“LOS HIJOS DE DON SANTIAGO”

Un paseo por el casco antiguo de nuestra sexología

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De cómo científicos e intelectuales, médicos, juristas o pedagogos trataron de pensar la sexualidad para entenderla y explicarla; también para intervenir en ella llevando las ideas a la práctica. Una historia que parece lejana y, no obstante, está ahí, a la vuelta del primer recuerdo.

Kinsey y Marañón: el encuentro de Madrid

Aquel viernes 15 de febrero de 1956 llegaba a Madrid el Dr. Alfred Kinsey, en pleno fulgor de su fama por los recientes Informes sobre el comportamiento sexual. La idea que le traía era el encuentro con uno de los supervivientes de la producción sexológica europea que, con la segunda guerra mundial había sido arrasada por el nazismo y, en el caso español, por la guerra civil y posterior dictadura.

El lider que Marañón había sido en este campo era sólo ya recordado fuera de su país por las reediciones de sus obras en las distintas lenguas a las que había sido traducido. El sábado 16, haciendo una excepción a su costumbre, Don Gregorio no había ido de fin de semana al Cigarral de Toledo.

A las 9 de la mañana, el Dr. Kinsey salió del Hotel Palace, subió a un taxi y enfiló por Recoletos y Castellana (entonces Generalísimo). Llevaba en su maletín los dos gruesos volúmenes de los Informes con esta escueta dedicatoria: “Al Dr. Marañón, con mi reconocimiento y gratitud por su trabajo”.

Unos minutos más tarde estaba en el número 53 del Paseo de la Castellana (hoy Plaza del Dr. Marañón), subió al 2º Derecha y vió la placa : “Gregorio Marañón. Médico”. Pulsó el timbre y el mismo D. Gregorio salió a recibirle. Se dieron la mano y la puerta se cerró tras ellos.

Fuera, nadie dió cuenta del encuentro. Ni una nota en los diarios. Todo ocurrió para la historia como si nada hubiera sucedido en aquel Madrid pobre y austero, hosco y con frío de ventisca.

Dentro, en aquel despacho repleto de libros por todas partes, estaba teniendo lugar un intento de acercamiento entre dos mundos en torno al sexo: un sexo maltratado en la España de una larga y ascética posguerra y otro que empezaba ya a bullir desde el otro lado del Atlántico y que iniciaba un nuevo hervor, camino de los cercanos sesenta. ¿Similar al de “la marcha triunfal del sexo” de los no tan lejanos años treinta?

 A decir verdad, Marañón estaba ya de vuelta. Sus escritos sobre temática sexual le habían propiciado —hecho el balance— más sinsabores que otra cosa. Aunque, bien mirado, se sentía satisfecho de ello y, en su intimidad, era consciente de haber cumplido con uno de los cometidos más atractivos de su vida.

El público español —el de posguerra— se había empeñado en ignorar esa veta de su trabajo. Sólo una edición acomodada de sus Tres ensayos sobre la vida sexual circulaba ya de todo lo que, durante veinte largos años, había sido “una cuestión de interés vital”. Entre aquellas décadas, vividas con la energía de una juventud a tope —también repletas de sobresaltos— y las que ahora le deparaban los últimos años, habían sucedido muchas cosas, muchos debates y polémicas, algunas enormemente agrias y duras.

Frente a su mirada cargada de pasado, Kinsey se insinuaba con la seducción de la oferta de un relevo en ese continuo de cuya ruptura ambos eran bien conscientes —cada cual a su manera— y ante la que ambos sentían la responsabilidad de crear puentes y lazos que unieran unas décadas con otras. Aunque también ambos —sobre todo el médico español— tenían ante ellas la sensación de siglos.

Los acontecimientos que iban a sucederse de inmediato —con la ola de erotismo primero, con la revolución sexual luego, con el mercado del sexo después— se encargarían de hacer de este encuentro en el silencio algo tan lejano de la actualidad como, a su vez, lo fuera de aquellos otros movimientos de la generación inmediata anterior, es decir aquellos en los que Marañón participó activamente y con los que Kinsey conectó en aquel otoño de 1938 por una pura e impensada coincidencia cuando la Asociación de Mujeres Estudiantes de la Universidad de Indiana solicitó un curso sobre Sexualidad Humana y el muy joven y ya respetable profesor de zoología que era entonces Alfred C.Kinsey —especialista en avispas para más señas— había sido invitado a participar como ponente.

Este hecho, totalmente casual, había cambiado el ritmo y la dirección de su vida, metiéndole de lleno en el estudio de ese otro animal, el ser humano. Puesto a reunir lo que sobre temática sexual había sido publicado, Kinsey quiso hacerlo en serio para situarse él también en serio; y, tras un primer acercamiento, aparecieron sus dos Informes: en 1948 el de La conducta sexual del hombre y en 1953 el de La conducta  sexual de la mujer.

En realidad, el campo nuevo le apasionaba más que el de las avispas; por eso, entre sus nuevos proyectos, fraguó el de elaborar una gran historia de la sexología. Y ésa era la idea que le había traído a Madrid y a su encuentro con Marañón. Desgraciadamente a los pocos meses, un infarto mortal iba a dar por definitivamente cerrado el proyecto. Era el mes de agosto de 1956. Tenía 62 años.

Con su muerte nacía el mito Kinsey, tan distinto a su realidad y sobre todo a su  intención.

Con la pompa propia del rito, el Times del 24 de Agosto de 1953 le había otorgado el título de “El Cristobal Colón del sexo. El sabía que ni la historia ni el descubrimiento del sexo habían empezado con él y, sobre todo, que no quería ir por donde los intereses publicitarios le llevaban. Pero, muerto ya, estos y no él, iban a decidir la suerte de su futuro como el “Gran descubridor”.

Con ello se daba por sentado que antes, mejor o peor, no había existido nada. O, al menos, nada interesante. Lo cual no era en absoluto cierto.

Los cortes con la historia son siempre duros y crueles. Luego, la misma ley del tiempo se encarga de ablandarlos con su acostumbrada ironía para ser vistos desde los análisis y las ideas que, a falta de otro vínculo, tratan de unir lo que las vidas de las distintas  generaciones separan.

Unos años más tarde, en 1960, moría Marañón, también en olor de multitudes, aunque en el silencio —o más bien la ocultación— de una de sus más queridas aportaciones: su contribución a la sexología en la llamada época fundacional, la de los grandes creadores del primer tercio del siglo XX.

E. Amezúa

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