“NOSOTROS NO FUIMOS ABUSADOS”.Un análisis de las relaciones sexuales consentidas entre muchachos y hombres.

David L. Riegel

 

Capítulo 1: absolutismo y demagogia

El absolutismo y la demagogia han atormentado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. El etnocentrismo, la religión y otras muchas supersticiones se han servido de la ignorancia, el miedo y el odio xenófobo para crear falsedades dogmáticas e interesadas, junto a un discurso demagógico que ha codificado estas mentiras en leyes draconianas y represivas. A lo largo de la historia, y alrededor de todo el mundo, casi todas las minorías ―y algunas mayorías― se han visto en alguna ocasión criminalizadas, si no demonizadas, por estas legislaciones y sus embustes. Han existido leyes de los romanos contra los no romanos, de los católicos contra los que no lo eran, de los cristianos contra los “infieles” musulmanes, de los musulmanes contra los “infieles” cristianos, de los nazis contra los judíos, de la civilización occidental contra los negros, asiáticos, homosexuales, etc. Pero todos estos fenómenos tienen entre sí algo en común: el hecho de que los progresos de la Ilustración han ido desvelando, de una u otra forma, el fraude, haciendo que la mayoría de esas leyes acabaran siendo justamente desechadas en el cubo de la basura de la historia.

Durante las últimas cuatro décadas el supuesto daño intrínseco atribuido a cualquier manifestación de la sexualidad infantil con personas adultas ha sido el blanco de este demagógico absolutismo. Pero consideremos las palabras del mundialmente renombrado Dr. Karl Menninger, uno de los fundadores de la clínica que lleva el nombre de su familia:

El horror con que algunos padres descubren el interés de sus hijos por las más diversas formas de juego y experimentación sexual es un reflejo de la ambivalencia de las actitudes adultas hacia la sexualidad, especialmente hacia la sexualidad de los propios hijos… La suposición es por supuesto que los niños se ven irreparablemente arruinados por estas experiencias. Hago notar que, a la fría luz de las investigaciones científicas, estos devastadores efectos no se dan habitualmente. Dos psiquiatras recientemente llevaron a cabo un cuidadoso estudio longitudinal de estos casos concluyendo que los niños expuestos a experiencias sexuales prematuras con adultos, frecuentemente resulta que son niños “distinguidos e inusualmente poseedores de una personalidad manifiestamente encantadora y atractiva” (Bender y Blau, 1937). Las conclusiones a extraer de estas observaciones … simplemente corroboran nuestro argumento de que la sexualidad no es esa cosa malvada y horrible que generalmente se piensa … Cuando la experiencia realmente estimula al niño eróticamente, parece ser que, según las observaciones de los autores arriba citados, ello puede favorecer más que inhibir el desarrollo de las capacidades sociales y de la salud mental de las denominadas víctimas. (Menninger, 1942, pp. 283- 384).

Señalaré que, desde mi punto de vista, los contactos sexuales de los niños varones con niñas o con mujeres adultas son de una naturaleza completamente diferente y a mi entender exigen otro tipo de análisis. Además entiendo que los encuentros sexuales de niñas con sus iguales o con personas más mayores probablemente generan distintas reacciones y deben ser consideradas igualmente desde otra perspectiva. Por todo ello es preciso destacar que todos mis análisis estarán exclusivamente limitados a las relaciones sexualmente expresadas entre muchachos y hombres, interesándome de forma especial, y desde una postura claramente crítica, por las absolutistas afirmaciones de que éstas experiencias causan “un daño que es generalizado …, que probablemente será intenso y que la experiencia de niños y niñas es equiparable.” (Rind, Tromovitch y Bauserman, 1998, p. 22). Además de la refutación de estas premisas que hacen Rind y sus colegas en ese trabajo, contamos, estudio tras estudio, década tras década, hasta llegar al menos hasta el estudio de Bender y Blau (1937) citado por Menninger y continuando hasta el presente, con innumerables trabajos y datos que han demostrado la debilidad empírica en que se basa esta hipótesis del “daño” y que, por el contrario, apuntan a la existencia demostrada de efectos benignos e incluso positivos en algunas de estas relaciones. Uno debe tener bien presente que la mayor parte de las investigaciones que refuerzan esas discutibles afirmaciones han sido desarrolladas en el contexto de una cultura misopédica que demoniza estas relaciones y que se esfuerza por lavar el cerebro de muchachos y adultos, para acabar aceptando que la mentira del daño intrínseco es, de hecho, una verdad instituida.

Una de las bondades de la ciencia auténtica es su naturaleza autocorrectora. En el ámbito de las ciencias físicas más objetivas, los experimentos y las afirmaciones deben estar basadas en datos empíricos, mientras que su replicación debe ser posible y verificable por otros investigadores. Si esta replicación no es posible, una afirmación, como la de la fusión fría planteada por Pons y Fleischmann en 1989, será inmediatamente desaprobada por la corriente científica predominante en su respectivo ámbito; aunque, como sucede con la fusión fría, pueda ser defendida por una minoría marginal. Sin embargo, en el más subjetivo ámbito de las ciencias sociales, la recolección de los datos en toda investigación está inevitablemente sujeta a un amplio número de variables que incluyen la forma en que las preguntas son planteadas y el tipo de muestras de población utilizadas en el estudio. Esto implica que el proceso de replicación y verificación se convierte en algo mucho más difícil que en el caso, por ejemplo, de la repetición de un proceso químico consistente en añadir A a B y medir el cambio resultante en el ph. Por ello, a diferencia de lo que sucede en las ciencias físicas, las investigaciones en las ciencias sociales pueden verse seriamente comprometidas por las intenciones, los prejuicios y la metodología seguidas por el investigador. Así, una tarea central de la comunidad científica en estas disciplinas consiste en el análisis adecuado y pormenorizado de diversos aspectos como puedan ser la adecuación de los métodos empleados en una determinada investigación, la validez de la muestra empleada para extraer datos representativos, no viciados y útiles, o la clarificación de si los análisis y las conclusiones son lógicos y aplicables a los temas investigados.

Después de que el chivo expiatorio de la homosexualidad masculina fuera exculpado por la Asociación Americana de Psiquiatría y por la Asociación Americana de Psicología, un subsector de la comunidad “gay” que por intereses políticos fue muy pronto reducido al silencio por parte de los recientemente engrandecidos activistas del movimiento gay se convirtió en el nuevo chivo expiatorio en una bien dirigida vendetta que comenzó a emerger a finales de los años setenta. La “victimología”, y más específicamente la victimología sexual según es aplicada a los muchachos, se desarrolló en esos años no a partir de la ciencia social, sino de la ideología de unos pocos oportunistas. David Finkelhor (1979, 1981, 1984, etc.) fue uno de los creadores y principal arquitecto de este paradigma victimológico, así como un destacado progenitor de la lucrativa “industria del abuso sexual” que emergió para beneficiarse del tratamiento de estas “víctimas” (Dineen, 2000). Utilizando datos estadísticos que según algunos adolecen de una casi fatal parcialidad, Finkelhor estableció el principio absolutista de que los encuentros sexuales entre muchachos y hombres, consentidos o no, son invariable y universalmente nocivos. En otras palabras, si un muchacho vive uno de estos encuentros, se verá indiscutiblemente dañado y el único interrogante legítimo a plantear es al parecer ver en qué grado lo será.

La expansión de la victimología y su aceptación a pesar de su falta de validez y base científica por la comunidad académica y profesional, así como por el público, es difícil de entender excepto si tenemos en cuenta su demagógico recurso a la ya mencionada tríada de la ignorancia, el miedo y el odio. Consideremos un momento la valoración que hizo el Doctor John Money de esta disciplina:

La nueva especialidad de la victimología es una ciencia sólo en un sentido etimológico del término. En la práctica es un brazo de la sexosofia de la industria judicial y punitiva, no de la sexología, la ciencia del sexo y de la investigación sexual. Los victimólogos son de hecho la nueva policía científico- social. Hasta su aparición, los científicos sociales nunca habían contado con el prestigio de tener tanto poder sobre la vida de las personas. (Money, 1988, p.9)

Las relaciones sexuales consentidas entre muchachos y hombres adultos han existido sin duda desde el amanecer de nuestra historia, habitualmente sin demasiados obstáculos y con escasas objeciones si no se hacían demasiado llamativas. Pero aparentemente la sociedad parece tener una fuerte necesidad de contar con algún “chivo expiatorio” y, dado que la homosexualidad adulta ha dejado de ser un objetivo legitimo para la persecución, la sexualidad de los muchachos, y más específicamente los encuentros sexuales con hombres adultos, ha sido crecientemente demonizada en una opresión maliciosa que, desafortunadamente, continúa vigente en la actualidad.

Ya he señalado que las relaciones con un componente sexual entre muchachos y hombres que son objeto de este estudio, son siempre relaciones “consentidas” y, lógicamente, es preciso destacar que el consentimiento de los muchachos para las relaciones sexuales es, en el mejor de los casos, una cuestión controvertida. Aunque será discutido con detalle en un capítulo posterior, en este libro el término general “consentidas” incluirá tanto aquellos casos donde hay un simple acuerdo sobre las actividades como aquellas donde uno ofrece y el otro acepta. Nuestra cultura occidental, profundamente represiva en materia de sexualidad, enseña a los muchachos desde la infancia que no pueden ni deben, en ningún caso y bajo ningún concepto, iniciar, acordar o consentir en algún juego sexual exploratorio con un hombre adulto. Esto va en realidad en contra de la intuición de los propios muchachos, básicamente curiosos sobre sus genitales y sobre las sensaciones que están descubriendo y que desean conocer mejor. Un hombre de más edad y con más experiencia es la persona más lógica a la que preguntar y de la que aprender. Esto hace pues que los muchachos entren en conflicto desde una edad muy temprana; aquellos que no sean propensos a cuestionar y a ser independientes, aceptarán estas admoniciones y prohibiciones como válidas, y por lo tanto acabarán rechazando toda oportunidad de explorar su sexualidad. En cualquier caso, los muchachos más brillantes e inquietos serán capaces de ir más allá de estas evidentes mentiras, ignorándolas y sorteándolas de una u otra forma, y entonces se producirá, de un modo u otro, un mutuo acuerdo con aquellos que ellos elijan.

Pero no todos los encuentros sexuales entre muchachos y hombres son consentidos. Del mismo modo que hay hombres heterosexuales que fuerzan a mujeres que no lo desean, hay hombres pedosexuales que, ya sea por represión, frustración o psicopatología, intentan seducir o bien obligar a los muchachos a aceptar sus intrusiones sexuales que pueden ir desde el tocamiento a la violación. Mientras que estos asaltos, claramente despreciables, son en realidad bastante raros, ellos dan forma a los titulares y son retratados por los medios como la “norma” de todos los hombres que se sienten sexualmente atraídos por muchachos. Tal y como veremos en próximos capítulos, estos es simplemente una mentira más.

John Mattick (2004), escribiendo sobre la investigación en genética, señala que “Las presuposiciones pueden ser peligrosas, especialmente en ciencia. Habitualmente empiezan como la más plausible y confortable interpretación de los hechos disponibles. Pero… las presuposiciones a menudo se convierten en artículos de fe y las nuevas observaciones son forzadas para adaptarse a ellas. Eventualmente, si el volumen de información problemática llega a ser insostenible, la ortodoxia puede colapsar.” (p. 61).

La “problemática información” que presento en este libro se suma al ya considerable volumen de datos disponibles en la literatura, haciendo que, ciertamente, la precaria ortodoxia de la victimología tenga que colapsar en un momento u otro. Con el objetivo de reemplazar este depravado dogmatismo con una imagen más realista y certera de los efectos de las relaciones consentidas entre muchachos y hombres, así como de cara a restaurar la integridad y la credibilidad de las ciencias sociales en este ámbito, los investigadores deben emprender nuevas investigaciones, sólidas y no sesgadas, que incluyan a un amplio número de personas que realmente hayan vivido este tipo de experiencias. Dos de estas investigaciones serán presentadas en sendos capítulos de este libro.

 

Índice

Capítulo 1: Absolutismo y demagogia – 5 –

Capítulo 2. “Aquí debe haber dragones” – 13 –

Capítulo 3: El enmarañado enigma del consentimiento – 21 –

Capítulo 4: ¡Nosotros no fuimos abusados! – 33 –

Capítulo 5: ¡Nosotros NO somos abusadores! – 51 –

Capítulo 6: Locura mediática, mitología y pánico paidófilo – 69 –

Capítulo 7. La sombra de Platón. – 81 –

Capítulo 8: Rectificando nuestros errores – 89 –

Referencias bibliográficas – 97 –

Epílogo del autor – 103 –

 

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