“El cinturón de castidad, símbolo de la servidumbre femenina”

 

PARA MAS SARCASMO, ALGUNOS SON AUTENTICAS PIEZAS DE ARTE.

EL APARATO CONSISTIA EN UNA PIEZA DE METAL QUE CUBRIA LOS ORGANOS SEXUALES DE LA MUJER Y PODIA SER POBRE O RICO Y SOFISTICADO, DE PLATA.

EL USO DE ESTOS CINTURONES HA TENIDO VIGENCIA HASTA TIEMPOS MODERNOS: TODAVIA EN EL SIGLO XIX MUJERES DE EE. UU. LOS LLEVABAN.

La invención de este Ingenio mecánico, conocido con el nombre de cinturón de castidad, tuvo lugar en la Edad Media, aproximadamente hacia el siglo XII. Al parecer, llegó a Italia desde Oriente, alcanzando gran difusión por toda Europa, sobre todo en la época del Renacimiento. También recibía otras denominaciones, como cinturón de Venus o cinturón florentino.

El cinturón de castidad aparece en la historia como el reflejo de la mentalidad de la naciente burguesía medieval, que consideraba a la mujer, o más concretamente a su sexo, como una más de sus propiedades y, por lo tanto, digna de la más estricta protección y vigilancia. Ahora bien, el burgués no poseía inexpugnables castillos con altos torreones para esconder a su dama, al estilo de los grandes señores de la nobleza feudal. Por ello, se las ingenió para buscar otro método no menos expeditivo, pero a su alcance, que impidiera las posibles infidelidades de su mujer y conservara la honra familiar por encima de cualquier contingencia. Así cuando el burgués salía en viaje de negocios y no podía tener el ojo puesto sobre su mujer, recurría al cinturón de castidad.

¿INVIABLE CUALQUIER DEVANEO SEXUAL?

Ni que decir tiene que tan apasionado defensor del culto a la mujer como es el varón, no se conformaba sólo con vigilar y proteger a su esposa legítima. Las amantes o concubinas corrían la misma suerte que aquélla. Así, Enrique IV de Francia, uno de los reyes más mujeriegos de la historia, imponía a sus innumerables favoritas el contundente sistema de los cinturones de castidad.

Este instrumento represivo, tan ingenioso y de uso exclusivamente femenino, consistía en una pieza de metal que cubría los órganos sexuales de la mujer. Naturalmente, semejante barrera metálica, cerrada con un candado, del que se suponía que sólo el marido poseía la llave, hacía inviable cualquier devaneo de tipo sexual.

Sin embargo, este insoportable y celoso cuidado de los maridos no evitaba, al parecer, las malas tentaciones de las mujeres, que con mucha perspicacia y no menos ingenio lograban hacerse con una y hasta varias llaves más de aquella caja fuerte. Precisamente en todo el repertorio satírico de la época abundan las historias y las alusiones llenas de humor e ironía acerca de la segunda llave de tales cinturones.

La escena que nos cuenta Brantome en Les vies des dames galantes, sobre la introducción del cinturón de castidad en Francia, añade una nota más al amplio repertorio humorístico que sobre el tema existe: «Un día, en la feria de San Germán, un vendedor ofrecía en venta una docena de tales cinturones. Cinco o seis celosos esposos los compraron y procedieron a ponérselos a sus esposas, pero, al parecer, el vendedor había quedado previamente de acuerdo con algunos cortesanos, a quienes les había entregado los correspondientes duplicados de las llaves de dichos cinturones de seguridad.»

CINTURON DE TERCIOPELO Y PLATA

Del cinturón de castidad se hicieron los más variados modelos, desde el más pobre y sencillo, el más rico y sofisticado, digno del gusto más exigente. Al parecer, el cinturón impuesto a Carlota Aglae de Orleáns, que se casó con el príncipe de Módena, era de terciopelo y circundaba los muslos y nalgas, oprimiendo contra el sexo una placa de plata en la que se había practicado un pequeño orificio.

En 1889, en una iglesia austriaca, se descubrió el esqueleto de una mujer que aún llevaba el cinturón de castidad con el que había sido enterrada. Constaba de una serie de correas, ligadas en varios puntos, que rodeaban la región pélvica. Dos placas metálicas cubrían la parte anterior y posterior, y si bien la de esta última podía quitarse mediante una hebilla, la placa anterior estaba asegurada mediante una cerradura.

Algunos de tales cinturones han llegado a ser auténticas piezas de museo, por la riqueza y buen gusto con que estaban adornados. En el museo Farnham de Blandfort, en Dorset (Inglaterra), existe un cinturón de castidad de placas metálicas y de excepcional conformación. Hasta los agujeros están tallados artísticamente. En las placas hay un doble sistema de seguridad y unos pasadores para que pudieran ser forradas con algún material de tacto suave como el terciopelo u otro similar, que evitara las escoceduras. Entre los cinturones que se exhiben en el museo de Cluny hay uno procedente de España.

SOBREVIVIO EN EL SIGLO XIX

El uso de los cinturones de castidad se remonta hasta tiempos relativamente modernos. Todavía en el siglo XIX, en Estados Unidos, las mujeres de los pioneros de Pennsylvania llevaban estos cinturones, confeccionados con tiras de grueso, unidas por remaches. La tira que pasaba por entre las piernas se unía con dos más que circundaban el cuerpo, y en un punto determinado quedaban aseguradas con un candado. Incluso las madres ponían estos seguros a sus hijas, cuando éstas iban de excursión; recibían el nombre de «cinturones de día».

La extendida y estúpida costumbre de coartar la libertad de la mujer en materia de amor ha traído consigo la utilización, según las épocas y los países, de muchos otros procedimientos más o menos asimilables a los cinturones de castidad. En ocasiones, estos métodos, además de groseros, merecen el calificativo de salvajes. Tal fue, por ejemplo, la práctica de la Infibulación, más primitiva que la de los cinturones de castidad. Consistía en introducir entre los grandes labios del órgano sexual de la mujer un grueso anillo, corchetes, hebillas u otros instrumentos parecidos que impidieran toda posibilidad de relación sexual. Esta antigua costumbre se practica aún hoy día en determinados países de Extremo Oriente (Java, Birmania) y en ciertos lugares de África.

Por L. Alonso TEJADA

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