EL AMOR EN GRECIA

Artículos de sexología y sexualidad. El amor en Grecia

La existencia de obras pertenecientes al subgénero de la erotodidaxis (o enseñanza del amor) parece atestiguada desde Grecia y dejó más que probables huellas en la comedia palliata latina del siglo II a. C. y cuyos máximos representantes son los comediógrafos Plauto y Terencio; Marcial (XII 43) y Suetonio (Tib. XLIII 2) –en los siglos I y II d. C. respectivamente- dan noticia de una escritora griega de este género de poesía didáctica llamada Elefántide; nada de lo escrito por ella –si algo escribió- se conserva. Pero los griegos habían tratado la temática erótica de mil maneras distintas.

Para empezar, su universo mítico está lleno de historias de amor que cubren todos los aspectos imaginables, incluso los más escabrosos. Bastaría recordar las interminables aventuras sexuales del adúltero padre de los dioses, Zeus, con Alcmena, Dánae, Europa, Ío, Ganímedes, etc., y, a partir de él, de casi todos los dioses olímpicos, a excepción de Hera/Juno, de Palas Atenea/Minerva y de Ártemis/Diana. Las historias de Ares/Marte –el dios de la guerra- y Afrodita/Venus –la diosa del amor- sorprendidos en una relación adúltera por Hefaistos/Vulcano, el tullido y estúpido esposo; el fatídico concurso de belleza entre las tres diosas más importantes –Hera, Atenea y Afrodita- y que fue resuelto, otorgando el premio de una manzana a la vencedora, por el troyano Paris, cuyo veredicto fue causa de la terrible Guerra de Troya; los amores interminables y no siempre consentidos de Apolo con ninfas y jovencitas; de Afrodita otra vez… y después de héroes como Heracles/Hércules, tan poderoso como insaciable, de Teseo, de tantos y tantos otros.

¿Quién no conoce los nombres y las historias de Jasón y Medea, cuya fatídica historia de amor entre extranjeros sigue viva en la leyenda de la Llorona que se conoce en toda América; de Fedra e Hipólito, símbolos del amor prohibido entre madrastra e hijastro; de Pasifae y el Minotauro, arquetipo del amor bestial; del varias veces transexual Tiresias; de Narciso y Eco, de la que surgió la primera anoréxica –y además por causa de un amor no correspondido- de Occidente; del homosexual Jacinto, el amado de Apolo, muerto por el dios en un accidente deportivo; de Hipomenes y Atalanta; de la Luna y Endimión; de Cupido y Psique…? ¿Quién no ha oído hablar del complejo de Edipo o del complejo de Electra? Naturalmente, de todo ello quedó brillante constancia en una literatura asombrosamente bella en forma de poemas épicos y de tragedias, de himnos y plegarias, de poemas líricos…

Mencionar, aunque sea de manera apresurada, los nombres de los grandes tragediógrafos Esquilo –el inventor del teatro-, Sófocles –uno de los más grandes escritores de todos los tiempos- y Eurípides –el gran pintor del alma sensible y dolorida de la mujer- es obligado. Es la literatura de la que nació la latina y de ella nacieron todas las demás literaturas occidentales. Es nuestra propia tradición cultural, y en ella, como no podía ser menos, el tema del amor es uno de los tres temas protagonistas (junto con el de la muerte y el de los viajes).

Pero en Grecia nació también otra manera de expresar los misterios de esa potencia sin control a la que llamamos amor; poco después de que Homero y Hesíodo compusieran sus famosos poemas épicos, y a lo largo de los siglos VII y VI a. C. surgió la poesía intimista y personal en la que el poeta expresaba sus propios sentimientos personales de manera apasionada y, en no pocas ocasiones, agresiva.

Como es obvio, también la pasión del amor tuvo cabida en esta nueva forma de hacer poesía, a la que llamamos yámbica –si es de Arquíloco de Paros, que nos hace vivir sus complicados amores con Neóbule entre insultos e invectivas-, lírica –si es de Alceo o de Safo de Lesbos- o, andando el tiempo, epigramática –sobre todo en la Grecia helenística de Calímaco, de Meleagro y de tantos y tantos poetas de la Antología Palatina-. De nuevo en este punto, la figura de Safo de Lesbos -y sus discutidos por polisémicos poemas eróticos- se constituye en referente de un aspecto de la sexualidad occidental.

Ella definió el amor de manera imperecedera calificándolo como “bichito dulciamargo contra el que nada se puede” y dejó escritos poemas como éste, del que nace toda la poesía de trios y voyeurs en sus múltiples variantes:

Artículos de sexología y sexualidad. El amor en GreciaIgual parece a los eternos Dioses
¿quién logra verse frente a ti sentado.?
¡Feliz si goza tu palabra suave!
Suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir, y rota
Calla la lengua.
Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre; los inciertos ojos
Vagan sin rumbo; los oídos hacen
Ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado;
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.

Y esos amores de dioses, héroes y mortales también fueron retratados –y parodiados- por la pluma terriblemente chispeante y graciosa, inteligente y burlona de Aristófanes cuyas comedias Lisístrata o La Asamblea de las mujeres se siguen representando hoy día sin que su actualidad sufra desmayo; o por la prosa ácida, divertidísima, descreída y grotesca de un genio como Luciano de Samosata, cuyos Diálogos de los dioses, Diálogos de los muertos y Diálogos de las prostitutas se pueden seguir leyendo hoy sin que hayan pasado por ellos casi veinte siglos de historia.

Naturalmente, tampoco el pensamiento filosófico pudo evitar atender a la llamada del amor y nos legó, por ejemplo en el Banquete de Platón, unas páginas de obligada lectura para quienes se interesen por él. Como tampoco el amor y la sexualidad quedaron al margen del debate político, de modo que su regulación, por ejemplo, fue uno de los aspectos sobre los que se construyó la extraña e inquietante sociedad espartana.

Y, al mismo tiempo, la Grecia clásica, aceptando una herencia que se remonta como mínimo a época micénica –en el segundo milenio antes de Cristo- si hemos de creer a Homero, desarrolló con extraordinaria naturalidad la institución social de la efebía, que no es exactamente lo mismo que la homosexualidad ni tampoco que la pederastia

El caso es que en los refinados momentos de la época helenística –a partir de la muerte de Alejandro Magno en el último tercio del s. IV a. C.-, la literatura erótica –y en particular, la poesía- gozaron de una nueva época dorada. Resulta sorprendente cómo los mismos poetas que cultivaban una literatura erudita y sofisticada hasta la oscuridad, trataban también del amor y sus vicisitudes en epigramas breves, variados, intensos, inteligentes y no exentos de humor.

Artículos de sexología y sexualidad. El amor en GreciaDe entre los muchos epigramas eróticos que nos han llegado de esa época, la inmensa mayoría son de temática homosexual; y son menos numerosos los que hablan de amores heterosexuales. En cualquier caso, todos se refieren a amores fuera de la institución matrimonial, como si ése no fuera, de ninguna manera, un ámbito en el que sea posible el amor y mucho menos su expresión. Sin duda, ha de sorprendernos ese hecho pues los griegos también dispusieron de un amplio abanico de mitos ponderativos del amor conyugal, al que incluso se habían dedicado conmovedoras tragedias, como es el caso de la Alcestis euripídea. También la historia de Penélope, la esposa de Ulises, y las de otras heroínas celebraban esa suerte de amor fiel hasta la muerte. Y del mismo modo abundaban los mitos críticos y terribles hacia las esposas infieles, como el de Clitemnestra, la esposa vengativa y asesina de su esposo el rey Agamenón, el que destruyó Troya. Pero el caso es que esa suerte de amor conyugal no parecía interesar a los escritores helenísticos.

Para ellos el amor era de naturaleza esencialmente homosexual, pues solo en ese ámbito podía darse una plenitud de afectos y una comprensión total, por encontrarse los espíritus semejantes más cerca unos de otros y, por tanto, por ser más proclives a la identificación y a la compasión –en el sentido etimológico del término- que los distantes e irreconciliables espíritus heterosexuales. En la vida real, tanto Esparta como Tebas habían ofrecido ejemplos de valor admirable en la guerra, gracias a la comunión y solidaridad que podía llegar a establecerse entre combatientes mutuamente enamorados.

Artículos de sexología y sexualidad. El amor en GreciaTambién son sobradamente conocidos otros ejemplos de amores homosexuales –siempre entre varones- venidos de Atenas. El filósofo Sócrates y su discípulo Alcibíades no eran una excepción.

La relación con la mujer era de muy otra manera para esos escritores helenísticos. Para buena parte de ellos, que seguían la senda trazada por el prestigioso erudito y poeta Calímaco, el director de la Biblioteca de Alejandría, la mujer era solo un medio de desahogo físico y, finalmente, el instrumento útil para la perpetuación de la propia familia. Por eso, los epigramas que escriben en los que la mujer es protagonista, ésta suele ser una prostituta y, por supuesto, nunca la misma.

Por tanto, ni los celos tenían sentido, ni tampoco las cadenas del amor, pues un desaire se curaba pronto con otra relación, de modo que apenas se intuía la experiencia del fracaso afectivo. Por el contrario, poco a poco se abrió una nueva visión de las cosas, de la mano de otro prestigioso poeta, Meleagro, para quien la mujer era un ser superior, a cuya conquista debía entregarse apasionadamente el enamorado y por quien cualquier sufrimiento, cualquier locura estaba justificado. La fidelidad, incluso en la infelicidad, se constituyó en la divisa de estos nuevos enamorados. Así estaban las cosas cuando Roma se apoderó de Grecia y su mundo en el s. II a.C.

Antonio Alvar Ezquerra

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