UN CULTO PROSCRITO

¿ES DESEABLE LA MUJER EMBARAZADA?

EL ESCÁNDALO DE LAS BACANALES

La prohibición de las orgías es algo que se remonta a épocas remotas. Ya en el año 186 antes de cristo, un suceso criminal conmovió a la opinión romana y asestó un duro golpe a las toleradas bacanales.

El dios Dionysos –más conocido bajo el nombre de Baco- era para los griegos y romanos el dios de los placeres, del vino, de la embriaguez y de los trances cosmo-vitales, capaces de subir hasta las mayores alturas de la divinización mediante la embriaguez o los placeres sexuales. En torno al siglo III antes de Jesucristo –nos cuenta Pi9erre Grimal, que ha estudiado el sexo en roma muy profundamente-, se extendió por Italia la religión y el culto dionisíaco y empezaron a surgir por todas partes «Colegios Bacantes» (especie de seminarios de Baco). Los romanos imitaron con esto a los griegos, celebrando los cultos del placer sexual. Era la forma de darle una trascendencia mística al tan traído y tan llevado «bajo instinto». Era una forma de vivir la espiritualidad del sexo, levándolo al culto y a la religión tal y como ellos la entendían.

Todo esto puede parecer extraño –desvergonzado y lúbrico- a los ojos de quienes solamente han estado enseñados a una religión y, más aún, la religión católica a través del catecismo de Astete. ¿Será necesario decir que ni el padre Astete ha sido el único autor de catecismos, ni la religión católica la única religión seria? El culto al placer ha sido más humano de lo que nuestros clásicos moralistas se han pensado. Las orgías y los desenfrenos han sido vistos como «cerdadas» por los Astetes obsesionados por el bajo vientre. Conviene decir muy claro que la ingnorancia radical sigue siendo la «virtud» más extendida entre los radicales que se apresuran a condenar todo sin saber de qué se trata.

LAS FIESTAS DEL SEXO

La celebración de bacanales (fiestas en honor a Baco, lo mismo que hoy tenemos fiestas patronales o en honor a santos) se había extendido también por Roma. Se celebraban ritos y festejos religiosos en los que el sexo era –en estos casos- el motivo protagonizante de los regocijos. En los bosques sagrados o en los templos, las orgías sagradas no eran otra cosa que fiestas y celebraciones en las que entraba en juego la danza, los ritos, en honor al placer sexual. La represión de nuestra cultura lleva a ver esto como «el reino del desmadre». Sin embargo –no se olvide- las fiestas eran las fiestas. La vida ciudadana contaba con números rojos y negros en sus calendarios, lo mismo que contamos hoy.

En estas fiestas se celebraba el placer lo mismo que hoy celebramos una victoria, un nacimiento, una boda, un aniversario. ¿Por qué el placer se ha quitado de la vida? He ahí una pregunta que sería buena plantear, antes de lanzar al vuelo las campanas de la condena a otros que pensaban y vivían de distinto modo. Se celebraba la fecundidad y la fuerza genésica. Se celebraban los poderes y los valeres que la humanidad lleva consigo. Nuestra cultura, muy respetuosa, celebra la fiesta del padre y de la madre por decreto de firmas comerciales que lo han lanzado para vender regalos… celebra también-con premios de natalidad- el poder genésico y de fecundidad. La religión y la política van muy de la mano en esto, aquí y ahora, lo mismo que –de otro modo- lo fueron hace veinticuatro siglos.

Se celebran –todavía. En nuestra sociedad «Juegos Florales», porque son valores artísticos. El sexo, el placer –vivido por todos- no tiene la dignidad de merecer una fiesta, ni siquiera la fiesta de poder ser vivido humanamente… si insistimos en esto es por una razón: quisiéramos que se entendieran estas costumbres de una forma un poco más humana de cómo han solido entenderse.

LAS FIESTAS Y EL ORDEN PÚBLICO

Lo mismo que pasa en nuestros días pasaba en otras épocas. He aquí a título indicativo un célebre escándalo sucedido en el año 186 a. de J.C., que conmovió a toda Italia y que muestra la regulación política, incluso policial, de lo que muy superficialmente suele tomarse como «caos, orgía y desenfreno». Se trata del «affaire Hispala», una cortesana amante de un joven, Aebetius, que- en el transcurso de una de estas fiestas- es víctima de un intento de asesinato precisamente por su madre, casada por segunda vez e implicada en problemas para los que el joven amante de Hispala era un obstáculo fatal. Un caso digno de los mejores reportajes espectaculares de nuestros días…

La madre del joven conecta con los sacerdotes de la fiesta, para que le den muerte durante una orgía. El hecho se denuncia. Los sacerdotes son detenidos. Las reuniones nocturnas son suspendidas… el asunto tuvo una gran trascendencia, por razones que hoy podríamos llamar políticas. Arrestos, procesos y ejecuciones. Lo mismo que siempre. Y la decisión del Senado, dada por decreto, prohibiendo las bacanales… un pueblo sin bacanales –en una república como la romana- no podía quedarse callado. De ahí la regulación posterior de bacanales dentro de un orden.

El culto dionisiaco siguió, pero con distinto rumbo. Las peripecias que siguieron estas fiestas pueden ser un ejemplo claro de cómo un pueblo, como el romano, con su orden y su justicia, con su religión y su política, vivió un aspecto del sexo sacralmente, religiosamente. Y no menos políticamente, tal y como corresponde -o al menos de hecho así es. A cualquier sociedad que regula los intereses y los deseos de los ciudadanos.

EN HONOR DE PRIAPO, DIOS DE LA VERDAD

Priapo era uno de los compañeros de Baco. Su faceta era la de representar más directamente la fuerza de la fecundidad, lo mismo que la de Baco era el placer sexual. Hoy llamamos «priapismo» a un defecto que consiste en un estado permanente de erección, de hecho poco frecuente pero no insólito. El nombre de priapismo que la ciencia sexológica ha conservado en honor a Priapo, es lo que hoy nos queda de este coloso cuya estatua era paseada y honrada con su enorme pene en erección. El culto al semental podríamos decirpara entendernos. El culto a la sementalidad. Más educadamente solemos decir fecundidad.

En otras épocas hicieron de la «virilidad» un culto. Priapo recibía su homenaje y la gente volvía a sus vidas corrientes y molientes. Hoy podemos decir con toda razón que Priapo ha sido descabezado (despenizado) por «obsceno y de mal gusto», pero el culto a la virilidad se ha metido en el corazón de cada hombre y ahí está haciendo estragos de machismo. Nosotros somos «más decentes» -léase reprimidos-, pero no menos devotos de Priapo. La prohibición de estas manifestaciones con la llegada del cristianismo dio un giro a estas celebraciones… ¿habremos salido ganando o perdiendo?

Efigenio Amezua (Convivencia 1977)

Sexólogo

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