LOS GRANDES CONCEPTOS : LA SEXUACIÓNPor E.Amezúa |
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(El Banquete, Platon)
¿Por qué y de qué manera nos sexuamos de forma que seamos más de uno que de otro sexo sin perder por ello la referencia del continuo de los dos?
Responder a esta pregunta y a otras parecidas constituye la apasionante aventura de lo que se conoce como sexuación, es decir, el proceso de hacerse sexuado.
Seguramente no vamos a poder disponer de las certezas que nos gustaría; pero, al menos, podremos acercarnos a un foco de preguntas de gran utilidad.
La sexuación es el concepto que trata de ordenar un gran número de interrogantes relativos a la diferenciación de los sexos y, por lo tanto, a su riqueza y diversidad que, precisamente, proceden de esta forma de diferenciación.
I. Preliminares
II. La línea del continuo de los sexos
Nos acercaremos aquí al primero de los grandes conceptos señalados en el mapa general del Hecho Sexual Humano. Se trata de la sexuación, un fenómeno aparentemente simple y que, sin embargo, es muy complejo.
En él reside el hecho universal que atraviesa a todos los seres humanos pero cuyo resultado configura a cada uno en su forma particular. Es lo que, de otro modo, se conoce también por historia sexual, una historia que como toda historia diferenciada y propia está compuesta por hitos o etapas diferentes en la biografía de cada cual
El concepto de sexuación dice relación a un proceso que coincide con la evolución del mismo ciclo vital de cada individuo en el marco más amplio de las distintas fases evolutivas de la historia general. Todo individuo parte de un embrión de vida que se desarrolla como un proyecto.
Desde lo que constituye el momento cero en la concepción de un ser humano, con la fusión de un espermatozoide y un óvulo, los estudiosos han destacado factores o elementos que contribuyen a la creación del nuevo ser de uno u otro sexo. Es hoy opinión aceptada que los primeros elementos sexuantes dependen de los espermatozoides portadores de ese factor germinal que es el cromosoma XX o XY del que dependen las primeras estructuras originadas por los genes.
Por ello algunos, desde las Ciencias Naturales, hablan de sexo genético. Pero, como primer paso de un largo proceso, su denominación más propia no es la de sexo sino la de factor genético de la sexuación general. La razón es que, aunque es muy importante, ni es absolutamente determinante ni es el único del proceso, puesto que hay otros.
La organización de los primeros grupos de células, por su parte, dan origen a la activación de otros factores de los que surgen los tejidos y se perfilan los órganos de todo el organismo.
En el trayecto de las primeras semanas de la vida embrionaria se suceden algunos procesos básicos y de un gran interés. Tal es el caso de la aparición de la progónada indiferenciada de la que se derivarán gónadas diferentes mediante la inducción hormonal y desde la cual, con independencia de los cromosomas —y de sus genes—, el futuro ser se encamina hacia una u otra dirección que llamamos, aunque de forma muy primaria, masculina o femenina.
Un descubrimiento curioso e importante: si esa inducción no se produce, la evolución será. Es lo que se ha formulado bajo la máxima “Eva precede a Adán”. Otros factores especialmente estudiados son los relativos a la sexuación o diferenciación sexual cerebral que tienen lugar, según los actuales datos, hacia el sexto-séptimo mes de la etapa embrionaria y cuyo resultado es un efecto de la impregnación de unas u otras hormonas.
Es igualmente importante destacar los estudios relativos a la asignación del nombre en el momento del nacimiento, así como su presentación en sociedad como de uno u otro sexo y el correspondiente inicio de nuevos factores en el conjunto de dicho proceso.
El estudio de estos y otros datos similares han llevado a profundizar cada vez más en la pregunta relativa a la construcción del sexo de los sujetos desde los primeros tramos de la vida de forma que lo que parecía una evidencia cuando el sexo era relacionado sólo con órganos o con los datos de la naturaleza se ha vuelto un objeto de interrogación cuando partimos de un concepto global e integral como es el sexo general.
El estudio de estos procesos y de sus distintos elementos en juego parece inagotable para explicar no sólo la diferenciación entre uno y otro sexo sino igualmente la variedad de cada uno de ellos en particular. A través de ellos se teje esa trama evolutiva de la sexuación biográfica de la cual estos datos no son sino algunos indicadores.
4. Intersexualidad vs dimorfismo
Intersexualidad es el concepto moderno situado como base en lugar del antiguo dimorfismo. Dimorfismo es un término de origen griego que significa dos formas. Y fue adoptado por la biología para denominar, por un lado, al macho y, por otro, a la hembra.
La Época Moderna ha pensado a los sujetos humanos como sujetos sexuados. Y ha situado el sexo general como clave para explicar su proceso biográfico situando a ambos sexos en interacción. De ahí su interés para la construcción de sus identidades en las que participan materiales de uno y otro sexo.
La intersexualidad es, pues, la noción que permite comprender cómo los distintos indicadores o factores van configurando el sexo general, siempre con la participación de los dos sexos. Todos tenemos elementos de ambos sexos, si bien el resultado del proceso siempre será de uno de forma preferente al otro.
Al comienzo de nuestra civilización occidental, cuando se ordenaron las bases de nuestro pensamiento, Platón preguntó a los amigos invitados a El Banquete:
— ¿Cuál es el origen de ese sentimiento que llamamos amor, cómo explicarlo?
Y Aristófanes, uno de los comensales, respondió de la siguiente forma:
— En el principio, antes de que fuéramos como somos, los humanos no teníamos las formas que tenemos ahora ni éramos como somos ahora. Aquéllos eran esféricos y redondos. Eran completos y autosuficientes. No tenían fisuras ni carencias. Cada uno se bastaba por sí mismo. No eran ni hombres ni mujeres sino ambos juntos. Eran andróginos.
Los comensales rieron. Aristófanes era conocido por su carácter cómico. En la vida real era un autor de comedias. Cuando las risas le permitieron hablar, Aristófanes siguió su relato.
— Por ser autosuficientes, eran altivos e insoportables. Y por eso fueron castigados. Un día Zeus, harto de ellos, mandó que los cortasen en dos, que los seccionasen. Y desde entonces los unos se vieron necesitados de los otros, buscando cada uno convivir con su otra mitad, justamente la otra mitad amputada.
Los comensales dejaron de reírse y vieron que Aristófanes, a pesar de su aire extravagante, había respondido a la pregunta con un fondo que les dejaba pensativos. Y el cómico concluyó:
— Desde entonces todos los seres humanos se buscan. Buscan la otra parte que les falta. Y por eso se atraen y cuando se encuentran se abrazan y se besan. Lo que hoy llamamos amor es la consecuencia de ese corte, de esa diferenciación.
(Platón, El Banquete, 188-192, versión libre)
II. La línea del continuo de los sexos
Conviene, pues, no perder de vista , más allá de estos aspectos, la línea central. Es la línea vertebradora de este proceso centrado en torno a uno u otro sexo. Algunas disciplinas han extendido nociones de sexo tales como el sexo biológico, el sexo psicológico, el sexo social, etc. y han adjetivado distintos sexos a partir de los factores estudiados.
Estas denominaciones han extendido, a su vez, otras, tales como el sexo genético, el sexo endocrino, el sexo de asignación, etc. para terminar hablando del sexo social que han denominado género. Con ello el concepto troncal y vertebrador del sexo de los sujetos se ha vuelto, en ocasiones, borroso y difuminado.
Los aspectos del sexo no deben distraernos de la linea troncal que es la sexuación de los sujetos. Lo central de nuestro objeto de estudio no debe perderse tras los debates de los aspectos como no deben confundirse las líneas generales con sus segmentos.
2. Es el sujeto el que se sexua
Desde la lógica y el marco del hecho sexual humano el concepto de sexo es el que se refiere a los sujetos y no a sus elementos o aspectos que, como tales aspectos no son sino factores de sexuación del sujeto en su conjunto que es el que interesa de forma principal.
El esquema que ha habituado a la reagrupación de estos aspectos como fundamentalmente biológicos, psicológicos o sociales, tal como se ha extendido, puede ser útil pero en Sexología se insiste más en el carácter biográfico de estos aspectos con vistas a no perder el hilo conductor y de esa forma primar al sujeto mismo por encima de dichos aspectos.
Es, insistimos, el sujeto, el protagonista de todos ellos. Y es su biografía la que mejor los aglutina y da cuenta de su unidad y coherencia dentro de su variedad. Importa explicar no sólo la diferenciación de uno y otro sexo sino las variedades en cada uno de los dos.
3. Casuística e incongruencias
Son bien conocidos de todos los casos de atletas femeninas con cromosomas masculinos y que, por ese hecho, han sido excluidas de las grandes competiciones. Ello ha llevado a plantear en repetidas ocasiones la extraña pregunta en torno a la definición de hombres y mujeres en ámbitos bien dispares pero con precisiones curiosas.
También son conocidos los casos, aunque minoritarios y por ello chocantes o sensacionalistas, de otras ambigüedades como las de los denominados transexuales y la consiguiente disputa en torno a tener que pasar por intervenciones quirúrgicas obligadas para acomodar su DNI a su condición sexuada que, a fin de cuentas, no es ni normal ni anormal sino la suya y a la que, por tanto, tienen derecho.
Si estos casos son raros, conviene no obstante no perder de vista que sirven para el mejor conocimiento del fenómeno mismo de la sexuación y de su complejidad. La simplificación crea problemas entre los que suelen considerarse las anomalías, precisamente por este exceso de simplificación.
A medida que avanza la minuciosidad en el análisis relativo a esos distintos elementos o aspectos y a su complejidad, surgen mayores matizaciones tanto en los sujetos como en los sistemas establecidos en torno a viejas nociones que no han sido renovadas.
En todo caso, la casuística de estas minorías —que, sumadas, no son tan minoritarias— exigen cada vez más clarificar este gran concepto de la sexuación para la configuración de los sujetos. Es sabido que, aunque sean minorías, no por ello dejan de ser sujetos humanos y, por ello, no uniformes sino testigos de ese valor que es la diversidad de la que todos participamos.
En el fondo de estas dificultades para comprender las diversidades no está tanto el fenómeno de la normalidad o anormalidad cuanto el peso de la identificación de sexo con reproducción y, en definitiva, con los órganos de la generación.
El paso de machos y hembras a hombres y mujeres ha sido lento y, por ello, los restos y vestigios de este antiguo modelo de referencia siguen aún pesando.
El concepto moderno de sexo ha dado un paso importante a partir de la ruptura con el antiguo modelo del locus genitalis pero es evidente que esa antigua sombra sigue latiendo y constituye un gran número de malentendidos.
El continuo de los sexos es una noción que explica mejor la construcción del sexo de cada cual con sus diversidades y sin tener que recurrir con tanta frecuencia a los criterios de lo normal y lo anormal, nociones ya superadas.
Ante estas y otras situaciones similares —y de un modo especial incitado por el debate de los sexos y su continuo masculino-femenino—, el primer gran sexólogo moderno, Havelock Ellis, uno de los sexólogos de la primera generación, estableció en 1894 un criterio que, con ligeros retoques, ha seguido y sigue en vigor.
Este criterio es el que se conoce bajo la denominación de los caracteres sexuales en sus tres niveles de exclusividad, preferencia y simultaneidad.
En esta distribución de rasgos por razón de sexo reside, en definitiva, el fenómeno de la compa(r)tibilidad entre ambos sexos en el continuo que forman. Y en dicho reparto las nociones de caracteres sexuales ayudan a comprender qué es de uno y qué es de otro —o qué forma a uno y qué a otro— constituyendo lo diferencial de ambos siempre en referencia mutua entre los dos.
Se llaman caracteres sexuales primarios a los propios y exclusivos de cada uno de los sexos y no del otro. Este rasgo de la exclusividad ha sido con frecuencia confundido con “lo biológico” para deducir, a partir de ese equívoco de denominación, otros rasgos tales como invariantes o funciones de la naturaleza, etc, y, a partir de ahí, consecuencias de carácter social o moral, tales como “lo normal”, “lo natural”.
Es importante aclarar este equívoco. El antiguo y enraizado criterio que consistió en clasificar por un lado lo biológico y, por otro, lo derivado de él, sirvió hasta la Época Moderna y todavía continúa bajo otras denominaciones, tales como en la actualidad cuando se habla de aspectos biológicos del sexo o aspectos psicológicos y culturales.
Si es cierto que esas denominaciones tienen su razón de ser, es importante no confundir ese llamado carácter biológico con lo exclusivo que no es necesariamente biológico o natural sino, como ya quedó indicado, biográfico. Ejemplos de estos caracteres sexuales primarios son los genitales, pero no sólo ellos. Es el caso de la autopercepción o sentimiento de pertenecer a un sexo y no al otro.
Los caracteres sexuales secundarios son los que, tras los exclusivos, resultan preferentes de uno de los sexos según el desarrollo de la propia biografía con todos sus elementos sexuantes. Estos pueden ser más de uno que de otro sexo, si bien pueden darse en ambos. De ahí su carácter de prioridad o preferencia de uno de los dos y sin ser exclusivos de ninguno.
Siguiendo el antiguo criterio, estos caracteres sexuales secundarios han sido llamados psicológicos y culturales por oposición a los denominados biológicos o adosados a ellos. Pero si se quiere comprender el fenómeno de los sexos de forma minuciosa, importa recordar una vez más el espejismo de los antiguos criterios centrados en la función reproductora y sus límites, así como la aportación de la nueva clasificación para explicar el proceso de la diferenciación de ambos.
Ejemplos de caracteres sexuales secundarios según esta clasificación son los distintos deseos y sus atractivos. Es el caso de los sujetos homosexuales cuyos deseos se orientan hacia sujetos de su mismo sexo.
Los caracteres sexuales terciarios, por su parte, son tan variables y compa(r)tibles por ambos sexos que pueden ser indistintamente simultáneos de uno o de otro según gustos, deseos o valores. Con unos y otros de estos tres niveles los sexos se mueven en su continuo.
De esta forma, la antigua referencia a lo natural y a lo no natural ha dejado su sitio a la nueva referencia de los sexos, tal como éstos se estructuran a lo largo de su biografía. Lo que se trata de comprender, pues, no es tanto lo que es o no natural sino la dinámica de esos tres rasgos de exclusividad, preferencia y simultaneidad que constituyen en definitiva los materiales integradores de las diferenciaciones de uno y otro sexo con vistas a sus relaciones.
Aunque ésta parezca una cuestión sólo teórica, sus repercusiones son prácticas cuando, bajo otros motivos, se hable, por ejemplo, de la igualdad o diferencia entre uno y otro sexo. Ambos son iguales por ser sujetos y ambos son diferentes por ser sexuados.
El interés de esta noción triple de los caracteres sexuales, así como de sus aportaciones reside en su planteamiento horizontal, es decir relativo a la sexuación de uno y otro de los dos sexos en su reciprocidad. Y no vertical de uno sobre el otro.
Sin duda estas nociones contrastan con otras procedentes de otros campos de conocimiento desde los cuales se ha mantenido un esquema recurrente entre naturaleza y cultura, menos atentos al hecho sexual —a su continuo— y más preocupados por debates relativos a ciertos aspectos del sexo en orden a explicar otras cuestiones.
El interés principal de los sujetos no es tanto la cuestión de qué es de la naturaleza y qué es de la cultura cuanto qué explica la diferenciación entre uno y otro sexo en el desarrollo de sus biografías, lo que ofrece claves para el entendimiento y la convivencia entre ellos.
Si, junto a la aportación de los caracteres sexuales, tenemos en cuenta las otras nociones ya aludidas del continuo de los sexos y de la intersexualidad, se entenderá que la sexuación o diferenciación sexual de los sujetos no sigue tanto líneas rectas o separadas entre ellos sino curvas interactivas entre los elementos de los dos sexos en las que los caracteres sexuales se comparten en grados y niveles.
El excesivo peso del protagonismo de los genes y el poco aprecio de los memes —por expresarlo con el lenguaje de algunos científicos— ha hecho que se diera más importancia al debate de la naturaleza y de la cultura que a las dimensiones biográficas de los mismos sujetos a la hora de explicar su diferenciación por razón de sexo.
La expresión extendida de “la parte femenina de los hombres y la masculina de las mujeres” es una manera de formular este hecho cada vez más confirmado y que necesita más estudio y dedicación para su desarrollo.
Otra noción importante en la misma dirección que la anterior —también ésta introducida por los sexólogos de la primera generación para no perder el hilo de la continuidad del sexo biográfico de los sujetos entre sus aspectos—, es la de historia sexual.
La biografía de todo sujeto humano está escalonada por una serie de etapas o fases. Existen, pues, muchas y muy diversas etapas a lo largo del ciclo vital en función de los aspectos que se consideren puesto que son muchos los elementos de este conjunto singular que es cada individuo o sujeto así como sus variaciones.
Uno de los criterios más conocidos es el de las edades cronológicas dentro de las cuales el sexo y su construcción ha solido pasar desapercibido, si bien no es cierto del todo puesto que se trata siempre de un sujeto masculino o femenino.
La poca consideración de esta perspectiva de la condición sexuada ha ocasionado que, con excesiva frecuencia, la atención se haya centrado en aspectos tales como la salud, el crecimiento general, la evolución del lenguaje, los conflictos psicológicos, etc.
La historia de los procesos de sexuación ha solido diluirse en estos otros aspectos, así como en el aún más global de la socialización. Y es este hilo conductor del que da cuenta la noción de historia sexual que nos ocupa, sin que los aspectos o anécdotas de muy diverso estilo nos hagan perder el argumento central que es situarse en el marco de los sexos.
En tercer lugar, en lo que se refiere a la sexuación, nuestra cultura ha seguido más bien una dirección implícita e informal, no necesariamente oculta, con esta cadena de elementos y procesos que configuran la historia sexual.
La consideración de estos trayectos como puntos de una línea permite ver la propia historia sexual en una cadena eslabonada de secuencias y no ya como una serie de fenómenos aislados.
La época moderna, especialmente desde el siglo XIX, ha conocido un gran auge de literatura que ha formado, de por sí, un género propio: el de las autobiografías y diarios. O, dicho de otra forma, el de los espacios de la privacidad e intimidad de los sujetos en los que éstos plasman dichas trayectorias.
Frente a ciertos casos, sólo esporádicos antes, el sujeto moderno ha estado cada vez más preocupado por hacer su historia y consignarla: conceptualizarla y contar con ella. En estos diarios y autobiografías es donde mejor puede encontrarse el hilo conductor de la historia sexuada.
Las biografías de estos sujetos son a veces usadas por los medios de comunicación para mostrar “casos raros”. Pero sería importante ver que, más que de casos raros, se trata de particularidades que resultan extrañas por la falta de un esquema general de comprensión y la vigencia aún del criterio de lo normal y lo anormal que convierte a muchos de estos casos, por definición, en anormales. Estudiados de otra forma, vemos que no es así.
El gran peso de una tradición que ha dado excesivo protagonismo a las funciones genitales más que a las dimensiones del sexo ha ocasionado que todo sea interpretado o visto desde aquéllas más que desde éstas.
Si la presencia física de los genitales y sus efectos ha sido grande, ésta ha sido aún más agrandada a través de las llamadas interpretaciones simbólicas desde ellos. Freud ha sido, en parte, el mayor responsable de esta estrategia interpretativa genital.
El vuelco moderno planteado por los sexólogos y que ha consistido en dar más interés al sexo que a los genitales, ha abierto un horizonte mediante el cual el descubrimiento del otro sexo con sus modos, matices y peculiaridades, ofrece mayor riqueza que el aportado por los genitales. Al fin y al cabo éstos no son sino unos elementos más, entre otros, del sexo.
Desde ahí la invitación a la exploración del sexo resulta una invitación a la hondura desde la superficie, a la complejidad desde lo simple. Es el camino emprendido por esta etapa infantil, caracterizada por la curiosidad y los interrogantes. En definitiva, por el afán de saber y descubrir. Alguien dijo que los niños son interrogantes abiertos.
La historia sexual perteneciente a la biografía de todo sujeto puede ser vista como una narración en la que cada cual es el protagonista y que se construye —se escribe— por etapas, fases o capítulos.
Por otra parte, en toda biografía pueden producirse riesgos de cortes bruscos o de alteraciones por diversos problemas. Aquí hemos preferido subrayar la historia sexual general más que detenernos en esos problemas.
Lo más importante en una historia biográfica es que ésta siga hacia adelante. Y en muchas ocasiones, la misma descripción de los problemas hace perder el hilo conductor propio de toda etapa en la historia misma de los sujetos en cuya narrativa la cópula no pasa de ser —como Havelock Ellis escribió— “only an incident”: solamente un incidente que conviene no mitificar sino, al contrario, relativizar y situar en su conjunto.
Con excesiva frecuencia se habla más de los problemas sexuales que del sexo. O se habla de éste tomándolo como sus problemas. Es preciso insistir: los árboles de los problemas impiden ver el bosque de la historia sexual hasta convertirla, en ocasiones, en una historia clínica. Es importante no clinicalizar la vida convirtiendo la biografía general en caso clínico.
Incluso los aspectos bajo los cuales estos problemas son considerados no dejan ver el hilo conductor y narrativo de los sujetos mismos: de su historia que, en ocasiones, se quiebra o se malogra o cambia para luego seguir, siempre seguir.
Por un lado el descubrimiento del sexo —del otro sexuado— contiene grandes dosis de curiosidad e intriga. La ley general de la atracción de los sexos lleva a los sujetos a la experimentación empírica y vivencial.
Éste es el sello propio que suele expresarse diciendo que cada cual es él y sólo él, distinto e irrepetible. Y de ahí que las relaciones de los sexos tengan todas ese carácter de unicidad y distinción que se dirían destinadas a descubrir el universo por primera vez.
Por otro lado, la dimensión razonable de esos mismos sujetos aporta las mínimas dosis de mesura y prudencia capaces de relacionar cosas con cosas, fenómenos con fenómenos, sentimientos con pensamientos, etc. Y esto permite a cada cual contrastar sus propios descubrimientos en el marco general de los otros. En definitiva, no creer que se descubre el Mediterráneo cuando éste ya está descubierto y sin embargo descubrir algo nuevo de él.
En el orden científico se suele llamar experimento de ensayo/error al que se hace sin marco y sin contar con los ya realizados y lo que estos han dado como resultado. Y se suele llamar experimentos organizados y razonables a los que tienen en cuenta estos.
Unos y otros suelen dar sus propios resultados. También sus propios riesgos. Entre ambos se trata de elegir. La experiencia sexual como descubrimiento y encuentro de los sexos invita al experimento y éste puede ser de ensayo/error o teniendo en cuenta variables razonables.