De la seducción o el placer de erotizar

Por Rosa Abenoza Guardiola

La seducción, esa acción y efecto de engañar con arte y maña, representa el poder de trastocar el orden establecido. La esencia de su idea consiste en lograr que alguien desee aquello que no quiere. Su poder: la fascinación y el miedo que produce su tradicional vinculación al mal.

La seducción que es un ejercicio de ingenio, un artificio intelectual consistente en modificar la apariencia de las cosas, fue la estrategia del diablo para la religión y por extensión para toda la cultural occidental. Integrada en nuestra imaginería como artimañas diabólicas, la seducción ha sido siempre la estrategia del enemigo y además pecado.

Tres son los enemigos del hombre: el mundo, el demonio y la carne. Así rezaba uno de los preceptos básicos de los padres de la Iglesia. Desde la oscura Edad Media hasta la Ilustración, la seducción fue objeto continuo de preocupación y razonamiento. Desde la provocación desenfadada del Don Juan en plena Inquisición española, hasta el refinamiento intelectual de la aristocracia francesa, los artificios seductores siempre han sido tan perversos como burladores.

El fin de la seducción es el poder, filigrana del deseo, que hace creer al otro que es el sujeto del deseo; sujeto deseante cautivo de su objeto. Convertirse activamente en objeto del deseo del Otro, atrapar el ánimo deseante, es el fin perseguido por la subjetividad de quien seduce. El deseo seductor es deseo del deseo del Otro.

Y ahí el engaño y la perversión. Satisfecho el deseo de deseo, el seducido deseo deja de ser importante. Pero si tan malvada y frustrante es la seducción… ¿En qué radica su encanto, su irresistible fascinación?

La seducción, esa acción de engañar con arte, también es el arte de cautivar, de atraer y ganar el ánimo, la atención, la voluntad ajenas.

Quien más y quien menos ha soñado seducir y ser seducido/a. Sueños de seductor. Sueños de seductora. Tras estos anhelos, el encanto seductor siempre es la atracción sexual.

La atracción sexual, ese atraerse los sexos entre sí, estructura el deseo de quien seduce y quiere seducir. La seducción, estrategia de las apariencias para Baudrillard, configura entre bastidores escenarios del deseo erótico, ese deseo, que consiste en el deseo de desear el deseo del otro y el deseo de ser deseo del otro.

La atracción sexual es natural, sin embargo la seducción no. La seducción es ritual, necesita de la ceremonia, del cortejo, de la estrategia para realizar la conquista que de otra forma no podría alcanzar. Incluso en el reino animal y en sociedades humanas primitivas las estrategias de seducción necesitan de un ritual. Frecuentemente sucede que un individuo, hombre o mujer, produce en otro individuo una atracción magnética de forma natural y espontánea. Capta, cautiva nuestra atención fascinándonos. A veces esta atracción que podríamos llamar animal, es reciproca. Flechazo, lo llamamos. Pero incluso en estos casos en los que Eros se manifiesta de una forma básica, quedando químicamente impresionados por el atractivo natural de otra persona, va a ser necesario un ritual que permita un acercamiento gradual, un escenario en el que poder intercambiar signos y señales que orienten sobre la naturaleza del encuentro. Signos y señales que habrán de manejarse en una dialéctica de deseos.

Es decir, de apariencias evocadoras que creen un artificio de conocimiento, aceptación o rechazo.

Las estrategias de seducción requieren de este modo la participación de la conciencia, la inteligencia y la voluntad. Esta toma de conciencia, produce un auténtico “estado de deseo”, que es ya “deseo de deseo”, capaz de poner en juego los signos y señales necesarios para captar la atención, capaz de percibir los señuelos del ajeno deseo hasta conseguir su desear.

Este descubrir los señuelos del otro – gavilán o paloma- permite con conocimiento de causa, crear las apariencias escénicas necesarias para rendirlo.

En la actualidad, inmersos como estamos en una sociedad científica, solidaria con la ley, la seducción y sus estrategias son grandes desconocidas. Recluida en la oscuridad del mito, la seducción forma parte del oscuro universo de la sexualidad y sus peligros.

Vemos anuncios publicitarios dónde un fuerte poder de atracción embarga a una mujer que se fija en un hombre. De pronto este desaparece y la mujer dice: es un diablo.

En el juego de las apariencias, el misterio continúa. El seductor lo sabe, la seductora también. No hablo de mujeres afectas de neurosis histéricas, no hablo de hombres narcisistas que también, hablo de los sujetos hombres y mujeres que llegan a descubrirse como tales y que por solución de continuidad descubren a los otros, a los demás.

Seducir consiste en jugar con la apariencia, con el misterio, en incitar para excitar la curiosidad del otro con uno erotizando su deseo. Los bueno seductores, ellos y ellas, juegan con los señuelos del deseo ajeno, apareciendo como lo que el otro quiere ver, como aquello que atrae al otro. Normalmente el deseo erótico, lejano ya del Eros primordial que representaba la fuerza de atracción de los elementos primordiales, es representado como un diosecillo diminuto que con la forma de un niño alado, con una venda en los ojos, que dispara dardos que enamoran.

Las estrategias de seducción son como los dardos que enamoran, fascinando al otro con certera habilidad. Producen gran placer a quien los dispara y a veces gran dolor a quien los recibe. Si el arquero falla, se siente frustrado. Pero cuando hace diana se siente pletórico y poderoso. Satisfecho de su capacidad de seducción.

La seducción requiere tiempo, y requiere espera. Quien seduce está al acecho y observa, conoce a su oponente. Poco a poco va mostrando los señuelos que cautivan al otro cual ave de presa. En esto reside el encanto de la seducción, en la fascinación que produce el placer de erotizar al otro hasta quedar preso de su propio deseo.

 

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