Don Jaime Torrubiano

Una voz distinta en el seno de la Iglesia

Durante los años veinte y treinta la postura de la Iglesia católica oficial fué origen de una buena serie de escritos en los que, bajo diversos motivos, encontramos la referencia a la debatida cuestión sexual de fondo. No es difícil toparse con obras —algunas de fuerte repercusión— en las que, de forma contínua y monográfica, aparecen los conocidos temas de la castidad, la continencia o la pureza como ideales dentro de su singular y propia óptica.

Tal es el caso de autores como el dominico padre Figar o del jesuíta Ruiz Amado; o el también jesuíta y biólogo padre Laburu, más identificado con los ámbitos científicos.

Capítulo aparte merecería el caso del Cardenal Gomá, auténtico apologeta y portavoz de las encíclicas pontificias, especialmente de la Casti Connubii de 1930 sobre el Matrimonio cristiano en la que, lógicamente, se entra de lleno en la exposición de los “grandes peligros” que en la época se cernían sobre “la sagrada Institución”, entre los cuales “la visión materialista del sexo” era uno de los principales y de la que se derivaban otros nuevos sobre la fidelidad, el divorcio, la virginidad, los anticonceptivos, etc.

Igualmente empiezan ya a ser conocidas algunas de las primeras obras de quien, luego, iba a ser el autor de lectura obligada durante la posguerra: el obispo húngaro Monseñor Tihamer Toth. Su celebérrima obra Energía y Pureza seguirá reeditándose (Editorial Atenas, Madrid) hasta entrados los años sesenta.

Estos y otros autores conocieron un notable éxito en los años treinta —dentro del sector del clero o la derecha civil— y un enorme encumbramiento tras la guerra, debido a ser los representantes o exponentes de la única corriente de ideas,os sesenta impuesta tras la victoria. Todos ellos —como se indicó— tienen una idea común en torno a la pureza, castidad o continencia, es decir según el pensamiento de la ascética católica oficial.

De ellos —sobre todo en lo que se refiere a la época de posguerra— han dado ya noticia obras como la de Feliciano Blazquez, Cuarenta años sin sexo (Ed.Sedmay, Madrid, 1976); o la de Luis Alonso Tejada, La represión sexual en la España de Franco (Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1977); o la de Oscar Caballero, El sexo del Franquismo (Ediciones Cambio 16, Madrid, 1977). De años posteriores dió cuenta un libro bien conocido de Vicente Verdú y Alejandra Ferrándiz, Noviazgo y burguesía (Ediciones Cuadernos para el Diálogo, Madrid 1974). Más popular aún —y desde otro ámbito— es el ensayo de Carmen Martín Gaite sobre los Usos amorosos de la posguerra española (Ed. Anagrama, Madrid, 1990). Como resumen, Juan Eslava ha conocido un notable exito con El sexo de nuestros padres (Finalista del premio Espejo de España, Planeta, 1993).

Dentro de una metodología rigurosamente foucaultiana, nuestro colega y amigo Jesús Pérez acaba de ofrecernos, en su tesis doctoral, un tan impresionante como implacable análisis del contenido interno del discurso educativo de toda la producción editorial repertoriada desde 1939 a 1965 (J.Pérez, Análisis del discurso educativo sobre la sexualidad, Revista de Sexología, nº67, monográfico, 1993).

 

Un teólogo laico

 

Pero, sin salir del marco de los años veinte y treinta —y al margen de las voces más sonadas— hay una que, siendo también de la iglesia —o al menos empeñada en serlo— podría ser representativa de otro estilo. Se trata del teólogo laico Don Jaime Torrubiano Ripoll.

Había nacido en Fonderella (Lérida) en 1879. Tras sus estudios de Filosofía y Teología, llega a Madrid en 1913 donde inicia un denso trabajo como traductor de los clásicos de la Moral (obras de Vitoria, Suárez, Soto, etc.) y de la Medicina (Servet, Arnau de Villanova, Alucasis, etc.). Coincidiendo en parte con la asignación de una Cátedra de Derecho Matrimonial recién creada en la Sección de Estudios Superiores de la Real Academia de Jurisprudencia de Madrid, empieza su producción original con una serie de obras de carácter divulgativo. En la prensa de esos años podemos ver también el anuncio de su Consultorio de Asuntos matrimoniales (Calle Luna, nº20, Madrid).

Con la serenidad de un “creyente convencido” y la lucidez implacable de un experto, este teólogo laico que se presenta a sí mismo “felizmente en la dicha conyugal, por suerte”, representa un papel audaz e instigador con sus escritos sobre temática sexual desde un punto de vista católico y, lo que es más, “desde la misma tradición ortodoxa” de la que no quiere desviarse. Miret Magdalena —a quien por tantos motivos nos recuerda su nombre— ha escrito no hace mucho que este hombre tan olvidado y tan horrorosamente tratado en la posguerra, merecería algo más que el cómplice silencio en el que sus trabajos han quedado. (Miret Magdalena, Amor y Sexualidad, Plaza y Janés, Barcelona, 1991).

Durante aquellos años podían leerse de él tres obras directamente relacionadas con la temática sexual aparte de otros artículos y conferencias. Todas ellas van a los núcleos más espinosos de la cuestión desde el punto de vista sociomoral, es decir —para entendernos— católico, puesto que ésa era la religión oficial y social aunque luego Azaña pronunciara aquella terrible afirmación “España, señores, ha dejado de ser católica”. Estas obras son: ¿Son ellos adúlteros?, (Ed.Reus, Madrid, 1921; El divorcio vincular, Ed. Morata, Madrid, 1926; y Teología y Eugenesia, Ed.Morata, Madrid, 1929.

 

El instigador

 

Todavía se usa el dicho atribuído a Marañón de que “no hay mujeres frígidas sino hombres inexpertos”. Siguiendo la misma dinámica que generó dicha frase —y en el mismo contexto, en los mismos años— hé aquí la correspondiente a Torrubiano: “No hay maridos adúlteros sino esposas —y con perdón— imbéciles”. Lo que pretendía este segundo —como por otra parte el primero— era provocar para hacer reaccionar ante situaciones manidas.

En esta primera obra ¿Son ellos adúlteros?, subtitulada Para mujeres casadas y casaderas y para gente de sotana, el autor, entre la seriedad y el desenfado, arremete contra la caricatura de “esa insoportable doctrina” y “esos estúpidos moralistas” que han hecho —o quieren seguir haciendo— de la mujer una imbécil en el sentido moral y psiquiátrico del término. Se trata de la doble moral —es decir, la de los hombres por un lado y la de las mujeres por otro— pero se trata, sobre todo, de poner contra las cuerdas a “esa increíble lista de contradicciones” que la Iglesia católica, o mejor dicho, su doctrina moral, ha tratado de manetener para considerar a la mujer fuera de la vida sexual y dentro de la ñoñería.

“Sí, lo han logrado, y éste es el grave error… Esos estúpidos moralistas han logrado que en los fueros de la carne no se mezclara el espíritu; han logrado de la mujer piadosa que se avergonzara de las divinas funciones de la maternidad; han logrado que en la vida íntima matrimonial, en el acto más secreto conyugal, fuera la mujer inerte y pasiva, sin espontaneidad, sin efusión, sin placer manifestado, sin pasión, reduciendo así —por otra parte— al marido a la simple condición de macho…; han logrado que las mujeres cumplan su frío deber, porque es un deber, porque es inevitable, porque no pueden tristemente prescindir, porcompasión a su pobre marido, víctima de las hediondeces de la carne; han logrado que las mujeres tengan por cosas feas, sin arte y sin belleza, lo que más asemeja a Dios, y que se resientan de ello con mil modos indirectos y solapados, con mil excusas sin substancia… todo ello igualmente repulsivo y desesperante para los maridos…” (¿Son ellos adúlteros?, pp.24-25).

El texto de Torrubiano, frente a las críticas abundantes contra el machismo de los hombres, resulta incisivo e instigador directamente dirigido a las mujeres. “¿Están ellas conformes, están satisfechas con el gobierno de sus conciencias y de su vida sexual? ¿No late una sorda protesta en el fondo de sus almas? ¿No les producen mis atrevimientos un placentero respirar…?”. De lo que se trata, pues, “ante esta situación, es de que las mujeres reaccionen contra todos esos tópicos que han querido inocularlas y que ellas construyan su propio ars amandi” (Ib., p.242).

 

El audaz

 

Sin embargo estos escritos que pudieron ser considerados —y no sin razones— como provocadores, no lo eran sólo por la forma directa y cercana con la que planteaba los problemas; es decir, en un lenguaje simple y sencillo de entender. En su siguiente obra, El divorcio vincular (Ediciones Morata, Madrid, 1926), escrito sobre la base de textos leídos en la Real Academia de Jurisprudencia durante la primavera de 1925, es decir, con un estilo más académico y formal —desde la historia teológica y canónica— no deja de ser igualmente incisivo, incluso más audaz. “Que sea nuevo, o lo parezca, no se opone a que sea verdadero; que sea audacia, no es defecto: audaces fortuna juvat (p.XVI).

“La escabrosidad del tema de esta obra —continúa— sube de punto, si se tienen en cuenta mi condición de católico sin matizaciones de ninguna especie, la gravedad y novedad de las conclusiones a que he llegado en mis investigaciones, y la situación jurídica matrimonial de nuestra patria. Pero yo entiendo que el hombre, libre totalmente de prejuicios, jamás debe temer la investigación científica acometida con espíritu sereno de rectitud y sólo a impulsos del amor a la verdad y al bien, cualesquiera que sean las conclusiones, favorables o adversas, a que nos conduzca inflexiblemente la lógica; y tanto mayor ha de ser su correcta audacia en el camino de esa investigación cuanta mayor sea la flexibilidad de su espíritu, dispuesto siempre a rectificar en todo momento en que se le demuestre haberse equivocado” (Ib., p.1-2)

El autor —por si alguien piensa en su provecho personal— se declara entre los humanos con una enorme suerte en su matrimonio, casado y bien casado, lo que le otorga el privilegio de poder ver “el problema desde la fortaleza de nuestra dicha conyugal, que deseamos sea indisoluble y eterna, y que lo será para nosotros mientras nosotros queramos que lo sea” (p.3), lo cual no impide acercarse a quienes viven un “infierno conyugal” o a través de un hogar deshecho y de una hacienda destrozada o de unos hijos dispersos…” (p. 4.).

La tesis central de este libro —tras el repaso a los documentos de la tradición católica— es que “nadie ha probado la incompatibilidad entre el divorcio vincular y el dogma católico”. O dicho de otro modo: El divorcio es perfectamente planteable desde dicha tradición en el seno de la teología católica.

En Teología y Eugenesia: Al servicio del matrimonio (Ediciones Morata, Madrid, 1929) el autor se plantea lo mismo con respecto a otro de los temas polémicos: los anticonceptivos. Para decirlo de una forma clara: Según la misma tradición católica pueden utilizarse “las modernas prácticas anticoncepcionales” cuando no se quiera que de las relaciones sexuales se siga un embarazo. Dentro de las matizaciones propias de la casuística moral, no se trata obviamente de afirmar todo ni de negar todo, sino de aclararse”.

“La Iglesia no ha formulado doctrina alguna cierta acerca del neomalthusianismo en el terreno doctrinal… Las prácticas anticoncepcionales son de suyo lícitas en los casos extraordinarios en que sean probablemente necesarias para impedir graves daños en la madre, en el hogar, en la prole presente o futura, o en otros intereses seriamente respetables… Toda oposición a los avances de la ciencia eugenésica, apoyada en las exigencias de la Religión de Estado, sea por el Poder público, sea por los particulares, será en adelante una arbitrariedad, mientras la Teología seria no modifique sus actuales posiciones y mientras no sean sólidamente combatidas y destruidas nuestras afirmaciones” (Ib., pp.195-196).

Estas son algunas de las conclusiones finales de esa obra publicada en plena resaca, tras la suspensión por parte de los poderes públicos de la celebración de unas históricas jornadas en 1928 (Véase sobre ello el capítulo X). En otras, aún más resonantes —las de 1933— empezará su conferencia de esta forma: “Tengo ya no corta historia dedicada a someter a revisión y análisis, razonados y documentados, las tesis teológicas y jurídicas de las escuelas católicas, la disciplina de la Iglesia, las costumbres y prácticas de las jerarquías eclesiásticas, el oficialismo religioso del Estado y los prejuicios y conducta del catolicismo español. Como consecuencia de estos estudios, he fiscalizado y condenado severamente las numerosas y graves corruptelas que a la sombra de la Religión Católica se habían introducido. Esta conducta me colocó en postura no buscada ni deseada, pero sí tristemente inevitable, de hostilidad frente a los dos enormes poderes que, en sus mismos calificativos, llevaban intrínseco extravío: el Estado canonizado y la Iglesia civilizada, es decir una Iglesia civilmente oficial y un Estado oficialmente religioso” (J.Noguera y L.Huerta, Genética, Eugenesía y Pedagogía sexual, actas de las primeras jornadas eugenésicas españolas, Morata, 1934, Vol I, p. 60).

Tenía entonces Don Jaime 54 años. Estaba en plena madurez y lleno de proyetos. En 1936 entregaba a Espasa-Calpe el primer volumen de El sexto mandamiento de la Ley de Dios y preparaba los dos restantes de la voluminosa y ambiciosa obra. Pero la guerra civil iba a terminar con todo y, tras ella, le esperaba el calvario de las cárceles; primero en la Porlier de Madrid, luego en la de Ocaña, más tarde en la de San Miguel de los Reyes de Valencia… y así hasta bien entrada la década de los años cincuenta, nos comenta uno de sus hijos que lleva su mismo nombre.

Todavía en 1959, a sus 80 años conocerá Carabanchel. Lo cuenta Tierno Galván en las páginas de sus Cabos sueltos (Memorias, Ed. Bruguera, Barcelona, 1981) que la compartió con él en esas fechas. Con el milagro de sobrevivir con trabajos de traducción, publicará algún libro todavía, aunque con nombre prestado, al ser el suyo propio considerado como indeseable.

“Excomulgado primero, olvidado después, —comenta V.M.Arbeola (El Ciervo, nº230, 1973, pag.8)— este hombre, que se adelantó a varias reformas, luego consagradas en el Concilio Vaticano II, murió sólo rodeado del cariño de sus hijos, un 3 de junio de 1963; el mismo día, unas horas antes —curiosa coincidencia— que moría Juan XXIII”.

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