GENIOS: Los hipersexuales

Sade o el placer de la tortura. Un auténtico genio del mal, aunque su legado literario sea considerable.

• Napoleón, cada noche, quería una cara nueva en su cama. Llegó hasta el incesto para satisfacer su deseo.

• Liszt, una turba de mujeres histéricas le seguía en sus actuaciones.

• John Kennedy, treinta «secretarias» a su servicio particular. El poder como afrodisíaco.

• Picasso, siete uniones duraderas y un sin fin de encuentros efímeros en noventa y dos años.

De las perversiones del «divino marqués», a los baños nudistas de Kennedy o la potencia sexual inextinguible de Picasso, el mundo de los hipersexuales, capaces de sublimar su erótica en el arte o a política para alcanzar las cimas más altas.

El marqués de Sade

((1740-1814), célebre escritor francés que, con todo merecimiento; ha dado su nombre a un conjunto de aberraciones sexuales. Sade fue indudablemente un genio de la perversión. El principio que Inspiró su vida disoluta es que el placer se justifica por sí mismo, sean cuales fueren los medios con que se obtiene.

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Tuvo que abandonar la carrera militar, a causa de su fama de 1ibertino. En París frecuentó las casas de juegos y los medios teatrales. En 1763 se casó con Renée-Pélagie. Pero una serie de escándalos dieron al traste con su vida conyugal.

A una jovencita que encontró por la calle .la condujo a su casa y se divirtió abominablemente con ella, encadenándola y torturándola; la muchacha logró escapar refirió los extraños gustos del «exquisito marqués». Con ayuda de un criado, el marqués suministró una sobredosis de afrodisiaco a un grupo de chicas de una casa de Marsella, con las que sin duda proyectaba realizar interesantes experiencias. Pero el resultado no fue el esperado, pues las infelices víctimas sufrieron un serio envenenamiento y tuvieron que ser hospitalizadas.

A consecuencia de estas «hazañas», el marqués de Sade fue procesado y condenado a muerte. La influencia de sus padres, los condes de Sade, logró que se le conmutase la pena, pero el culpable ingresó en prisión. Fue liberado con el advenimiento de la Revolución francesa y el indulto de 1790. Aprovechando la efervescencia política y social del momento, empezó a dar a la luz novelas y escritos que había concebido en las mazmorras de la Bastilla.

Comenzó con su célebre novela Justine, una obra sumamente «edificante». Cuenta la historia de dos hermanas huérfanas. La mayor, Juliette, fuerte y sin escrúpulos, se va a vivir a un burdel de lujo, se casa luego con un cliente rico, le envenena para heredarle y termina convirtiéndose en respetada amante de uno de los más altos dignatarios de la corte. La pequeña, delicada y honesta, intenta defender a toda costa su virtud, pero es violada, sodomizada, sometida a atroces perversidades, vivisección incluida, y termina condenada a muerte injustamente.

La aparición en 1796 de su otra novela Zolvé y los dos acólitos, en la que osó incluir ciertas alusiones a madame Tallien, a Josefina y al cónsul Napoleón Bonaparte, le llevó de nuevo a la prisión. Esta vez no hubo proceso, sino un simple mandamiento policial. A pesar de todas sus solicitudes de clemencia, sólo obtuvo que le encerraran en el manicomio de Charanton, donde habría de permanecer hasta su muerte.

Napoleón Bonaparte

(1769-1821), glorioso emperador de los franceses, no tuvo suerte en el amor. Hombre de gran carácter y dinamismo, no encontró una mujer a su altura. Su vida emocional fue consecuentemente muy agitada. Cada noche quería una cara nueva en su cama.

Artículos de sexología y sexualidad. Los hipersexualesSu matrimonio con Josefina de Beauharnais, la bella criolla, fue un fracaso. Era seis años mayor que Napoleón y, para colmo, estéril y libertina. Menos mal que de su precedente matrimonio tenía Josefina una hija deliciosa, Hortensia. Esta hermosa muchacha fue el pararrayos de las iras de Napoleón. Muchos autores aseguran que éste se hacía pagar por la hija las infidelidades de la madre. Desde luego, el incesto no acusaba a Napoleón, como había comprobado su hermana Paulina, la futura Paulina Borghese. En este caso, sin embargo, el gran corso tenía un poderoso atenuante: la escultural Paulina era una ninfómana exaltada, una histérica hipersexual, además de una mujer bellísima.

María Walewska, la más dulce y leal de las amantes de Napoleón, fue involuntariamente para él «la mujer fatal». Para proteger a Polonia, su patria, le indujo a cambiar su política oriental, de lo que se derivaría el desastre de Rusia. Más aún, al quedar embarazada, demostró a Napoleón que la pertinaz esterilidad de Josefina era únicamente culpa de ésta, no suya, y en consecuencia se decidió a divorciarse de ella. Ahora bien, para ello hubo de enfrentarse al Papado, y aunque en contrapartida logró el matrimonio con María Luisa, hija del emperador de Austria, de esta alianza sacaría a la larga bien poco provecho.

Acostumbrado a mujeres de segunda fila (bailarinas, cantantes, simples burguesas), cuando se aproximó el día de encontrarse con María Luisa, se sintió cohibido ante la perspectiva de hacer el amor con una verdadera princesa. Decide por ello tomarla antes de que llegue a París, antes de que la etiqueta empiece a ponerle nervioso. Sale al encuentro de la comitiva, arranca a la novia de la carroza y se la lleva a pasar la noche al Castillo de Compiegne. Al día siguiente se presenta radiante a sus íntimos: «Casaos si podéis con una alemana: son las mejores mujeres del mundo. Son buenas, ingenuas y frescas como las rosas.»

La ingenuidad de María Luisa no le duró mucho al lado de Napoleón. Y cuando éste fue exiliado, primero en la isla de Elba y luego en la de Santa Elena, la ex emperatriz de los franceses cayó en brazos de un general austriaco. También Napoleón supo encontrar consuelo a su soledad. En Elba tuvo tres amantes sucesivas; Y hasta en Santa Elena, enfermo y todo, gozó de la intimidad de varias mujeres, entre otras, de una jovencita de quince años, hija de su vigilante.

Franz Liszt

(1811-1886), músico húngaro, el más portentoso pianista de todos los tiempos, fue también el galán romántico por excelencia. Robaba corazones con .la misma facilidad y elegancia con la que desgranaba arpegios. Su padre le había advertido al morir: «Franz, Franz, las mujeres serán un gran peligro para ti.» Realmente, sus interpretaciones eran seguidas por una turba de mujeres histéricas a las que el genio y la belleza del artista tenían enloquecidas. Pero no se refería a ese peligro su padre.

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Su primera amante fue la condesa Marie d’Agoult. Una tragedia familiar -la muerte repentina de una hija de la condesa- rompe su idilio. Creen ver un castigo del cielo y deciden separarse. Pero el amor es más fuerte. Tras una: corta ausencia, Liszt regresa: «Quizá no seáis la mujer que me conviene, pero sí la que quiero.» De su unión nacen tres hijas, una de las cuales, Cósima, se casaría con Richard Wagner. Pero, poco a poco, la pasión se enfría. Por consejo de su amiga George Sand, Matie se dedica a la literatura y se da a conocer con el seudónimo de Daniel Stern.

En una gira artística por Rusia, Liszt conoce a la hermosa princesa Carolina de Sayn-Wittgenstein. Ella está separada de su esposo, un oficial ruso. Liszt se enamora de ella, se instala en su palacio y escribe para ella sus más inspiradas composiciones. Carolina le da lo que más necesita el artista: amor y paz. Piensan en casarse. Cawlina solicita de Roma la anulación de su matrimonio, celebrado antes de su mayoría de edad y sin su consentimiento. El Vaticano no acepta sus argumentos. Los dos amantes se trasladan a Roma y a los pies de Pío IX le exponen su drama. El Papa declara imposible la anulación, dejando anonadada a la pareja. Profundamente religiosos, ambos se refugian en el misticismo. Carolina se retira a su palacio. Franz se prepara para el sacerdocio.

Listz recibió efectivamente las órdenes menores y vistió la sotana en la primavera de 1885. Demostrando una casi sobrehumana capacidad de sublimación, vertió todo el inmenso caudal de su sensibilidad en la creación de obras de música sacra y en las obras de caridad. Moriría al año siguiente en los brazos de su hija Cósima.

Kennedy

(1917-1961), presidente de Estados Unidos y sin duda la máxima figura política mundial de las últimas décadas. En el aspecto sexual demostró su característico dinamismo y fue un polígamo recalcitrante, a pesar de su matrimonio con Jacqueline, a la que no descuidó, pero que evidentemente no cubrió todas las posibilidades de su voraz virilidad.

Artículos de sexología y sexualidad. Los hipersexualesDurante su época de senador, John F. Kennedy recibía ya de sus colegas el apodo de “Jack el del cochón”. Una de sus promesas en la campaña presidencial fue «hacer por el sexo lo que la Administración Eisenhower había hecho por el golf». La prestancia física y el magnetismo personal de Kennedy, junto a su amplísima popularidad, atraían a su alrededor un enjambre de admiradoras.

Instalado ya en la Casa Blanca, el poder actuó también sobre él corno un afrodisiaco. Además de varias amistades íntimas duraderas (Judith Campbell, amante asimismo del mafioso Giancana; tal vez Marilyn Monroe…), Kennedy se rodeó de una treintena de chicas bien dispuestas que estaban a su servicio particular. «Sólo Dios sabe qué hacían allí», afirmó uno de los principales ayudantes del presidente.

Según los relatos publicados por otros funcionarios y empleados de la casa, podernos deducir cuál era su misión. Sin duda le ayudaban a relajarse y a evadirse por unas horas de las graves tensiones de su cargo. Al presidente le gustaba nadar desnudo en la piscina y lo hacía -en ausencia de Jacqueline- acompañado por algunas chicas que usaban el mismo traje de baño, a las que recibía también en sus habitaciones particulares. Había una conspiración de silencio para ocultar todo eso a Jacqueline.

Según refiere Traphes Bryat, uno de los empleados, en cierta ocasión se encontraba John Kennedv con un grupo de amigos y amigas en la piscina, desnudos y divirtiéndose, cuando llegó la noticia de que Jacqueline había regresado inesperadamente de Virginia. «En seguida empezaron a salir cuerpos desnudos, cada cual por su lado. Fue fácil librarse de los cuerpos, pero quitar de allí las bebidas era otro cantar, y el servicio pasó un buen rato haciendo desaparecer las pruebas del delito: vasos de whisky y demás.»

Pablo Picasso

(1881-1973), maestro indiscutible de la pintura contemporánea, hombre dotado de inconmensurable vitalidad y potencia creativa, demostró asimismo una asombrosa capacidad sexual. Pero él supo siempre supeditar este inagotable vigor a su actividad artística.

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En su juventud barcelonesa fue un habitual de los bares y music-halls del Paralelo y de los prostíbulos del barrio Chino, a los que arrastraba también a sus amigos. Por aquel entonces, los burdeles barceloneses brindaban la más selecta gama de aventuras carnales de toda Europa. Picasso las saboreó una tras otra con voracidad, y allí -según un biógrafo- «pasó por todas las clases de pruebas que pueden llegarle a uno como secuela de relaciones de carácter sexual». Picasso, al igual que otros célebres artistas, encontraría en estas aventuras con las mujeres de la vida estímulo e inspiración para su arte.

De sus uniones con mujeres conocidas, se sabe de siete en cierto modo duraderas, además de un sinfín de encuentros más o menos efímeros. Desde 1904 vivió en París con Fernande Olivier, jovencita de suburbuio, modelo de los pintores de la Butte y unos años rnayor que él; sus amores fueron volcánicos y duraron nueve años. Siguieron 1uego Marcene Humbert («Eva») y Olga Koklova, esta última bailarina de la compañía de Diaguilev, con la que se casó en 1918 y tuvo a Pablo, único hijo legítimo del pintor. Tras romper con Olga, hacia 1934, se unió a Marie Thérese Walter, de quien tuvo una hija, Maya, y más tarde con «Dora». Hacia 1946 comenzó su relación amorosa con Francoise Gilot, de la que le nacieron dos hijos: Claude y Paloma. Poco después, Picasso se unió a Jacqueline Roque, con quien se casaría en 1958, cuando el artista contaba ya setenta y siete años.

El ardor y potencia sexuales de este infatigable catador de hembras no se extinguiría realmente sino después de la delicada operación de vesícula biliar a que fue sometido en 1966, a sus ochenta y cinco años.

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