EL CUENTO DE LAS FLORES

    Hace mucho tiempo se solía contar un cuento a los niños que dejaban de serlo. Le solían llamar el cuento de la  “iniciación a los misterios de la vida y el amor”. Este cuento solía empezar por un recorrido a través de la naturaleza. “¿Ves las plantas y sus flores?”, preguntaban. “Pues las flores son los órganos reproductores de las plantas. O sea,  sus genitales.

    Tras las plantas, se pasaba a los animales más cercanos, los más conocidos. “Cuando entran en época de celo quiere decir que ha llegado el tiempo de la reproducción. Porque todos son machos o hembras. Los machos buscan a las hembras y, a la inversa, las hembras buscan a los machos. Y así se aparean y se fecundan”. Y, tras los animales, llegaban los seres humanos.

    También se explicaba cómo: el polen  va de unas plantas a otras; la semilla —el semen— va también de los machos a las hembras, siguiendo la ley del instinto de reproducción que rige la naturaleza y la gobierna. Se presentaba así, más o menos ilustrado, según las minuciosidades de los casos, el instinto de la reproducción, esa gran hipótesis que ha servido para tantas cosas. Se podía, pues, admirar el orden del universo, la sucesión de las estaciones, la continuación de las especies. En definitiva, el gran orden natural al que todos deben servir.  

    Tras el orden natural   se hablaba de otro orden, el sobrenatural, al que estamos todos sometidos y que todos debemos respetar y cuyos abusos o transgresiones tienen penas y castigos graves que se producen  bajo la forma de desgracias o maldiciones como, por ejemplo, no poder engendrar o tener hijos deformes. “Los que usan mal la capacidad generativa se convierten en degenerados”.

    El problema de este planteamiento es que los seres humanos, al contrario de los otros seres que siguen su instinto,  pueden salirse de él y crear otro orden distinto: el suyo. Se ha dado a este hecho nombres distintos. Por ejemplo, inteligencia, corticalización, cognición,  razón, libertad,  etc. El sexo no es el instinto reproductor ni el placer que le acompaña. Los seres humanos hoy no siguen las épocas de celo ni se reproducen como las plantas o los otros animales.

    El problema, pues, —o tal vez la maravilla— es que el sexo es otra cosa;  y que el cuento que servía para la iniciación en los misterios de la vida y el amor no sirve ya. O, al menos, no sirve de forma universal. No explica todo. Incluso deja lo más importante sin explicar. Los divulgadores de las plantas y de los animales hablan del sexo de las plantas y de los animales. Se intercambian expresiones y fórmulas del lenguaje para describir la reproducción como si fuera el sexo. Y, con el lenguaje, se crea un trasiego de nociones y conceptos: de representaciones.

    Se ha tratado de actualizar ese cuento a través de muchos recursos expresivos y con muchos argumentos tomados de la etología. Los amigos de la naturaleza se sienten a veces ofendidos cuando decimos que ese cuento ya no sirve. Pero la idea central del cuento es una y no otra. El cuento fue elaborado para responder a unas preguntas y no a otras: a las preguntas de la reproducción y el placer pero no a las preguntas del sexo.

    Tenemos que pedir disculpas. Pero hay otros cuentos, otros relatos, otros discursos desde los cuales se puede contar un cuento distinto.  O sea, otra historia. Esta no trata de las plantas ni de los animales sino expresamente de los seres humanos. 

[E.Amezúa, Sexologemas]

 

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