LA IDEA DE SER SEXUADOS

sexuados

(Aclaraciones, concesiones y consensos )

Hay un fraude sobre el sexo y los genitales que consiste en un cambio de términos para llamar sexo al genital. He dicho la palabra fraude que es, lo asumo, muy fuerte. Pero los intereses han sido muy grandes. Y las consecuencias también.

Eso de los términos no es aquí nada banal porque con ellos van los conceptos y un gran número de nociones que se asocian o se incluyen en el pack de esa operación.

El origen

Hay dos ideas que recorren nuestra historia y nuestra cultura que guían esta cuestión. En el origen está la idea de genital y de sus usos que hemos situado en el gran físico o proto-médico Hipócrates y que se divulga en los escritos hipocráticos sobre la generación o reproducción de nuevos seres.

Es esta la idea que va a ser seguida, con muchas variantes, por la tradición médica hasta nuestros días.

La otra empieza a circular unos pocos años más tarde —todavía en vida de Hipócrates— que es la idea de ser sexuados, tal como se explica en el relato del tercer invitado a El banquete, escrito en el año 385 a.C.

Detalles del embrollo

Si tomamos estas dos ideas en sí mismas. Lo que podemos tener bastante claro es que se trata de dos ideas distintas. Una trata del genital y otra trata del sexo.

Pero esta claridad empieza a empañarse cuando se empieza a mezclar las dos ideas o tomar una por otra. O a usar una en el lugar que correspondo a otra. La idea del locus genitalis o perigenitalis se ha impuesto de forma totalizante sobre la idea de ser sexuados.

El poder

La idea de ser sexuados explica las fragilidades de los seres humanos y la búsqueda del otro. El otro más otro de todos los otros es el otro sexuado.

Y ésa no es una idea de poder o dominio. La idea apunta directa e indirectamente a las atracciones y deseos.

Decir atracciones y deseos es ir directamente a la materia prima del amor. Antes que a motivos o razones de orden bio-psico-social, la idea de deseos y atracciones muestra un recorrido de necesidad del otro, de apertura al otro como un horizonte de liberación.

La metáfora de ser cortados

Sexus viene del griego temno, un verbo que empezó por ser una metáfora didáctica para ser sencillo lo que parecía muy complejo. Los latinos dejaron en el camino algunos rasgos. Por ejemplo, convirtieron el verbo en sustantivo.

Lo hicieron estático y categorial. Como verbo —ser sexuados, hacerse sexuados— era más una cuestión de biografía que de biología. En los últimos tiempos este rasgo se ha introducido más y más. Y al mismo tiempo se ha fusionado el Sexus con el locus genitalis.

Se ha perdido el sentido hondo y potente de ser o de hacerse sexuados como un proceso de descubrimiento de cada cual con otro. Somos con otros. Y sobre todo con un otro privilegiado.

Poco a poco

A lo largo de la historia el embrollo ha ido aumentando y se ha ido complicando. Toda ciencia o disciplina —lo sabemos— empieza con metáforas. La sexología también. O lo que puede llamarse sexología, antes de que en el siglo veinte la asignatura fijara sus perfiles.

Tras la primera generación de investigaciones, hablamos de sexología como la disciplina que estudia el sexo: el hecho de ser sexuados, la idea troncal del que da cuenta la idea de los sexos en un continuo —que no una dicotomía— de los dos grandes modos: mujeres y hombres.

Hoy afirmamos que todos —todos los seres humanos— son sexuados. Da igual que se les pongan en listas, tales como gays o lesbianas, bi o trans, etc. La idea que explica esa variedad es que todos son sexuados.

El indicativo de la “y”

Decir que esta idea de ser sexuados es troncal indica juntamente que el tronco produce ramas. Y ramas frondosas. Pero ante todo, produce una gran variedad incluida en ser de uno y otro sexo.

Se ha olvidado la “y” que significa unión. Se ha usado mucho —demasiado— la “o” que significa “de dos cosas una y no la otra”. La generación del uso de la “o”, aparte de ser la conjunción por excelencia de  la exclusión, no corresponde con la idea de continuo de los sexos.

Se pueden hacer listas por razón de opresión o de exclusión o de minorías, como se han hecho listas en razón de la patología tal como ha sucedido con el DSM.  Hay algo más sencillo que la troncalidad de la “y” que reúne a todos por ser sexuados en el continuo de los sexos.

Complicidades y deseos

Hay nociones y conceptos que están ahí y que dicen más, mucho más, que las luchas o confrontaciones por el poder o los protagonismos. Léase por hacer presentes o visibles.

Pero la idea más fuerte de ser sexuados es la invitación al desarme. No se pueden crear complicidades en las relaciones desde la idea de poder. Al contrario, las complicidades —como las seducciones— son materia prima de los deseos que ofrece  el hecho de ser sexuados.

Las confrontaciones no pueden usar impunemente el hecho de ser sexuados para atacarse o defenderse. De nuevo la “o”. Su invitación desde la “y” es al acercamiento y comprensión.

¿Otra vez, el poder?

Si entre seres sexuados se opta por el poder como sitio de sus relaciones, se está excluyendo su materia prima. Será otra clase de relación. Se tendrá derecho a ella. Se usarán ataques y defensas… Pero es optar por una forma de relación política, comercial o de otro orden.

Estoy queriendo decir que dejar de lado el hecho de ser sexuados es dejar de lado un significado troncal entre hombres y mujeres y entre todas las variedades de estos dos grandes modos de ser y de vivir. Tal vez sea más exacto  decir con-vivir.

Con-vivir, más que enfrentarse, es uno de los logros de la condición humana que no se ha tomado en serio. Y eso no puede hacerse si no es desde el desarme.

Hondamente, ¿por qué todos desean —desean, digo— no sólo el desarme, sino las atracciones, la seducción y, con esto, las complicidades que son capaces de crear?  Se tiende hoy a decir sexo y a decir locus genitalis. Y también a decir sexo y pensar en dominio o poder.

La metáfora y la idea de sexo —su concepto— no va con el poder. Va con el desarme y la fragilidad. Esta es la idea más sorprendente del sexo, del hecho de ser sexuados. O si se prefiere, del continuo de los sexos.

Efigenio Amezúa

(Asturias , 2018)

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