DE LA «CARABINA» AL FLIRT. Artículos de sexologia y sexualidad

La evolución del noviazgo en un siglo y medio

DE LA «CARABINA» AL FLIRT

DE LA «CARABINA» AL FLIRT

Hace más 100 años se permitía en Norteamérica el «bundling» o encamado. Los novios se acostaban juntos, pero tenían prohibidas las relaciones íntimas.

En Francia, el «maraichinage» autorizaba el beso en la boca, con intercambio lingual y sin necesidad de ocultarse de la gente.

Las costumbres de la juventud, en el noviazgo, considerado como compromiso para el matrimonio, han evolucionado aceleradamente en los últimos cien años. Hoy es casi impensable la actitud de nuestros abuelos, obligados a un trato de cortesía, siempre en presencia de algún familiar o vigilados por la «carabina». Pero Alonso Tejada descubre algunas facetas sorprendentes del antiguo noviazgo: los prometidos norteamericanos podían dormir juntos en la cama, y los franceses estaban autorizados a intercambiar apasionados besos.

La sociedad tradicional ha considerado la elección de cónyuge una cuestión demasiado seria para dejarla al arbitrio de la inexperta y caprichosa juventud. De ahí la institución del noviazgo, cuyas normas permiten a la familia y a la colectividad controlar o restringir el contacto personal entre las jóvenes parejas.

Este control ha variado a lo largo de la historia de acuerdo con el grado de tolerancia moral de cada época. El siglo XIX cubre la etapa del amor romántico y del puritanismo victoriano, puente entre la frívola exuberancia del XVIII y la revolución sexual del siglo XX.

En los países escandinavos, anglosajones y, sobre todo, en los ambientes rurales de Norteamérica, se practicó –aproximadamente hasta 1850- una curiosa forma de pelar la pava denominada bundling o encamado. Esta costumbre, procedente del siglo anterior, autorizaba a las jóvenes a recibir en su habitación y en su mismo lecho a un muchacho de su elección.

JUNTOS EN LA CAMA, PERO VIGILADOS

La invitación se hacía a veces colocando una vela encendida en la ventana del dormitorio de la muchacha. El pretendiente entraba en la habitación y, tras conversar durante un tiempo sentado o de pie, se acostaba en la cama junto a la joven y pasaba la noche con ella en amable coloquio. Por supuesto, la puerta del dormitorio permanecía abierta y la pareja recibía con mayor o menor frecuencia la inoportuna visita de sus padres o de sus amigos. Durante estas veladas, las relaciones íntimas estaban severísimamente prohibidas y sólo se toleraban inocentes y castas caricias. Si el invitado infringía este severo código, era condenado por la comunidad a ser apaleado o a sufrir el ostracismo general. De todos modos, cuando se preveía algún peligro, se instalaba en medio de la cama una tabla o almohadón a guisa de muro separatorio. Y en los casos más extremos, las madres ataban los tobillos de sus hijas o las encorsetaban en una prenda bien cosida y sin aberturas. La intensidad de la vigilancia dependía del grado de impaciencia de los padres por casar a sus hijas.

Este singular sistema de cortejo permitía a las jóvenes conocer y tratar de cerca a sus futuros consortes, sin necesidad de previa promesa formal de matrimonio. Así podía ocurrir que una muchacha tuviera ocasión de encamar con treinta o cuarenta chicos antes de decidirse a casarse con alguno de ellos.

EL BESO INTENSO, PERMITIDO

También, durante el siglo XIX se generalizó en algunas regiones del oeste de Francia la costumbre conocida con el nombre de maraichinage. Consistía en autorizar a los jóvenes novios a besarse pública y largamente en la boca, incluso con intercambio lingual, sin necesidad de ocultarse como no fuera tras una oportuna sombrilla. No cabe duda de que tal práctica facilitaba a la pareja el conocimiento de su respectiva sensibilidad erótica.

Ninguno de estos usos amatorios entre novios logró difusión en nuestra sociedad, donde la estricta moralidad imperante consideraba falta grave cualquier contacto físico erótico entre personas de distinto sexo. En los ambientes más tradicionalistas y clericalizados, hasta hace bien pocos años, se condenaba –sin demasiado éxito- como una grave inmoralidad el baile agarrado (vals, polka, mazurka, cotillón), única ocasión en que los jóvenes podían intentar un acercamiento físico.

LAS BODAS POR INTERES

En las familias pertenecientes a la burguesía y a la aristocracia, eran los padres quienes arreglaban la boda de sus hijos. Durante los pocos meses que duraba el noviazgo, apnas si cruzaban los novios algunas palabras de cortesía delante de sus progenitores. Y aquellos jóvenes afortunados que podían conversar sin apremios, se veían obligados a hacerlo guardando las distancias, a través de la típica reja o en presencia de algún familiar, pues se tenía por imprudente y deshonesto que permanecieran solos, solo cum sola, como decían los moralistas.

Así nació la célebre institución de la «carabina». Se daba tal nombre a la persona que acompañaba a todas partes a una joven para que no estuviese a solas con su novio. Este uso, aunque originariamente practicado sólo en España y en Italia, se difundió por toda Europa y América con la oleada de romanticismo, mojigatería y puritanismo que culminó en la segunda mitad del siglo en la llamada moral victoriana.

La «carabina» acompañaba a su protegida en los paseos, bailes, reuniones, conciertos y, sobre todo, en el teatro. Su misión no se limitaba a vigilar, sino que observaba a los presuntos cortejadores, adivinaba sus intenciones, averiguaba sus medios de vida y, si procedía, preparaba adecuadamente el terreno y la escena para arrancar al pretendiente una proposición matrimonial.

«CARABINAS» COMPRENSIVAS

No siempre fueron las «carabinas» vigilantes tiránicas o estúpidamente cándidas. Eran mujeres sensatas y experimentadas que, a su modo, sabían dar buenos consejos y resolvían delicadas situaciones. Y muchas veces colaboraban espontáneamente con los jóvenes enamorados. Por lo demás, la moda de la época consideraba una vulgaridad de mal gusto demostrar públicamente el cariño de forma demasiado franca o efusiva.

A partir de 1880, en los países de la Europa occidental –España excluida- en los que la revolución industrial había dado origen a una nueva sociedad, la marea de mojigatería e hipocresía sexual empezó a descender. Las «carabinas» se batieron en retirada. Las jóvenes comenzaron a trabajar en las oficinas, a practicar el deporte, a viajar solas –hasta en bicicleta-, y a salir con chicos sin vigilancia y a pasar largas horas con sus novios en la oscuridad del portal o del jardín de su casa.

Con ello, las tácticas amatorias hasta entonces en uso en el noviazgo sufrieron una radical transformación. El tradicional cortejo se convirtió en el moderno flirt, que permite, sin escándalo, todo tipo de aproximaciones y caricias y que cabe ser considerado ya como la antesala de las hodiernas relaciones prematrimoniales.

Luis Alonso Tejada (Historiador)

Convivencia 1978

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