El sexo y la gripe A

¿Una idea peregrina?

Sólo pasaron unos días y la gripe porcina pasó a llamarse gripe A. La razón fueron los efectos que el uso del adjetivo porcino podía causar a los intereses del cerdo. Quiero decir, a su industria, a su mercado. Y a una larga cadena que va con ello, lo cual es obvio y todos lo hemos visto razonable. Además, a todos nos da igual que esta gripe se llame con una letra o un número. Lo importante, entendemos, es el sustantivo y no el adjetivo. Hasta aquí todos, pues, de acuerdo.

Y ahora viene la idea que algunos consideran peregrina. Es lo que ha sucedido con las enfermedades o infecciones a las que se las ha aplicado el adjetivo sexual sin que nadie haya pensado en lo que esta operación afecte a la idea de sexo.>

Por ejemplo las llamadas enfermedades de transmisión sexual o e.t.s. que no son de transmisión sexual sino genital puesto que su forma de infección es netamente por el contacto de estos órganos. Y, que sepamos, el sexo no son los genitales. Los que trabajamos en la educación sexual sabemos por experiencia que, pedagógicamente, hace muy bien hablar de e.t.g. por ser más didáctico y preciso. Y, sobre todo, más de acuerdo con los hechos.

Cuando decimos educación sexual solemos añadir esta coletilla: o sea, de los sexos. Y lo hacemos para resaltar la fuerza de la didáctica: porque sexual no quiere decir la instrucción para el uso de los genitales sino la educación de los sexos.

Esto es ya bien sabido: el sexo incluye los genitales. Pero los genitales no son el sexo. Como también es sabido que el adjetivo sexual tiene un sesgo que le lleva a pensar, sobre todo, en genitales.

Son muchos los que dicen que el sexo es algo más que el uso de unos órganos. Y que este sesgo hace que los genitales no dejen ver el sexo. Con todo esto el uso del adjetivo sexual no ha tenido la suerte de los intereses del cerdo.

Por ejemplo cuando se habla de abuso sexual o de agresión sexual para indicar tantas cosas desgraciadas que hacen que el adjetivo sexual sea llenado de cargas tan fuertes que convierten al sexo en un foco de peligros, curiosamente también llamados sexuales.

Sólo otro ejemplo. El de la reconversión de la prostitución en esclavitud sexual o el de las prostitutas y sus servicios en trabajadoras del sexo y sus servicios sexuales. Hay muchos más ejemplos. Muchos. No hace falta más que oír o leer a lo largo de un día los medios que nos informan.

Da la impresión de que el adjetivo sexual se ha sembrado a voleo en todo lo que es riesgo, peligro, amenaza o delito, lo mismo que no hace mucho lo había sido con todo lo que era pecado. Y este uso del adjetivo sexual está causando al sexo un costo demasiado caro.

Parece que pocos han pensado que el sexo es un valor deseado por todos. Y que cuidarlo y preservarlo de tanta miseria puesta encima con su adjetivo sería un gran bien para la humanidad.

Además, ni siquiera se trataría de pedir un poco de respeto. Se trataría de usar la inteligencia. Porque en la mayor parte de los casos el uso de ese adjetivo está fuera de lugar. Se puede decir lo mismo y hasta mejor, más exacto y más preciso, sin necesidad de usarlo.

Los sexólogos tratamos de usar la noción de sexo y su adjetivo de forma que no se destroce más de lo que ya está destrozado. Incluso, de promoverlo como un valor. Porque, entre otras razones -repetimos-, es un valor del interés de todos. Y a todos nos interesa cuidarlo. En el caso de la gripe A el cerdo y su entorno han tenido más suerte y mejor consideración que el sexo. Sin perdón./p>

E.Amezúa

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