación ante la idea descubrir lo que en verdad desea de [sí] misma”. A Johan, sin embargo, no le va tan bien. Su relación con Paula fracasó, pero hay algo que le sigue separando de Marianne: “Hay una especie de gruesa pared de cristal entre nosotros. Te veo, pero no te alcanzo”.

 

En la penúltima escena (“Analfabetos”) asistimos a una violenta pelea donde la rabia y el odio acumulado se liberan, al darse cuenta Johan de que estaba unido a Marianne “de una manera diferente y más profunda de lo que imaginaba. Dependía de eso que llamamos hogar, familia, vida ordenada y tranquilidad”. Y ahora lo va a perder todo. Cierra este bloque la firma de los papeles del divorcio. La causa, considera Johan, es que:

 

Somos unos analfabetos emocionales. Y es una triste realidad que no solo tiene que ver contigo y conmigo sino con casi todo el mundo. Nos enseñan todo sobre el cuerpo, sobre la agricultura en Pretoria y la raíz de pi o como se llame, pero ni una sola palabra sobre el alma. Somos unos ignorantes completos, tanto sobre nosotros mismos como sobre los demás. Hoy en día se dice que los niños han de ser educados en la solidaridad, la comprensión, la convivencia, la igualdad y todas esas palabras de moda. Pero a nadie se le ocurre que primero tenemos que aprender algo sobre nosotros mismos y nuestros propios sentimientos. Nuestros propios miedos, soledad e ira. Y así estamos, abandonados, ignorantes, cargados de remordimientos y de ambiciones perdidas.

 

La escena final (“En mitad de la noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo”) nos presenta a Marian y Johan en una de sus escapadas amorosas, lejos de sus respectivos cónyuges. Con distanciamiento y sentido del humor, reflexionan. Para Marianne:

 

Si hubiéramos dicho la verdad en la primavera de 1955, la verdad hubiera pulverizado nuestro matrimonio. Yo habría roto con las familias, vendido a nuestras dos hijas y te hubiera matado. A pesar de que te amaba. Porque te amaba. […] Nos movíamos con medias verdades que nos convenían.  Y ambos habíamos leído algo de psicología, así que podíamos explicar cualquier cosa. Era bastante cómodo no pelear.

 

A la pregunta sobre si realmente se han querido o han vivido una cómoda ficción, Johan le contesta a Marianne:

 

Pienso que te amo a mi manera incompleta y bastante egoísta. Y a veces creo que tú me quieres a tu manera peleona y emocionalmente trastornada. Creo que tú y yo nos queremos. De una manera terrenal e imperfecta.

 

Hasta aquí el resumen somero de la película. He preferido basarme en largas citas de algunos diálogos para que se pueda percibir la sencilla hondura con que se plantean las cuestiones. Porque los personajes de Bergman hablan de manera constante, casi agotadora. Se vacían. Ponen en palabras todas esas palpitaciones oscuras que sentimos en una relación y que muchas veces solo después de un tiempo somos capaces de poner en palabras. En Secretos esas percepciones afloran al momento, como radiografías del alma, incitando al espectador (al menos, a este espectador) a una llamada a la verdad, al diálogo, a compartir las dudas, a afrontar los problemas con la tranquilidad de quien hace lo que puede y no está obligado a más.

Sin embargo… cuando por fin parece que se ha dicho todo y la situación se ha aclarado, basta el plano de un rostro cubriendo toda la pantalla, o tal vez una mirada que se cruza, para sentir que hay más. Algo a lo que no llegamos. Que no puede decirse. Cuya explicación escapa a nuestras posibilidades.  ¿Lo diré? Es el misterio. El misterio es irresoluble, pero no es un problema porque no necesita solución. El misterio es un regalo: te da. Te da lo que ignoras. Bergman parece decirnos que las personas se buscan, se encuentran, se pierden, vuelven a encontrarse… Quizá lo esencial es que se buscan. ¿Por qué? No lo sabemos.

Secretos de un matrimonio termina con una nota de humor. Marianne ha tenido una pesadilla en mitad de la noche. Se despierta sobresaltada y Johan la abraza. Ya tranquila y con una sensación placentera, le propone a Johan quedarse así abrazados toda la noche. Imposible: “Se me ha dormido una pierna y mi brazo izquierdo está casi dislocado. Tengo muchísimo sueño y frío en la espalda”. ¿Es una metáfora-advertencia sobre los efectos del amor romántico que desea que el amante y la amada se fundan en un abrazo indisoluble? Secretos de Bergman.

 Juan Lejárraga Vera

 

 

 

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