Aire fresco

Aire fresco

La clase ha tocado sobre el amor y el sexo en Grecia y Roma. Algunos términos nos han llegado hasta hoy, aunque en el camino hayan sucedido muchas alteraciones. Su legado es un estimulante. Los griegos se habían planteado toda clase de análisis sobre esto que hoy llamamos amor y sexo.

Platón había expuesto en El banquete un discurso muy curioso para explicar cómo los seres humanos -todos- son sexuados y cómo esto tiene muchas variantes. Partiendo de esta premisa, Eros -decían- es el dios del deseo. Lo que hoy llamamos amor era Eros, ese deseo que por esto a veces es también llamado el deseo erótico.

Partiendo de que los seres humanos son sexuados -decían- estos sienten ese deseo  por alguien. Puede ser del otro sexo o del mismo, pero es claro que ese deseo es sexuado. Y en esto está la intriga. Eros era para ellos era el resultado de ser sexuados.

No separaban -como ahora- el sexo por un lado y el amor por otro. Para ellos era lógico que los mortales eran sexuados y que Eros era la forma de hacerse bien amándose que era también la forma de vencer las limitaciones y de un modo especial su finitud, su límite, incluida la muerte.

Amarse era una forma de burlarse de la muerte, de sentir instantes o momentos deliciosos que llamaban inmortales. Daban un gran valor al amor y en ningún momento se les ocurrió oponerlo al sexo o considerar a éste sucio o indecente.

Tal vez por eso eran aventureros y arriesgados. Disponemos hoy de catálogos de todo lo que ha ido tomando nombres sucios o vergonzantes. Se puede decir que para ellos era una experimentación, algo a lo que les llevaba la curiosidad, la búsqueda de explicación.

Es bien sabido que ellos se plantearon preguntas sobre todo. El hecho de ser sexuados fue un foco más de esa curiosidad. Gracias a ello han sido los más variados en mucho de eso que, con el tiempo, otros iban a llamar desviaciones o perversiones. Y a condenarlas con ensañamiento. Si hoy levantaran la cabeza…

Conectar con estas raíces de nuestra cultura es una brisa de aire fresco. No eran ingenuos, sino curiosos. Se diría que no podían dejar nada sin explorar. Mirarlos ahora en la distancia es, a su vez, una fuente de curiosidad.

Lo más curioso es que de todo ello han dejado documentos: unos como pinturas o dibujos, otros como discursos en libros o tratados, cantos, versos. O relatos de todo lo que se planteaban. Es una grata sensación sumergirse en su mundo, en su cultura, en su pensamiento.

Todavía más curioso es que éstas son nuestras raíces. Y que a veces las olvidamos. No son raíces para estar precisamente descontentos. Además, su aire resulta refrescante. Un placer.

[E. Amezúa].

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