John Money, Ph. D. (8 de julio, 1921- 7 de Julio, 2006): Una necrológica personal

Richard Green

Esta es la tercera necrológica que he escrito por un padre. La primera fue por Leo H. Green. Para ser más preciso, fue un panegírico el día de su entierro. La segunda fue por Robert J. Stoller (Green, 1992). Esta es por John Money. Estos tres hombres han marcado el curso de mi vida.

John murió como decano de la sexología norteamericana. Cuando nos conocimos todavía no se había ganado el título. Yo era un incipiente estudiante de medicina en la Universidad Johns Hopkins en 1957. El verano anterior fui actor en un teatro de verano, donde casi todos los varones eran homosexuales, incluido un compañero (antaño armarizado) de la asociación de estudiantes de mi universidad con quien había salido junto a nuestras parejas, y un actor local y escritor que estaba casado y tenía dos hijos. Hasta entonces no había conocido a ningún homosexual a sabiendas.

La primera asignatura de la carrera de Medicina, Anatomía macroscópica, consistente en diseccionar un cadáver, fue la experiencia académica más aburrida de mi vida. El cadáver se llevó la mejor parte. Lo único bueno fue la oportunidad de escribir un artículo de investigación. Hice el mío sobre hermafroditismo, al ser los genitales la característica anatómica más interesante.

Hopkins tenía un programa de investigación para estudiantes, con becas de verano en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) y una parte de investigación durante el año académico. Antes de hacer Medicina, empecé Psicología en la Universidad de Siracusa. Fui a ver al psiquiatra John Hampson, que era el encargado del programa de estudiantes. Me preguntó acerca de mis intereses y le dije que había escrito un artículo sobre hermafroditismo. Pidió a su secretaria que llamase por teléfono a un miembro de la facultad en el despacho de al lado para que me arreglara una cita con Money. John Money y John Hampson, recientes coautores de artículos seminales sobre la identidad sexual en hermafroditas, ya no se hablaban.

Le dije al doctor Money que estaba intrigado por la homosexualidad que había visto en el teatro de verano y quería investigarlo. Mencioné mi artículo sobre el hermafroditismo. Me dijo que durante un estudio que había terminado recientemente le remitieron a un chico como anatómicamente hermafrodita porque su comportamiento era muy femenino. El chico resultó ser anatómicamente normal. El doctor Money se refirió a él como un hermafrodita psíquico.

Money, que era profesor ayudante, pidió cita a la familia y me permitió estar presente durante las entrevistas. Antes de graduarme, estudiamos 10 familias más. Publicamos dos artículos. Generosamente, me permitió aparecer como primer autor. Comenzó mi carrera en el desarrollo de la identidad sexual.

En 1957, el año en que nos conocimos, John Money había dado a conocer su pensamiento innovador. La sobrecubierta de El estudio psicológico del hombre prometía “una novedad radical respecto de los conocimientos teóricos asentados…” Mi preciada primera página tiene esta dedicatoria: “A Richard Green, aprendiz entusiasta. De un tutor encantado. John Money, 21 de septiembre, 1959”.

Durante los años de carrera en Medicina, eran frecuentes las cenas de tres en mi apartamento encima de la lavandería, ahora convertida en entrada de metro. Los tres no éramos representativos de Hopkins: John, un estudiante admitido por la cuota del 10% de judíos (yo), y mi esposa morena puertorriqueña.

John fue coleccionista precoz y mecenas de un artista local, Lowell Nesbitt, que más tarde alcanzaría renombre nacional. En la pared de mi sala de estar hay dos Nesbitts de la primera etapa: uno basado en una radiografía y otro en un texto de anatomía, ambos proporcionados a Lowell por John.

A mediados de los 60 me presentó a Harry Benjamín, el padre de la transexualidad. Eso perfiló aún más mi carrera. Como investigador del Servicio de Salud Pública en el Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) en Bethesda evité luchar en Vietnam. Los fines de semana viajaba a Nueva York para ver a los pacientes transexuales de Harry.

Reed Erickson, un adinerado transexual de mujer a hombre, estableció una fundación para Harry. Un pequeño grupo de entre nosotros evaluaba a algunos de sus pacientes y se reunía en Nueva York para debatir acerca de ellos. Aquellos que tuviesen el visto bueno para la cirugía se los llevaba John al hospital Hopkins. Fueron operados por los cirujanos que habían estado tratando a los pacientes intersexuales de John. La noticia del programa quirúrgico del Hopkins publicada en 1966 en el New York Times legitimó la transexualidad y la reasignación de sexo (el título de nuestro libro revisado de 1969, publicado por Johns Hopkins Press).

Reed Erickson desempeñó también un papel estrafalario en la vida de John. Erickson era cocainómano y se consumía en algún lugar de Margaritaville. Se negó a volver de México a Estados Unidos para recibir tratamiento médico. John voló allí y, según el relato paranoico de Erickson, lo secuestró y lo trajo de vuelta a la fuerza.

Un año después de empezar los cambios de sexo en el hospital Hopkins, John ayudó a modelar algunas de las esculturas DIY1 de Yoko Ono en Londres. En 1966 me hice amigo de Yoko Ono y el que era su marido por entonces, Tony Cox (antes de John Lennon). Con mi pareja y sus tres niñas pequeñas, fuimos cinco de los traseros desnudos que aparecen en la película de Yoko Traseros (toda una película de traseros desnudos vistos por detrás, sin que se vea nada más, grabada mientras los intérpretes caminaban en un tambor giratorio). Hoy día todos los adultos (la madre, Yoko y yo) habríamos sido acusados de abuso sexual infantil.

En otra ocasión, había una instalación de Yoko en la que los espectadores podían modificar la obra. Podían clavar las uñas más profundamente en la madera o romper algo más la porcelana. Visitamos el piso de Yoko y John contribuyó con su toque artístico. Pasarían años antes de que Yoko se hiciese famosa, llevándose con ella un poquito de John.

Otra escena de los años 60 en Londres. En el jardín de mi apartamento en Chelsea había escondido una barra de unos tres centímetros de hachís. Estaba en algún lugar cerca del macizo de tulipanes. John y yo escarbamos por todas partes tratando de encontrarlo. No recuerdo si lo descubrimos. Probablemente eso quiere decir que sí.

La casa de John en Baltimore era un museo lleno de esculturas exóticas y pinturas. Figuras de madera de tamaño mayor que el natural, con genitales colosales, apabullaban al visitante. Mi hijo pequeño Adam y yo nos quedamos una noche a dormir allí, y Adam amaneció con los ojos irritados. Años más tarde me dijo que las “cabezas reducidas” le aterrorizaban y no pudo dormir.

Los que se hayan perdido la colección de John al este de Baltimore pueden verla la próxima vez que pasen por Gore, Nueva Zelanda. Una galería construida a propósito aloja estas obras después de un traslado hercúleo. Para asegurar también la posteridad académica, John dispuso que sus artículos, correspondencia, y libros fuesen guardados en la biblioteca del Instituto Kinsey. Pueden verlos la próxima vez que pasen por Blooomington, Estados Unidos; están un poco más accesibles que Gore.

John fue testigo judicial experto en algunos de los juicios contra homosexuales en los que participé. El abogado de la parte contraria pidió saber si John era homosexual (para mostrar que el testigo no era imparcial). John contestaba: “No”. En el turno de repregunta los abogados nunca fueron lo suficientemente astutos como para averiguar si era bisexual.

John fue un libertino. Era un entusiasta del sexo en grupo. Las reuniones de la Sociedad para el Estudio Científico de la Sexualidad (SSSS) quedaban realzadas por las orgías que John organizaba por la noche y a las que asistían algunos de los lumbreras de la sexología. Fue un participante de gran talento.

Un periodista amarillo estaba organizando una cruzada anti-John a mediados de los 70. Exigió entrevistarme acerca de la vida privada de John. Cuando me negué, amenazó con sanciones públicas, ya que a John y a mí nos financiaban los Institutos Nacionales de Salud (NIH) y el contribuyente tenía derecho a saber. Desistió cuando amenacé al editor con un pleito por invasión de la intimidad.

John fue políticamente militante. Anita Bryant, una actriz conocida más bien por vender zumo de naranja, en 1977 encabezó en Miami una ley contra los homosexuales que les quitaría libertades civiles. John y yo volamos a Florida para dar una conferencia de prensa oponiéndonos a la propuesta de ley. Perdimos en las urnas 2 a 1.

No era receptivo a las opiniones contrarias. Cuando hace unos 35 años Bernard Zuger envió a revisión para que se publicase un artículo sobre el desarrollo psicosexual en los intersexuales (Zuger, 1970), se le pidió a John que hiciese de evaluador. El artículo era crítico con las posturas de Money, Hampson y Hampson. La crítica de John, que se publicó junto con el artículo de Zuger, empezaba así: “Qué difícil, para el que ve, enseñar a un ciego a pintar” (Money, 1970).

Tampoco aceptaba con elegancia las críticas a sus propios manuscritos. Como miembro de la junta de los Archives of Sexual Behaviour sus críticas de los artículos de otros podían ser fulminantes. Pero se negaba a hacer cualquier cambio, del tipo que sea, en sus propios artículos. Prefería retirar el artículo.

Decidir cuáles son las aportaciones profesionales más innovadoras de John es muy subjetivo. Para mí, fue clave que contase con un centro médico excelente para lanzar la cirugía de cambio de sexo en Estados Unidos; Johns Hopkins, con su percepción pública como el mejor hospital, legitimó el tratamiento. Él fue uno de los primeros en recomendar la terapia hormonal para los agresores sexuales. Además, Desarrollo de la sexualidad humana y Errores sexuales del cuerpo y síndromes relacionados son libros clásicos.

Su dominio del lenguaje era magistral. Las complejidades y el fundamento de requerir a los pacientes transexuales pre-operados un periodo de prueba viviendo como otro sexo era simplemente la “prueba de la vida real”. Al explicar a los chavales los diferentes órganos reproductivos del hombre y la mujer y el proceso de fertilización, hablaba de la “carrera de natación” del esperma y del “nido de bebés”. Un patrón individual de erotismo era un “mapa del amor” y el erotismo desviado era un “mapa del amor dañado (vandalized lovemap)”. “Identidad sexual (gender identity)” y “rol de género (gender role)” son términos centrales en el vocabulario de los sexólogos.

El relato que hizo John sobre los orígenes de las galletas Crackers de Graham y los copos de maíz de Kellogg trajo a la conciencia pública el propósito de estos alimentos. Se introdujeron como antiafrodisíacos para poner freno a la masturbación de los jóvenes varones. Si el Dr. Kellogg hubiese tenido éxito, los copos de maíz habrían sido el peor cereal asesino2 de la humanidad.

Tuvimos nuestro inevitable conflicto edípico en 1979. John había remitido un artículo para publicar informando del seguimiento de niños afeminados estudiados con anterioridad. Tres de los cinco adultos habían sido estudiados antes por nosotros en 1960 y 1961. Sin embargo, el nuevo artículo no lo indicaba, según exigía el código ético de publicación. Protesté a través de los cauces adecuados. John añadió un apéndice y dos referencias (Money & Russo, 1979). Se puso furioso.

El enfriamiento de nuestra relación desapareció gracias a mi joven hijo, Adam, que proporcionó el calor necesario. En el viaje a Varsovia, adonde acudimos para recoger un premio, John arregló el cochecito de Adam con un cordón de zapato. A partir de entonces le mandó regalos de sus colecciones (botellas viejas, hormas).

Los últimos años de John fueron doblemente trágicos. Sus detractores hicieron que pareciese que había amputado el pene de un niño para poder probar su teoría. En el programa 60 minutos de la televisión australiana, se le acusó de ser como el Dr. Mengele. Ni siquiera periódicos conocidos por su sensatez, como el New York Times, lo abordaron equilibradamente.

Le ofrecí mi reciente título de licenciado en Derecho por Yale para ayudarle a demandar a la cadena de televisión que emitió la calumnia del doctor Mengele. (Antes había ayudado a la actriz Elke Sommer para que demandase a Zsa Zsa Gabor por difamación. Gabor dijo que Elke Sommer era una estrella pasada de moda, que merodeaba por sórdidos bares y se ganaba la vida vendiendo jerséis hechos a mano; ni punto de comparación con que te llamen doctor Mengele.) John rechazó mi oferta. No quería pasar los últimos de su vida metido en litigios.

Posteriormente, la BBC emitió un documental extremadamente tendencioso sobre el caso del “gemelo judío”. Me quedé solo defendiendo la decisión de John de reasignar el sexo del gemelo penectomizado. Argumenté que, basándose en lo que se sabía por entonces, la decisión fue correcta. Vi los ataques de Ken Zucker y Heino Meyer-Bahlburg a John en la cinta de la BBC. Pensé en mandársela a John. Me convencieron de que no lo hiciera.

Cuando el escritor de la necrológica de John para el New York Times me llamó, repetí lo que pensaba: “Teniendo en cuenta los conocimientos que había entonces en esa disciplina, Money tomó la decisión correcta sobre qué hacer. Mirando atrás, es fácil decir que estaba equivocado, pero yo hubiese hecho lo mismo”.

La otra tragedia del final de su vida fue que John perdiese gradualmente la capacidad que lo distinguía de los demás. Como dije en la conmemoración que la Radio Nacional Pública hizo por John, era la persona más inteligente que he conocido. La demencia progresiva le quitó paulatinamente sus riquezas, quedándose al final empobrecido. Cuando visité a John poco antes de su muerte, la pérdida de facultades era absoluta.

He reconocido públicamente mi deuda con John en dos ocasiones anteriores, con 28 años de diferencia. En los “Agradecimientos” de mi volumen Conflictos de identidad sexual en niños y adultos (Green, 1974), escribí:

Cuando era más ingenuo, solía preguntarme por qué los autores de obras académicas reconocían siempre su deuda con aquellos que, con su estímulo y consejo, les allanaron el camino. Siempre me recordaba la manera en que los ganadores del Oscar recitaban una lista de nombres “que hicieron posible este momento”. Ya no me lo pregunto. Cuando aún era estudiante novato de medicina en Johns Hopkins en 1958, me acogió bajo su protección un investigador pionero en los vericuetos del desarrollo psicosexual […]. Los años como estudiante de medicina en Johns Hopkins fueron decisivos. John Money me animó a aprender y recompensó el esfuerzo lo suficiente como para que me comprometiese con la investigación psicológica en una época en la que se presentaban numerosas oportunidades de trabajo. Me enseñó la minuciosidad del investigador, la importancia de registrar datos de forma sistemática, organizarlos, y mantener la objetividad en su evaluación. Además, ha sido un amigo. (p. XVII).

En el “Prefacio del editor” a Una historia en primera persona de la Psicoendocrinología pediátrica (Money, 2002), escribí:

Cuando era estudiante de Medicina en Johns Hopkins de 1957 a 1961, John Money fue mi mentor. Tardé años en darme cuenta de que había sido testigo de la infancia de la endocrinología pediátrica y de la emergencia de un nuevo paradigma del desarrollo psicosexual […]. A mediados de los 50 en Hopkins fue la época de los artículos sobre intersexualidad clásicos hoy día. El concepto del sexo como un producto multifactorial de siete variables se planteó allí, y también los términos identidad sexual y rol de género que se incorporaron al vocabulario sexológico. A fines de los 50, fui testigo de algunas de las entrevistas de John con pacientes intersexuales que proporcionaron el marco conceptual y clínico que ha guiado la práctica mundial durante décadas. Sabía que éste era un asunto nuevo y apasionante para la medicina; claro que para un estudiante todo lo médico era nuevo y apasionante. […] En los años siguientes, al haber sido el primer estudiante de John, coautor de artículos a primeros de los 60, y coeditor del primer libro multidisciplinar sobre transexualidad a fines de los 60, disfruté de su gloria. Es hora de saldar mi deuda […]. Cuando John me dijo que su libro lo había rechazado un editor por ser “demasiado autobiográfico”, tuve claro que ese alma mal informada había descartado su valor incomparable. Aunque algunos de los estudios se resumen aquí –ese es el telón de fondo- , la dimensión autobiográfica es lo que convierte este documento en algo único en el mundo. Le dije a John que recomendaría su publicación en mi colección. John tenía 36 años cuando empecé a trabajar con él. Yo tenía 21. John tiene ahora 80. Yo 65 (para los que se les dé mal las matemáticas). Estoy profundamente satisfecho de haber intervenido en la publicación de Una historia en primera persona de la Psicoendocrinología pediátrica. Gracias, John. (pp. VII-VIII)

La sexología necesita otro luchador por las libertades. La distancia entre los talibanes afganos y los cristianos americanos peligrosos se ha estrechado. La evolución y el sexo están amenazados.

John Money no tuvo igual. Qué afortunado haber sido su hijo adoptivo. Qué afortunada la sexología por haberlo adoptado como decano.

Green, R. (1974). Sexual identity conflict in children and adults. New York: Basic Books.

Green, R. (1992). Robert Jesse Stoller (1924–1991). Archives of Sexual Behavior, 21, 337–346.

Money, J. (1970). Critique of Dr. Zuger’s manuscript. Psychosomatic Medicine, 32, 463–465.

Money, J. (2002). A first person history of pediatric psychoendocrinology. New York: Kluwer Academic/Plenum Publishers.

Money, J., & Russo, A. J. (1979). Homosexual outcome of discordant gender identity/role: Longitudinal follow-up. Journal of Pediatric Psychology, 4, 29–41.

Zuger, B. (1970). Gender role determination: A critical review of the evidence from hermaphroditism. Psychosomatic Medicine, 32, 449–463.

N. del T.

1. Do It Yourself, Hazlo tú mismo.

2. Juego de palabras basado en la homofonía en inglés de “cereal asesino” y “asesino en serie (serial)”

Tomado de : Archives of Sexual Behaviour. Volume 35, Number 6, December 2006, pp. 629-632(4)

(Traducción: Juan Lejárraga)

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One Comment

  • alyssa

    Donde esta la etica de Money y tuya? Estuvo mal lo que hicieron, los niños no son experimentos, debio anteponer el bienestar del niño y su imagen, ni tu la tuya. Dime con quien ands y te dire quien eres : hijo del Dr Mengel y peor porque era consciente. Monstruos! David Reimer necesitaba que le pidan PERDON y no que digan que estuvo bien que se usado por un medico obsesionado con sus teorias sin fundamento. Que la vida te lo cobre a ti tambien.

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