Sentir, asentir, consentir y permitir

A propósito de un posible consentimiento en las experiencias eróticas entre niños y adultos.

Agustín Malón Marco[1]
  

Índice

1. Centrar el debate.

2. Sentir.

3. Asentir.

4. Consentir.

5. El otro debate: del consentir al permitir.

6. Permitir.

7. Las esferas del permiso.

Referencias bibliográficas.

 

 

El asunto de las relaciones, encuentros y experiencias de significado erótico entre menores y adultos es uno de esos tabúes intelectuales sobre los que, por razones diversas, es complejo y arriesgado desarrollar puntos de vista que cuestionen lo socialmente establecido. Hablar hoy en día sobre la atracción pederástica o la erótica de los niños de forma que no se criminalice a la una ni se niegue o invalide la existencia de la otra, es una temeridad, sobre todo en algunos países donde, como al parecer sucede en los Estados Unidos, directamente te juegas tu reputación y a menudo tu puesto de trabajo. La sociedad no parece dispuesta a pensar y debatir públicamente al respecto y escasean los intelectuales que se animan a reflexionar detenidamente. A menudo se observa una clara hipocresía entre lo que uno dice o calla en público y lo que uno dice o piensa, o es capaz de pensar, en esferas más íntimas y protegidas de la mirada general. No interesa profundizar en ello y los que lo hacemos a menudo molestamos e indignamos. ¿Para qué remover este asunto?, dirán algunos. ¿A quién interesa? ¿A los pederastas y abusadores? No se ve pues qué otro interés pueda tener.

 

Lo que voy a decir en las páginas que siguen no es en realidad algo ni tan original ni tan trasgresor como podría parecer a algunos. De hecho es muy significativo que a comienzos del siglo XXI este texto pueda resultar trasgresor. Es algo que se decía con relativa normalidad y sin que nadie se escandalizara hace treinta o cuarenta años, al menos en ciertos ambientes progres y renovadores. Así pues, a algunos les sonarán a cosas sabidas y evidentes; a otros les parecerán ideas irracionales y fuera de lugar; otros me acusarán de hacer lo que los expertos suelen llamar racionalizaciones para justificar el abuso sexual de los niños, cuando no de promoverlo. O al menos, como ya se me ha dicho, que mis palabras, aun siendo razonables, van a ser utilizadas para justificar ciertos actos. Puede ser. Si Darwin levantara la cabeza se sorprendería ¾o tal vez no¾ de cómo han sido posteriormente utilizadas muchas de sus ideas. Pero nadie negaría que es bueno que Darwin dijera lo que dijo. Y, creedme, no es que me quiera comparar con Darwin. Pero en fin, ante esas acusaciones poco puedo hacer. Sólo invitar a que se lean mis palabras hasta el final y con mente abierta.

 

Mis opiniones y consideraciones no pretenden ser definitivas ni indiscutibles. Nada más alejado de mi intención. Se me ha invitado a revisar un tema polémico y delicado. Me he animado a hacerlo a sabiendas de mis incógnitas, obligándome así a ordenar un poco mis ideas. Lo he hecho mediante un lenguaje más o menos sencillo y con talante más divulgador que académico, eludiendo el insertar referencias especializadas y recogiendo al final una breve bibliografía, la mayor parte de ella desafortunadamente en inglés. Pero todo esto lo he hecho basándome en lo que hasta ahora he podido estudiar y en lo que, honestamente, ese saber me sugiere. Cómo es lógico, dejo la puerta abierta no sólo a la réplica sino a otras aportaciones e investigaciones que me condujeran a rectificar o matizar mis conclusiones. Algo que sin duda sucederá en el futuro.

 

El tema aquí analizado no tiene que ver con los adultos que se implican en este tipo de relaciones, con su condición, sus intenciones, sus derechos o sus responsabilidades, aunque mucho de lo dicho se podría aplicar a este análisis. Aquí me centraré en el niño y más específicamente en el niño o la niña preadolescentes que muestran interés y voluntad por relacionarse de este modo con un adulto ¾i.e. eróticamente¾. Reflexionaré sobre si esto es posible y si se da o no en la realidad, para después pasar a analizar cuál es en mi opinión la línea de indagación y debate que deberíamos seguir si algún día nos interesa resolver este asunto de un modo más o menos razonable. No aspiro a zanjar un problema de difícil solución que se vuelve incluso más intrincado conforme uno se introduce en sus profundidades. El lector irá observando cabos que a lo largo de mi argumentación van emergiendo pero que no obstante dejo sin atar. Lo he tenido que hacer para limitar el texto a un número razonable de páginas que, espero, sean de su interés.


1. Centrar el debate.

 

La delicada, intrincada y apasionante cuestión del consentimiento es uno de los puntos centrales en las actuales polémicas sobre la vida erótica de niños y adolescentes, y muy especialmente sobre la legitimidad y/o legalidad de su expresión en relaciones con adultos. En las últimas décadas éste ha sido un tema puesto en un plano muy secundario, cuando no sencillamente abandonado, gracias al establecimiento de una nueva mirada social en torno a este tipo de hechos. Esta moderna hipersensibilidadsobre las experiencias de significado erótico entre menores y adultos ha hecho prácticamente imposible plantear análisis críticos y miradas alternativas que apunten en direcciones contrarias a las establecidas.

 

Todo esto ha sucedido bajo el moderno paradigma de los llamados abusos sexuales infantiles, modelo ideológicamente articulado y respaldado por una amplia investigación científica que no obstante es menos definitiva de lo que la gente cree, incluidos muchos investigadores. Lo que sucede es que aquí el discurso científico encaja muy bien con la opinión de la mayoría de los ciudadanos. Con éste discurso, basándose en la retórica del victimismo y el lenguaje de la nocividad, se ha hecho cada vez más difícil dar por válida la posibilidad, siquiera remota e hipotética, de que un menor, un solo menor, pueda acceder voluntariamente y/o disfrutar y/o beneficiarse de un modo u otro de una experiencia erótica con un adulto. Si a ello se suma lo que podríamos llamar la muy extendida premisa del trauma, según la cual estas experiencias son inherentemente nocivas y a menudo destructivas, es lógico que hayamos derivado en el actual estado de pensamiento donde imaginar un menor voluntariamente participante no sólo es algo inconcebible, sino que además resulta inmoral.

 

Aquí lógicamente el concepto de menor es ambiguo y peligroso, pues puede acoger desde el niño de un año hasta el de 17 años, 11 meses y 29 días. Las variaciones históricas, culturales, sociales,  legales, científicas, personales, etc. sobre el concepto de “menor” son tan amplias que un análisis universal de las mismas resulta inviable. En Estados Unidos o en el ámbito anglosajón, por ejemplo, el debate sobre la legitimidad/legalidad de estas relaciones ha de vérselas con casos donde un miembro de la relación tiene 16 años y el otro 20. En España esto no es así en la actualidad, pues al menos legalmente a los 13 años un menor ya puede consentir en una relación sexual mientras ésta sea libre y auténticamente aceptada ¾esta edad eran los 12 años hasta 1999¾. Es cierto que la ley contempla en estos casos un margen de protección especial hasta los 16 años donde se supone que el menor puede ser engañado por su pareja, aunque no se dice si esto se aplicaría a casos donde la pareja tenga la misma edad o incluso si es menor que su “víctima”. Es decir, si una chica de 13 años podría cometer el delito de “abuso sexual” por engañar o manipular a un chico de 15 con la simple intención de llevárselo en la cama. En cualquier caso, aunque habría que verlo, dudo mucho que este artículo ¾en concreto el 183.1¾ se aplique con alguna frecuencia en la práctica jurídica en nuestro país.

 

Si establecemos este límite por arriba, también podríamos aplicar uno por abajo. A pocos les parecería razonable hablar de un consentimiento en un menor de muy pocos años de edad, pongamos hasta los 9 ó 10 años. No digo que no se pueda discutir al respecto y, según verá el lector en mis siguientes reflexiones, sí que es claro que hay menores por debajo de esa edad que pueden sentir y asentir a estas experiencias, pero no me atrevería yo a hablar allí de un consentimiento como tal. No obstante, y dado que siempre existen excepciones a la norma, dejo la puerta abierta a aquellos que quieran discutir sobre ello y seguramente muchas de las ideas que voy a exponer serían útiles en ese hipotético debate.

 

Quisiera pues, para poder avanzar, centrar el análisis acercándonos más a la realidad española actual y evitar, en la medida de lo posible, la dispersión y la reflexión infructuosa. Me limitaré a menores que podríamos situar en la etapa peripuberal ¾o preadolescente¾ que comenzaría en general sobre los 10 años y finalizaría en torno a los 13, coincidiendo en su límite superior con la edad de consentimiento legalmente sancionada en nuestro país. Si alguien desea ampliar el límite superior a los 14, 16 ó 18 años, eso no afectaría a las consideraciones de este artículo, pues lo que se entiende como posible para un menor de 12 también se contemplará en un principio para uno de 17.

 

Esta orquilla, necesariamente orientativa, de los 10-13 años contempla la edad en la que la mayoría entramos en la pubertad, etapa crítica en la sexuación humana y que, como todos sabemos, implica un cambio físico, social y mental fundamental que incluye el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios y el progresivo surgimiento de un mayor interés por las otras personas, a menudo más mayores, desde un punto de vista erótico, incluyendo en ello el interés por la relación amorosa, por el cuerpo, los genitales, el placer y por conductas como la masturbación, la curiosidad pornográfica o los primeros escarceos y experiencias con un significado erótico más marcado e intenso.

Una advertencia importante. Mis consideraciones exigen lógicamente que demos por cierto que las relaciones sobre las que vamos a reflexionar no implican elementos de violencia, intimidación, amenaza, soborno, engaño, etc. Decir, como algunos dicen, que todas estas relaciones son violentas me parece falsear la realidad; y si se refieren a que son “violentas” porque supuestamente generan daños, porque siempre hay una diferencia de edad y poder o porque necesariamente se “violenta” la naturaleza del niño aunque éste consienta, creo que deberían utilizar otros términos más clarificadores.

 

Tampoco debería haber en estas relaciones aquí contempladas un “abuso de autoridad”, concepto para mí distinto del de autoridad en sí, pues si por un lado no podemos dar por cierto que todos los adultos tengan más autoridad o “poder” que todos los menores ¾en algunas relaciones, aunque sean las menos, es a la inversa; y con frecuencia lo que hay son esferas de poder repartidas entre el adulto y el niño¾, tampoco es válido generalizar que todos los adultos, aun teniendo más “poder” ¾moral, cognitivo, físico, económico, etc.¾ hagan un mal uso del mismo para entablar relaciones sexuales con un menor. Esto es, me parece infundada la teoría de que estos casos son siempre abusos de poder, dado que el problema no es el “poder” en sí, sino su uso adecuado o inadecuado en cuanto al bienestar y la libertad del menor, que es al fin y al cabo lo que aquí nos ocupa y, sin duda, lo que más nos preocupa.

 

Ya he comentado que es arriesgado hoy en día posicionarte públicamente sobre una cuestión tan delicada como ésta y que, en última instancia, respondería no tanto a razonamientos basados en los hechos y en su detallado análisis como a creencias culturales muy arraigadas, valores morales difíciles de modificar y particulares visiones de la erótica humana que están presentes en cada uno de nosotros. De hecho, adelantándome a mí conclusión final, el quid del asunto a menudo está, en mi opinión, en el permiso que nosotros, adultos encargados de la adecuada protección y educación de los niños, decidamos dar o no dar a éstos ¾y a los adultos¾ para que vivan esas experiencias. Un permiso que va a estar basado no tanto o no exclusivamente en la capacidad del niño para consentir en esas relaciones, sino también en nuestra particular consideración de las mismas y en su significado.

 

Iremos pues a los casos donde, como decimos, el menor en esa franja de edad que hemos elegido para centrar el tema, parece aceptar de buena gana y sin coacciones o engaños esos encuentros. En este punto, como ya he señalado, la primera pregunta es si esto es posible. Y sólo si se responde a ella, si se considera que el niño puede genuinamente sentir ese interés, podremos avanzar en nuestro análisis. Organizaré mi exposición en cuatro apartados que se corresponden con cuatro conceptos que me parece fundamental diferenciar y analizar sucesivamente. Me refiero a los conceptos de sentir, asentir, consentir y, finalmente, permitir. Se trata, y así lo voy a tratar de demostrar, de cuatro hechos diferenciados pero a su vez íntimamente relacionados entre sí. De hecho entiendo que se enlazan unos a otros como conjuntos superpuestos donde unos, los primeros, son prerrequisitos para que nos podamos plantear los siguientes (ver más adelante la Fig. 1).

 

En las páginas que siguen voy a esforzarme por mostrar el asunto tal y como yo lo veo en estos momentos y en cuanto a lo que considero más o menos demostrado por las investigaciones. No aportaré una propuesta concreta de solución porque sencillamente no  dispongo de ella, pero sí que voy a aportar datos e ideas que invitan a un cierto replanteamiento o al inicio de un debate social, legal, científico y profesional. No quisiera que se tergiversaran mis palabras diciendo que yo he dicho quetodos los menores de esa edad desean o pueden desear o consentir en estas relaciones. Creo que en la actualidad son una minoría los que lo hacen, y es de esa minoría ¾todo apunta a que en su mayor parte masculina¾, de la que quisiera hablar.[2]

 

Sugeriré que ese consentimiento puede existir, al menos en un grado razonable, en algunos menores, pero que a menudo el problema está en qué hacer con él cuando se nos muestra. Es una obviedad señalar que esta cuestión de las experiencias eróticas entre niños y adultos no genera polémica, o al menos no por el momento, en cuanto a su imposición o institucionalización. Por ello podemos dar por aceptado que el problema “emerge”, al menos el problema ético aquí contemplado, cuando los niños desean, buscan, asienten, disfrutan y se interesan por estas experiencias con adultos, ya sea por propia iniciativa o ante la honesta y leal propuesta o sugerencia de un adulto. Cuando el niño no desea o no se interesa, le desagrada o le duele, es claro que nadie le va a obligar y poco habría por discutir. La ética del consentimiento es pues la pieza fundamental, el prerrequisito sobre lo que construir todo lo demás. Es una condición necesaria para el permiso pero, o así lo argumentaré yo, no necesariamente suficiente para que éste sea otorgado.

 

2. Sentir.

 

¿Puede el niño preadolescente interesarse en términos eróticos por otras personas, ya sean otros niños, niños más mayores o adultos? ¿Puede el niño interesarse por un adulto, sentirse atraído y buscar su compañía, su amistad, su contacto, su piel y su placer? ¿Puede el niño sentir el placer sensual, el gozo de las caricias, de la masturbación, del encuentro y la experiencia de la unión, del dar y recibir placer, el buscar y disfrutar del orgasmo?¿Puede en definitiva sentir cosas que le conduzcan a ese tipo de encuentros que llamamos “sexuales” ¾i.e. eróticos¾ y/o que le animen a su repetición? Sin lugar a dudas que sí. No todos los muchachos o muchachas se interesan por lo mismo ni de la misma forma; y seguramente este interés no es igual ni evoluciona del mismo modo en un sexo que en el otro; tampoco en una sociedad o en otra. Pero de lo que no cabe duda es de que algunos niños sienten genuinamente estas sensaciones, estas emociones, estos anhelos y estas vinculaciones aunque sea en forma de fantasía o deseo. Los niños tienen deseos de todo tipo desde muy pequeños y ese conjunto de deseos aquí descrito, propios de nuestra condición erótica, no son ajenos a la niñez y preadolescencia. Es importante apuntar de nuevo que, acorde con la diversidad propia del hecho sexual humano, no todos lo viven igual ni en el mismo momento. Algunos lo manifiestan a edades como esos 9 ó 10 años de los que hemos hablado o mucho más tempranamente; otros, seguramente la mayoría, lo hacen en torno al final de la pubertad, los 13 ó los 14 años; la práctica totalidad, de un modo u otro, ya lo habrá vivido al finalizar su adolescencia.

 

De hecho los más ilustres representantes del actual paradigma victimológico, que se manifiestan radicalmente en contra de toda experiencia erótica con adultos, como David Finkelhor, han reconocido en sus investigaciones la existencia de lo que se suele llamar una sexualidad infantil, refiriéndose a una cierta cualidad e interés erótico en la niñez. Es cierto que luego ese atributo parece desaparecer cuando se trata de relaciones con adultos, pero la literatura científica abunda en relatos de este tipo de niños con una erótica manifiesta. Muchos de nuestros personales recuerdos infantiles están seguramente poblados de esos sentimientos, sensaciones y experiencias. Algunos niños lo manifiestan de forma mucho más explícita e intensa. Eran niños que antes se llamaban precoces y que generaban más problemas morales y legales que de otro orden. En algunos casos se debe a que han sido iniciados en lo erótico por otros niños, por niños más mayores o por adultos. En otros, es algo propio de los mismos y que al parecer surge espontáneamente.

 

Actualmente, cuando la mayoría pasa por aceptar la existencia de esa expresión erótica en la niñez, la disputa surge al plantear si es o no como la del adulto; esto es, si el niño siente, vive o desea lo mismo que siente, vive o desea el adulto. Con frecuencia la respuesta es que la erótica de los niños es distinta, de otro orden. De hecho aparenta ser una cualidad crecientemente infantilizada por la sociedad, al parecer no muy dispuesta a reconocerla con la misma enjundia e implicaciones que las de los adultos; una erótica que quizá se haga legítima cuando se habla de juegos inocentes, pueril curiosidad, experimentación, toqueteos, risas, etc. Pero cuando aparece la excitación, el deseo, la respuesta sexual, el placer, el orgasmo, etc., la cosa deja de hacer gracia y se niega que el niño pueda vivir hasta no sé qué edad estas experiencias. No al menos con un adulto.

 

Imaginemos que el adulto con sus deseos y el niño con los suyos, cada uno con sus sensaciones, emociones y sentimientos, deciden de mutuo acuerdo hacer cosas juntos. En este caso darse placer mediante el encuentro corporal y/o genital, como podrían decidir ir al parque de atracciones o charlar ¾y no uso estos ejemplos por frivolidad, equiparando ambas acciones, sino para ilustrar mi razonamiento¾. Quizá en el parque de atracciones o en la charla ambos buscarán y obtendrán cosas distintas, pero a ambos les apetece hacer eso el uno con el otro. En mi opinión la pregunta pertinente aquí es si los niños buscan “algo”, lo que sea, que sólo pueden encontrar manteniendo esas experiencias con estos adultos. No se trata pues de que lo hagan a cambio de dinero o regalos, pues entonces hablaríamos de otra cosa distinta de este sentir; sino que lo hacen por los bienes intrínsecos de la experiencia, es decir, que sólo pueden ser obtenidos a través de ella y no de otras experiencias. El niño podría conseguir dinero ¾un bien extrínseco¾ por otros medios, pero no podría conseguir ese disfrute y ese tipo de vinculación por otras vías, aunque lo deseara. Lo mismo sucede si el niño lo que busca en realidad es atención, ternura, contacto, ser abrazado, etc.. Son cosas que el niño podría obtener por otras vías que quizás él prefiriera, pudiendo no obstante mantener esa relación sexual con el adulto únicamente a cambio de esos bienes. Aquí hablamos pues del sentir erótico que conduce y se encuentra en esa constelación de experiencias y sólo en ellas ¾desde el escribirse una carta de “amor” hasta masturbarse mutuamente¾.

 

No obstante también puede darse el caso de que el niño en realidad no busque motu proprio ese tipo de experiencias sino que sea el adulto el que se lo sugiera o inicie, respetando lógicamente el principio de que las sensaciones y sentimientos del niño sean en todo momento de bienestar y franco deseo de continuar. Aquí el niño es pues iniciado en sentir cosas que quizá no había sentido todavía o lo había hecho de forma difusa sin saber muy bien de qué se trataba; y es el adulto el que le lleva a sentir esas cosas nuevas o a dar nombre y sentido a vivencias previas que vuelven a emerger en su compañía. En realidad uno sólo puede ser enseñado en lo que, de algún modo, ya sabe; uno sólo puede iniciarse en lo que, de algún modo, ya es capaz de sentir.

 

Así pues, los niños sienten cosas que podríamos llamar sensuales, eróticas, orgásmicas, deseantes, etc. Lo hacen, como es lógico, cada uno a su modo, con su estilo y a su ritmo, como sucede con los adultos. Y es cierto que en términos estadísticos seguramente este tipo de intereses y sensaciones se hacen más intensas y frecuentes en torno a los 11-13 años, y muy probablemente más en niños que en niñas, estando en general ¾y sin pretender generalizar¾ los primeros más interesados en el juego erótico sin demasiadas complicaciones emocionales que las segundas.

 

Es curioso, y con ello acabo ya este punto, cómo el siglo XX, que ha sido sin duda el siglo del reconocimiento de la sexualidad infantil, ha sido precisamente el siglo que más la ha negado cuando se ha tratado de experiencias con adultos. No acabo de entender muy bien cómo la dimensión erótica de los niños, reconocida como real y digna cuando se expresa entre iguales, ha sido olvidada y proscrita en encuentros con adultos. Puede que estas experiencias no deban ser legitimadas o que incluso deban seguir siendo criminalizadas, pero ello no impide que algunos niños puedan desearlas y disfrutarlas.

 

 

3. Asentir.

 

¿Dicen que algunos niños a estas relaciones? ¿Lo dicen sin que lógicamente existan elementos de coacción, amenaza, abuso de autoridad, engaño, etc.? ¿Hay niños que asienten a estas relaciones, juegos, contactos y vínculos? ¿Los hay que, por el contrario, disienten y se niegan a implicarse en las mismas? O, lo que es muy significativo, ¿los hay que asienten a un tipo de conductas y disienten de otras o que asienten a relacionarse eróticamente con determinadas personas y disienten de hacerlo con otras? Si hacemos caso a las investigaciones que existen al respecto y que no parten de la premisa de la violencia y la victimización, la respuesta a todas estas preguntas debería ser un rotundo sí, los hay.

 

Es claro que la línea que separa el asentimiento del consentimiento, concepto que veremos enseguida, puede en ocasiones resultar muy sutil y problemática. Pero no por ello deja de ser necesaria. Es como la línea que separa el sentir del asentir. ¿Se puede sentir sin asentir? Sí, igual que se puede asentir y consentir sin sentir ¾algo no tan raro en relaciones sexuales entre adultos¾. De hecho el niño o la niña pueden sentir sensaciones de placer sensual, o incluso llegar al orgasmo, en experiencias que realmente no desean y en las que realmente no asienten de forma sincera o en las que, si lo hacen, lo hacen por sentirse coaccionados, por evitar mayores problemas, porque les dejen en paz, por obtener bienes extrínsecos, etc. Luego el sentir no implica directamente el asentir, como tampoco sucede a la inversa. En cualquier caso a nosotros nos va a interesar aquí únicamente el asentir que se funda en un sentir; esto es, el asentimiento al encuentro que surge de un sentirerotizado de atracción y búsqueda del otro y del placer derivado.

 

Veamos ahora esa frágil pero necesaria diferencia entre asentir y consentir. De hecho el asentimiento de muchos niños ha sido cuestionado precisamente por su falta de consentimiento, invalidando el asentimiento/disentimiento del niño como un acto llevado a cabo desde la ignorancia o el desconocimiento. Mi hijo no quiere irse a su hora a la cama porque no sabe que es lo más beneficioso para él, ignorante de que necesita descansar para encontrarse mejor al día siguiente. Si lo supiera, puedo pensar, lo haría sin rechistar. Lo mismo sucede con los dulces. Si supiera lo malos que son para la dentadura y cómo le quitan el apetito, no los devoraría como lo hace y a las horas en que lo hace. Es claro que siempre queda esta alternativa. Pero también es claro que allí estamos hablando de consentir, no de asentir o disentir. Mi hijo tiene muy claro que no quiere irse a la cama. ¡Ya lo creo que lo tiene claro! Igual de claro que le gustan los dulces y que comería muchos más de los que yo le permito. Negar el consentimiento ¾informado, bien fundado, etc.¾ no implica negar el asentimiento.

 

Otro ejemplo. Se dice a menudo, y sin duda algo hay de cierto en ello, que los niños a estas edades son ignorantes respecto de los convencionalismos y normas sociales sobre las relaciones sexuales; y mucho más de las normas legales. Así pueden desconocer, dada nuestra habitual reticencia a hablarles con franqueza sobre la sexualidad hasta edades más avanzadas, que mantener relaciones eróticas con un adulto o con alguien mucho más mayor es algo socialmente condenado y legalmente castigado. Ajenos a la moral imperante, como afirman algunos autores, los niños viven estas experiencias como puros juegos hedónicos, como divertidas y placenteras experiencias físicas, como simples aventuras carnales de disfrute y diversión con el que pueden considerar su amigo, su amante o cualquier otra cosa. Aquí el niño puede asentir, pero no podemos considerar, como veremos después, su asentimiento como consentimiento si el niño desconoce cuál es el estatus moral de eso que está sucediendo y nadie se lo dice o, si se lo dice, tal vez todavía no lo entiende.

 

El niño desde muy pequeño manifiesta lo que le agrada o no le agrada, le apetece o no le apetece, le interesa o no le interesa. Y de hecho aquí los niños a menudo son, como cuenta la fábula del traje nuevo del emperador, más sinceros y honestos que los adultos, al menos mientras no prioricen agradar a los adultos o mientras permanezcan ingenuos en relación a ciertos convencionalismos y etiquetas sociales. Es entonces cuando seguramente van a seguir deseando lo que desean y prefiriendo lo que prefieran; pero muchos probablemente lo disimularan a nuestros ojos, mientras otros lo irán interiorizando poco a poco haciendo suyas, en muchos casos, esas creencias y valores. Ese es al fin y al cabo el fin de toda educación.

 

Así pues, independientemente de estos matices, el niño asiente o disiente. Y, volvemos a lo mismo: en una relación donde se sienten cómodos, más o menos libres y sin amenazas, sin deberes o deudas para con el adulto que puedan actuar como mecanismos paralizantes y coactivos, la expresión de sus opiniones y gustos tiende a ser más bien franca. Para concluir, y de nuevo aclarando que estamos excluyendo todas las relaciones donde puedan estar presentes la presión o el engaño, me parece absolutamente legítimo reconocer la posible existencia de un acto de asentimiento o disentimiento de los niños en el ámbito del sentir erótico y con adultos, respetándolo cuando menos como expresión de sus gustos, intereses y voluntad en ese momento. Que le demos legitimidad o no, o que lo hagamos en un grado u otro, en uno u otro ámbito, es algo que tiene que ver con algo muy distinto que llamamos consentimiento.

 

 

 

4. Consentir.

 

Hasta ahora hemos afirmado que hay niños que sienten y asienten en estas experiencias, contactos y relaciones con adultos mediando un componente erótico. No nos hemos pronunciado sobre su frecuencia. Todas las encuestas sobre este tipo de experiencias, basadas en muestras más o menos representativas de la población, apuntan a que en un determinado porcentaje de casos este asentimiento se da. Pero aunque fuera una minoría insignificante, es a ellos a los que van dedicadas estas páginas. Hemos señalado que estos niños sienten eróticamente o que sienten cosas que les llevan a buscar y/o repetir esas experiencias, asintiendo así en las mismas.  Ahora la pregunta es si ese asentimiento puede definirse o equipararse a un verdadero consentimiento. Es aquí donde nos metemos en el punto más delicado e intrincado de todo este asunto y donde uno se juega su reputación pues no parece posible analizarlo sin posicionarte “a favor” o “en contra” de estas relaciones. Esto es así porque hasta ahora, al hablar del sentir o el asentir, uno puede excusarse en lo que el niño siente y hace, algo poco discutible a no ser que queramos cerrar los ojos ante la evidencia.

 

Pero cuando se trata de consentir, el juicio del adulto ¾en este caso el mío¾ es el que prima sobre las emociones, sentimientos y decisiones del niño. El consentimiento válido es un estatus que nosotros, los adultos, atribuimos o negamos al asentimiento del niño. Por ello, decía, es difícil tocar este tema y no posicionarte o “ser posicionado” por el lector en un sentido u otro. Si digo que ese consentimiento se puede dar, se dirá que estoy a favor de estas relaciones; si afirmo lo contrario, se dirá que estoy en contra. La segunda de las deducciones me parece más justificada que la primera. De hecho puedo dar por cierto un consentimiento válido y no obstante no legitimar o legalizar esas experiencias. Pero difícilmente puedo legitimar estas relaciones si no doy por cierta la posibilidad de un consentimiento razonable en el menor.

 

El asunto del consentir de forma válida, informada, auténtica, etc., es para muchos el quid de todo este asunto y por el que empiezan y acaban la mayoría de los debates y autores que se han aproximado al mismo. Esto es así especialmente para aquellos que rechazan toda posibilidad de consentimiento y que niegan un mínimo de legitimidad a ninguna de estas experiencias. Para estos autores, los dos puntos anteriores, del sentir y el asentir, tienden a ser realidades más bien difusas y a estar apartadas de la discusión o comentadas de forma muy superficial como si incomodaran, siendo cada vez más costoso encontrar en la literatura especializada estudios y planteamientos que reconozcan la condición y expresión erótica de estos niños, así como suasentimiento a esos encuentros con adultos. Por el contrario, aquellos autores que muestran una mirada más “amable” o comprensiva sobre estas relaciones ¾sólo algunos de ellos explícitamente a favor de su legitimación moral y legal¾, tienden a destacar tanto la evidencia de un sentir erótico de estos menores como de su asentir, dando por viable la posibilidad de un consentimiento válido. Estos no obstante tienden a obviar o negar la cuestión del permiso que yo sí que trataré más adelante.

 

Pasada esta digresión, digamos pues que muchos menores en las edades aquí contempladas ¾recordemos que era aproximadamente entre los 10 y los 13 años¾ pueden tener la voluntad de vivir ciertas experiencias con adultos; imaginemos que les reconocemos dicha voluntad y la existencia de sensaciones y sentimientos legítimos y dignos al respecto. Lo que viene ahora es si esa voluntad, ese asentir, está suficientemente formado e informado o si por el contrario se trata de un asentir basado en interpretaciones erróneas, en un desconocimiento de aspectos esenciales de la realidad y/o en una incapacidad cognitiva de base que hasta cierta edad consideramos inexistente. Para ello lógicamente deberíamos aclarar qué es el consentimiento, empresa mucho más compleja y al parecer exigente de lo que es definir el sentir y el asentir.

 

No está en mis manos ni entre mis intenciones agotar aquí toda la cuestión del consentimiento, así que trataré únicamente de limitar mis observaciones a lo que considero los puntos clave del asunto. Normalmente el consentimiento llamado “informado”, concepto muy desarrollado en el ámbito de la bioética, suele incluir los siguientes rasgos para ser considerado como tal:

a. Voluntario.

 

En primer lugar la voluntariedad de su acción que, como ya hemos señalado, excluye por supuesto todo tipo de coacción y manipulación o engaño. Aquí además veríamos esa voluntariedad en peligro si existe lo que podríamos llamar un ejercicio de persuasión por parte del adulto, o incluso de una insistencia excesiva o con un apresuramiento tal que se socave la capacidad del menor para elegir libre, serena y oportunamente. Esta voluntariedad coincidiría en mi opinión con el asentimientoanteriormente desarrollado, así que el lector puede remitirse de nuevo a ese apartado si lo considera necesario. Quizá añadiría aquí que el adulto debería transmitir clara y sinceramente al menor que “podemos no hacerlo”, para que éste sienta que es libre de hacerlo pero también de no hacerlo. Muchos autores niegan radicalmente esta voluntariedad de entrada porque perciben a los menores ¾o así se revela en sus textos¾ como seres extremadamente frágiles, menesterosos e inocentes, siempre dispuestos a ser embaucados y manipulados por los adultos. No digo que no haya niños así, pero no creo que esta visión describa a todos e incluso a la mayoría. Es verdad que cualquiera, incluidos los niños, puede ser pillado sorpresivamente y en una experiencia cuando menos chocante que te deja paralizado y descolocado ¾i.e. que me metan mano sin previo aviso¾. Pero de ahí a entender que la mayoría de los preadolescentes se van a dejar manipular para hacer lo que el otro quiera de forma repetida ¾excluyendo aquí, insisto, el uso de la fuerza, la coacción, la amenaza, la presión, etc.¾, es en mi opinión una generalización infundada. Un menor que va repetida y voluntariamente a casa de un adulto para, entre otras cosas, mantener relaciones eróticas, no es necesariamente un menor ingenuo y frágil perversamente manipulado por un adulto pérfido y egoísta. Puede que se esté equivocando en lo que hace o que no sepa muy bien qué está haciendo, pero lo hace o puede hacerlo no por miedo o debilidad sino por agrado y/o interés, del tipo que sea.

 

b. Informado.

 

La decisión se ha de adoptar sirviéndose de la información en cantidad suficiente, esto es, la información considerada “necesaria”. Este punto es aquí, en lo que a las relaciones eróticas con adultos se refiere, difícil de concretar hasta sus últimos detalles y siempre habrá diversidad de opiniones que harán imposible el acuerdo. Aquellos que se plantean la posibilidad de este consentimiento y que han tratado de establecer lo que el niño debe saber para poder acceder al mismo, han apuntado las siguientes exigencias: saber qué se va a hacer y qué no; qué implica intrínsecamente esa experiencia y qué se gana; sus posibles riesgos, si es que los hay, y su gestión; la consideración social, moral y legal de ese acto ¾i.e. el niño debe saber que es ilegal e inmoral desde el punto de vista social¾; la cuestión del secreto, su razón de ser y sus implicaciones; los posibles problemas e implicaciones para ambos si esa relación se revelara; en algunos casos la cuestión de la homosexualidad; el papel que esa experiencia tiene o puede tener en esa relación, etc.

 

Lógicamente es aquí el adulto implicado en esa relación el que habría de asegurarse de que estas condiciones estén garantizadas. Pero además es fundamental la información previa, u obtenida de forma paralela, de la que disponga el menor a través de otros adultos, de sus iguales, de Internet, etc. Aquí la educación sexual recibida es fundamental y cuanto más sepa al respecto, más se garantiza al menos esta condición del consentimiento ¾o no consentimiento¾. El problema con este requisito está a menudo en qué tipo de información ha de poseer el menor y hasta dónde nuestro conocimiento sobre estas cuestiones es compartido como cierto y demostrado por todos. La opinión de que estas relaciones son necesariamente “nocivas” para el menor, incluso aunque asienta, es una creencia ampliamente extendida pero en absoluto establecida de forma definitiva. Por supuesto esta información ha de ser la necesaria ¾cantidad y pertinencia¾, pero también en calidad adecuada y adaptada a la capacidad comprensiva del menor, algo que tiene mucho que ver con su competencia.

 

c. Competente.

 

La competencia podría definirse como la capacidad, en este caso del niño, para comprender la situación sobre la que debe decidir, los valores que están allí en juego y las alternativas de acción existentes, así como las posibles consecuencias previsibles a cada una de ellas. Esa competencia es la que le permitirá posteriormente tomar, expresar y defender una decisión que sea coherente con su propia escala de valores ¾lo que se llama autenticidad¾. El niño debería pues ser capaz de entender el problema en sus detalles fundamentales, razonarlo adecuadamente y argumentar su postura atendiendo a sus personales valores al respecto. Como se podrá observar, aquí el criterio fundamental no depende del tipo de decisión finalmente adoptada, sino de cómo se razona y en qué valores y hechos se fundamenta. Esto es importante, pues el menor puede tomar una decisión que no nos parece a nosotros la “correcta”, “apropiada” o “inteligente”, pero que no obstante no deja de ser la suya y de estar suficientemente razonada. Otro adulto, supuestamente competente, podría por ejemplo opinar como el niño.

 

¿A qué edad se adquiere esta capacidad? ¿A qué edad el niño tiene desarrolladas las habilidades y destrezas cognitivas necesarias para llevar a cabo estos procesos? ¿A qué edad un menor, contando con la información necesaria, es capaz de razonar una decisión de acuerdo a sus propios valores y a sabiendas de sus posibles implicaciones? Bien, aquí no puedo sino declararme incompetente. Hay argumentos para todos los gustos y para sustentar todo tipo de planteamientos. Es cierto que es precisamente en la etapa de la preadolescencia cuando se van adquiriendo en líneas generales los fundamentos de lo que será el pensamiento adulto ¾el pensamiento abstracto, el razonamiento hipotético-deductivo, la inducción, etc.¾, pero también es cierto que muchas de estas habilidades consideradas por muchos como necesarias para un verdadero consentimiento no acaban de desarrollarse totalmente hasta la adolescencia ¾i.e. 13 ó 14 años¾. En términos morales el preadolescente va siendo capaz de diferenciar la ley de la moral, entendiendo que hay principios morales y valores superiores a algunas leyes y a menudo distintos de los convencionalismos sociales. Es capaz de percibir la hipocresía de los adultos y de elaborar sus propios juicios a partir de lo que considera justo o injusto, bueno o malo, pero a menudo su sentido de la justicia y del bien están excesivamente idealizados o son muy simplistas. Descubre la importancia de las motivaciones en el comportamiento humano, pero a menudo no es capaz de entender bien sus propias motivaciones y gestionarlas de un modo adecuado ¾algo que no obstante no es raro en la mayoría de los adultos¾. Y así podríamos seguir ad infinitum. En mi opinión este punto de la competencia no tiene solución definitiva, no sólo por la gran diversidad que existe entre los menores, existiendo diferencias abismales entre unos y otros, sino porque siempre habrá para algunos más y más argumentos a favor o en contra de ese reconocimiento y legitimación de un consentimiento válido e informado. Y ello sin olvidar que la posible capacidad de un menor para consentir depende en gran medida de su consideración y trato por parte de sus mayores, de lo que estos le enseñen y de lo que le permitan ir viviendo y decidiendo a lo largo de su educación. Mi impresión es que la aceptación de esta capacidad del niño en el terreno de las experiencias eróticas con adultos va a depender más de nuestras consideraciones y creencias previas que de lo que la ciencia del desarrollo cognitivo per se nos pueda aportar. De hecho, no es raro que la gente reconozca la existencia de un consentimiento válido cuando se trata de una relación sexual con otro de la misma edad pero que la niegue enfáticamente cuando se trata de relacionarse con un adulto, aunque en sí vaya a suceder lo mismo. Tampoco es raro que veamos el consentimiento de forma distinta cuando es un chico el que se relaciona con una mujer que cuando es una chica la que lo hace con un hombre; o cuando las relaciones son homosexuales o heterosexuales. Evidentemente en todas estas cuestiones el verdadero problema no es el de la voluntariedad, la información necesaria o la competencia del menor, sino que apunta a otro orden de cuestiones bien distintas. Volveré sobre ello más adelante.

Dicho todo esto, y sin negar la pertinencia y justificación de estas disquisiciones sobre la naturaleza del verdadero consentimiento, es igualmente cierto que vistas así las cosas éste consentir se nos antoja algo realmente difícil de obtener y desde luego de constatar y predecir. Algunos autores han planteado que cuando se trata de experiencias eróticas con un adulto, el grado y tipo de consentimiento exigido a los menores es de tal altura en sus exigencias y de tal minuciosidad en sus inquisiciones, que ni siquiera un adulto podría quizá alcanzarlo nunca. Es decir, en estos casos, a diferencia de lo que sucede con otras esferas de su vida ¾acceder a hacerse cosquillas, ir de excursión, bañarse juntos o jugar al parchís¾, no basta con el simple acuerdo, con el simple consentimiento fundado en una comprensión más o menos razonable y sensata de lo que se desea y de lo que va a suceder. Es cierto que si nos ponemos a detallar todo, absolutamente todo lo que ambos participantes deberían saber, pretendiendo llegar hasta las más remotas consecuencias de nuestras acciones, corremos el riesgo de caer en un exceso formalista y protocolario que haría imposible todo consentimiento, no sólo de un menor sino de cualquier adulto. En algo así como una búsqueda y exigencia del consentimiento puro, exigencia que uno sabe dónde empieza pero no dónde ni cuándo acabará.

 

Quizá una línea de indagación y reflexión que aquí sólo apuntaré sin desarrollar, sería dejar de preguntarnos por qué no se legaliza el consentimiento antes de los 13 años en nuestro país. La pregunta que yo invitaría a plantear sería el por qué sí que se permite a partir de esa edad. ¿Qué sucede a partir del decimotercero cumpleaños que cambia las cosas de ese modo? ¿Por qué los legisladores seleccionaron esa edad? ¿Cuáles fueron sus criterios, razones y referentes? Me parece una pregunta interesante que no se suele plantear y que, en caso de ser planteada y “respondida”, puede llevar tanto a una ampliación de la edad de consentimiento por debajo de esa edad como a una ampliación por arriba, señalando que ese criterio de los 13 años es insuficiente y que debe ampliarse hasta los 16, 18 ó 21 años. Esta elevación de la edad de consentimiento legal parece ser de hecho la posibilidad más probable en un futuro.

 

 

5. El otro debate: del consentir al permitir.

 

Recapitulemos. Según lo visto hasta aquí el formato de lo expuesto estaría más o menos recogido en la Figura 1 expuesta más abajo y donde se tiene en cuenta la doble dimensión del niño y de los adultos o de la sociedad. Hemos partido de lo más propio del niño, lo más individual y genuino, que es su sentir, su vivencia particular de esa cualidad humana, que llamamos erótica, en todas sus dimensiones y que busca su expresión y satisfacción en el encuentro carnal y genital con el otro. En segundo lugar hemos hablado del asentir y hemos reconocido que, como la realidad nos muestra, hay niños que asienten a estas relaciones. Considerar, en una tercera fase, este asentimiento como un consentimiento válido, es algo más complejo y depende mucho más del tipo de argumentaciones utilizadas. Como las hay para todos los gustos, parece que el debate tiene más que ver con las creencias previas de los interlocutores que con lo que el saber, experto o común, nos puede aportar al respecto. O al menos parece que, dado que es imposible avanzar por los intrincados senderos de los requisitos del consentimiento, deberíamos proseguir por otras vías.

 

Es claro que hay datos y argumentos razonables que apuntan a que sí que es posible la existencia de ese consentimiento razonablemente fundado en algunos menores preadolescentes, pero ya he apuntado que en última instancia su materialización en niños y situaciones reales depende en gran medida no del propio menor ¾cuyas competencias intelectuales y desarrollo sexual podrían en algunos casos ser suficientes a esa edad¾ sino de sus circunstancias y, sobre todo, de los adultos que le rodean y que son los que deberían proporcionar al niño la información en cantidad y calidad suficiente para que ese asentimiento, si es que se da, sea un verdadero consentimiento. De ahí que en la figura ilustrativa el consentir esté, al contrario que el sentir y elasentir, más cerca de los adultos que del niño, pues son aquellos los que podrían favorecer una toma de decisiones más válida en este terreno.

 

No hemos de olvidar que la capacidad de un niño para gestionar su propia vida, incluida la erótica, depende en gran medida de la educación que reciba y del contexto social en que se mueva. Hay niños que tienen una idea mucho más clara que otros de su existencia, de sus circunstancias, de sus posibilidades de futuro o de la ausencia de las mismas, de sus esperanzas y prioridades. Los hay que desde muy pequeños han de desarrollar habilidades y conocimientos que distan mucho de las que desarrollará un niño más sobreprotegido e infantilizado. La capacidad de un niño para “gobernar y controlar” su vida varía mucho de un caso a otro, de una realidad social a otra. Es posible que la mayoría de los preadolescentes de hoy en día, en sociedades como la española, no estén preparados para consentir en este tipo de experiencias, no lo sé; pero esto no se debe necesaria o exclusivamente a una cualidad consustancial a su naturaleza, sino a una educación y a una sociedad que, para bien o para mal, les ha infantilizado cada vez más y durante más tiempo. No entro aquí a discutir qué modelo es más deseable para la educación y desarrollo de los niños, tema demasiado complejo que escapa a los intereses de este artículo. Únicamente quiero destacar que la autonomización de los menores es un proceso que depende en gran medida de la voluntad y las prácticas de los adultos que les educan, protegen y supervisan.

 

Yo aquí echaría en falta la palabra de los menores implicados en estas relaciones. Se ha escrito mucho sobre las víctimas de los abusos sexuales infantiles y se han recopilado muchos de sus relatos, algunos extremadamente duros, pero en la práctica totalidad de esos casos se trata de casos detectados a través de los sistemas sociales, judiciales, clínicos, etc. Los estudios que se han hecho con menores fuera de estas situaciones y que en esos momentos mantenían estas relaciones, no son sólo escasos sino además poco y mal considerados. Es curioso que aquellos que han defendido los derechos de la infancia y ha insistido en el imperativo moral de escuchar respetuosamente a los niños, se nieguen tan en redondo a escuchar de ellos según qué cosas. No hay problema en oír y recopilar el relato de un niño que dice no a una experiencia de este tipo; tampoco en el que dice “sí” pero engañado, manipulado o amenazado. Pero es hoy en día prácticamente imposible recopilar el relato de los que dicen sí voluntariamente y sin sentirse coaccionados en ningún sentido. Mi duda es si simplemente no existen o si el problema es más bien que no los queremos ver.

 

De hecho si un día se contempla la posibilidad de que los chicos y chicas en esas edades cultiven y gestionen más independientemente su propia vida erótica, y que lo hagan mejor capacitados para consentir o disentir de lo que sea, ello nos obligará a replantearnos la educación sexual que les proporcionemos. Esa decisión exigirá la transmisión de un saber y un saber hacer más explícitos, honestos y transparentes sobre los sexos, sus búsquedas y sus encuentros. Nos exigirá igualmente ponernos más de acuerdo en este terreno del encuentro erótico y evitar en la medida de lo posible el distorsionar y confundir nuestro conocimiento con fantasmas y temores imaginados sobre la traumatización, sobre el poder, sobre la violencia, sobre el sexo y sobre el placer. Sobre los valores y disvalores que conforman este mundo. Pero es éste un tema en el que, me temo, estamos muy lejos de ponernos de acuerdo y que más apunta a una situación ficticia que a una realidad predecible a corto o largo plazo.

 

Es en este punto de mi exposición donde suelen acabar la mayoría de los análisis en esta materia ¾al menos todos los que yo he revisado¾ dando por sentado que si el niño puede consentir entonces se le ha de dar libertad para hacerlo. Hasta aquí algunos lectores estarán escandalizados ante mi aparente legitimación de estas experiencias, entendiendo que de mis palabras se traduce una absoluta liberalización de las mismas. Otros estarán encantados tal vez por lo mismo. Reconozco que no soy muy dado a convertir en tragedia o crimen todas las experiencias eróticas que implican a menores y adultos. Incluso creo y defiendo que las que no han sido siquiera sentidas ni asentidas por el menor pueden ser en ocasiones hechos de menor importancia y de cuya dramatización pública el niño no va a obtener ningún beneficio. Pero quiero aclarar que las muchas consideraciones expuestas hasta aquí, que no excluyen dudas y problemas quizá no expuestos en detalle, tampoco me convierten en activista a favor de algo así como la “liberación sexual” de los niños o en defensa de las relaciones erotizadas entre niños y adultos. No es esa mi intención ni me identifico en absoluto con ninguna de esas luchas. Como se puede ver en la Figura 1, todavía falta por desarrollar en mi propuesta la última parte que tiene que ver con el permiso que los adultos podamos dar o negar a los niños incluso en el hipotético caso de que éstos afirmaran consentir en esa relación y nosotros entendiéramos que lo hacen con conocimiento de causa.

 

6. Permitir.

 

En el fondo el punto más delicado en todo este asunto no estaría en mi opinión en la cuestión de si el niño consiente o no consiente, si asiente o no asiente, si siente o no siente. Todo esto puede ser más o menos dilucidado en cada caso y con cada niño. Hay muchas evidencias de que algunos niños en la preadolescencia ¾y yo añadiría que especialmente varones¾, no sólo sienten y asienten, sino que buscan y consienten de forma más o menos válida en sus relaciones eróticas con adultos. El problema en estos casos no sería pues su consentimiento, sino nuestro permiso. Creo que nos podemos estar engañando. Hablar del consentimiento del niño en estos casos y tratar de otorgarlo o retirarlo con argumentos de todo tipo, a favor o en contra, es tal vez una forma de ocultar el verdadero problema de fondo: si le permitimos ¾o incluso promovemos, por ponerme radical y provocador¾ esos encuentros y experiencias o no. He ahí el verdadero dilema al que nos enfrentamos o al menos uno que debe ser tenido muy en cuenta y al que dedicaré las últimas páginas de mi exposición.

Una mirada superficial diría que estamos hablando de lo mismo cuando hablamos de consentir y de permitir: permitiré o no lo haré según considere que el otro, que está bajo mi tutela, protección y educación, está capacitado para consentir realmente a esas relaciones. Esto tiene lógicamente algo de verdad, pero en mi opinión es sólo parte del problema. Es decir: sabemos que algunos niños, y aquí se trataría de contar con su opinión, comienzan a mostrar un marcado interés por las experiencias eróticas en estas edades, ¾especialmente, insisto, si son varones, pues al menos tienden a manifestarlo de forma más espontánea y abierta¾. En ocasiones este interés se orienta hacia un adulto, ya sea porque éste atrae directamente o porque las circunstancias y casualidades de la vida ponen al menor en relación con una adulto y con el que se vincula de un modo u otro, iniciándose ¾a veces incluso años después de iniciar su amistad¾ una erotización de la relación que ambos pueden aceptar de buen grado. Ahora bien, ¿debería conducir necesariamente este reconocimiento del sentir, el asentir y de la capacidad de consentir en un determinado niño al acto de permitirle que ejerza su voluntad? En mi opinión no. Sin duda que es un punto a favor del permiso, y aunque lo pueda hacer teóricamente posible, pues sería su condición necesaria, no lo sustituye.

 

Un ejemplo: una niña de 11 años desea subirse a un árbol. Puede que en otras ocasiones, no estando el padre presente, se haya subido a ese árbol o a algún otro; puede, muy probablemente, que haya sentido en más de una ocasión las sensaciones asociadas a la escalada, al elevarse por encima del suelo y de los demás ¾¡sobre todo de los adultos!¾; sabe de la emoción de la aventura, del riesgo, del reto que uno se plantea a sí mismo y del disfrute que encuentra cuando lo consigue. Así puessiente genuinamente el interés de subirse al árbol y sabe por qué y para qué lo hace. Además lo desea ¾asiente¾ y así lo manifiesta sin ningún miramiento. El padre puede sentir que es capaz, que tiene la necesaria habilidad y destreza manual y mental como para hacerlo; sabe que lo lograría y que no lo hace de forma temeraria, sino que es conocedora de sus probabilidades de éxito y de cómo alcanzarlo; considera también que su hija es consciente de que se puede caer y de que puede hacerse daño. Es cierto que a esa edad el concepto de riesgo suele no ser el mismo que cuando uno es más adulto y que la pasión del reto y la aventura le pueden, pero aun así el padre no tiene argumentos contundentes para negarle esa capacidad deconsentir, esto es, de decidir hacerlo y llevar a término esa decisión. ¿Significa esto que se lo “debe” permitir? No necesariamente. Quizá el padre ve riesgos ¾i.e. que les vea el propietario del árbol y se enfade¾ que su hija no ve o que es capaz de ver pero que no le preocupan; incluso puede que su mujer, también adulta y razonable, no viera esos peligros o los asumiera sin problemas, acusándole de cobarde y sobreprotector. Quizá lo que sucede es que el padre tiene prisa o se aburre de estar allí con ella y desea irse cuanto antes; en ese caso puede utilizar el “falso” argumento del riesgo o de la incapacidad de la niña para impedirle que trepe. Tal vez siendo el padre pequeño se cayó de un árbol y se hice mucho daño, con lo cual le aterra que a su hija le suceda lo mismo. Quizá sencillamente quiere imponerse a ella o tal vez le preocupa que se manche la ropa pues eso le causaría algunas complicaciones. Tal vez, finalmente, no le parece apropiado que las niñas escalen árboles.

 

Del mismo modo podemos imaginar que esa chica manifieste una intención de mantener relaciones eróticas con un hombre, pongamos de 30, con el que además mantiene una relación de amistad aparentemente positiva. Imaginemos que la niña siente interés y asiente en hacerlo. Imaginemos incluso que consiente libre, informada y genuinamente. Que sabe todo aquello que es necesario saber, que sabe de la ilegalidad ¾y para muchos inmoralidad¾ del acto, de sus posibles consecuencias, que es capaz de imaginarse hipótesis sobre qué pasaría si…, etc. Y a pesar de todo, insiste en consentir. A mi no me resulta tan difícil imaginar esta situación. Creo que es posible y que de hecho a veces se da; no sé con qué frecuencia, seguramente escasa, pero se da; y más frecuentemente en chicos. Creo que hay menores que saben dónde se meten y que desean meterse con un conocimiento más que aceptable de lo que eso implica, de lo que socialmente significa y sin que lo hagan por presiones ajenas e interesadas, asumiendo sus riesgos, si es que los hay; pero buscando sus beneficios, si es que los hay.

 

Aceptando estas condiciones, ¿debería permitírsele? Yo diría que no necesariamente y no de forma automática. Habría muchos argumentos para negarle ese permiso, y creo que perfectamente válidos aunque no incontestables. Por ejemplo, y este punto es importarte en la actualidad, puedo no permitírselo como adulto responsable de su bienestar para evitar posibles daños que, quizá no se den, pero que quizá sí. La consideración de que estas experiencias son habitualmente destructivas incluso cuando el niño asiente, no está, como ya he señalado, lo suficientemente demostrada empíricamente por los investigadores. Es asunto de polémica y lo seguirá siendo. Pero ello no quita para que las personas, individualmente y desde su fuero interno, sientan o crean que se trata de hechos probablemente o potencialmente nocivos para el menor. Esto tiene que ver con el permiso que individualmente demos o neguemos al niño. Si un adulto responsable del menor entiende honestamente que esa relación no es beneficiosa o que incluso es potencialmente perjudicial, tendría un argumento más para no permitírsela. Aquí el criterio personal es el que rige.

 

Otros argumentos. Puedo no permitírselo por el estigma socialmente impuesto sobre este tipo de experiencias o por el actual clima social que puede hacer que esa experiencia acabe dando muchos problemas, como puedan ser los riesgos penales asociados. Puedo temer que, si se hace público, en el colegio sea señalada por los profesores o compañeros. Puedo no hacerlo porque, si bien puedo pensar que no le va a hacer ningún daño y que no está siendo engañada ni amenazada, tampoco el bien que le va a hacer merece tanto la pena; ya tendrá tiempo de vivir estas experiencias cuando sea un poco más mayor. Puedo pensar que otro posible “bien” que se le hace puede ser obtenido por otros medios más apropiados y socialmente legitimados que no causarían problemas de ningún tipo.

A menudo el problema y el argumento para prohibir o para permitir viene de mi consideración del adulto implicado. El que el niño o la niña sean engañados depende de su capacidad para no dejarse engañar pero también de la voluntad del adulto para engañar al niño y aprovecharse de él en beneficio propio y en detrimento del menor. Está claro que puedo pensar que el adulto, al que tal vez conozco, no es en realidad una buena compañía o que no va a saber manejar adecuadamente la relación. Puedo incluso pensar, idea actualmente muy extendida, que absolutamente todos los adultos que interesados en una relación erótica con un menor son personas viles, tramposas y perversas, siempre con aviesas intenciones e indiferentes a las vivencias y sentimientos del otro. Si alguien piensa esto, lógicamente, no va a permitir que nadie se acerque a su hija o hijo con esa intención por mucho que éste diga desear también esa relación. Habrá alguien que lo mejor incluso pueda pensar que estas cosas a veces pasan o que ese adulto es una buena persona genuinamente interesada por mi hija o por mi hijo, pero dado que lo que se le demanda es una cuestión muy íntima, le preocupa no poder controlar qué es lo que sucede allí realmente.

 

Habría así un largo etcétera de argumentos y razones que, insisto, me parecen perfectamente válidos y comprensibles para no permitirle a ese niño esa relación. Y los mismos argumentos podrían servir para, precisamente, no permitírselo tampoco al adulto por mucho que el niño acceda libremente a esa relación. Esta cuestión del “derecho” o el “permiso” de los adultos para implicarse en esas relaciones sería la otra parte de la discusión y exigiría seguramente otras reflexiones. Pero dado que me he venido centrando en el niño y en su comportamiento, seguiré por esa línea de reflexión.

 

Aquí el “problema” reside en que yo tengo un criterio distinto al del menor que está bajo mi tutela y lo impongo por la autoridad que poseo y en lo que yo considero su propio beneficio. Puedo reconocer que el criterio del menor es racional, válido y justificado, pero no lo comparto. No me parece el más adecuado. Puede que otro adulto, presumiblemente igual de capaz, íntegro e inteligente que yo, tenga otro criterio distinto al mío y más acorde con el del chico, pero digamos que considero que soy yo el que tiene la última palabra. Aquí el menor siente, asiente y consiente. Otros adultos, además de él, podrían pensar que ese niño debería poder hacer lo que desea, pero yo me opongo y tomo mi decisión de no permitírselo. Creo estar en mi derecho y esa, entiendo, es mi obligación.

 

Pero, como el lector intuirá, aquí no acaba la cosa, pues otras dos preguntas emergen en este punto de nuestra disertación: ¿Tienen los padres o tutores del niño, ¾o en última instancia el Estado¾, el derecho a ser conocedores y supervisar esa posible relación? ¿Y tienen finalmente el derecho y la legitimidad a permitirla o prohibirla más allá de la voluntad del niño? ¿Quién o quienes deberían tener esas prerrogativas? ¿Con qué fundamentos? Y, desde la otra parte, ¿tiene el niño aquí derecho a la libertad de acción? ¿Tiene derecho a la intimidad, a mantener en secreto sus experiencias? ¿Tendría derecho a que el Estado protegiera y respetase esa privacidad? ¿A partir de qué edad es esto así y para qué esferas de la vida del niño? A muchas personas estos interrogantes les pueden parecer absurdos y fuera de lugar, cuando no vergonzosos e intolerables; puede ser, pero de un modo u otro han de ser respondidos y no está de más ponerlos de vez en cuando sobre la mesa. Como dicen muchos filósofos de la moral, la estructura moral de la naturaleza humana nos impulsa a razonar y justificar nuestras decisiones y acciones, y este delicado asunto no debería ser una excepción.

 

Volviendo a la potestad del adulto o de la sociedad para controlar la vida erótica de los niños, es algo que muchos defensores de la legitimidad de estas relaciones plantean, cuestionando así el poder que los adultos ¾padres, tutores, jueces¾ se arrogan para decidir sobre la vida de los chicos y chicas a edades y en materias que, según estos autores, los niños perfectamente pueden manejar según su criterio si cuentan con la adecuada información. Es la misma pregunta de qué legitimidad tiene el Estado para inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos y en qué esferas, con qué razones y hasta qué grado puede hacerlo. ¿Quién soy yo, como padre, para permitirle o negarle a mi hija su ansiada ascensión a ese árbol? ¿En qué casos, edades, situaciones, circunstancias, etc. deberían tener los padres potestad para decidir con qué personas se pueden relacionar ¾eróticamente o no¾ sus hijos y con cuáles no? Y por último, ¿qué padres tendrían capacidad para hacerlo? Pues sabemos de padres¾afortunadamente una minoría¾ que son infinitamente más torpes que sus hijos para organizar su vida y que en algunos casos es mejor que los niños no les cuenten según qué cosas.

 

La autonomización que el niño va adquiriendo, pero que al mismo tiempo nosotros le vamos adjudicando, dándole la capacidad para tener esa última palabra sobre ciertas decisiones que afectan a su vida privada, es un proceso gradual y al mismo tiempo un problema de ámbitos. Podemos dejarle decidir libremente sobre cómo decorar su habitación o sobre qué amistades de su edad tener; podemos tal vez darle potestad para elegir la que quiera entre cierto tipo de películas, limitándole algunas categorías según su desarrollo y nuestro criterio; podemos tal vez permitirle e incluso alentarle a que experimente su erotismo con gente de su edad pero nunca con personas a partir de cierta edad; etcétera. Yo personalmente pienso que sí que deberíamos los adultos “supervisar”, de un modo u otro y en un grado razonable, esas experiencias como lo hacemos con otras cosas de su vida, desde quiénes son sus amistades hasta con quién se pelea en el colegio. Pero claro, es un proceso gradual y no es lo mismo cómo debe ser nuestra “supervisión” a los 10-11 años que a los 16 ó 17. Otra cosa, claro, es que podamos o nos dejen hacerlo.

 

Pero, en el hipotético caso de que exigiéramos supervisar y decidir en última instancia sobre esa relación, ¿podríamos permitirle al niño el vivir experiencias eróticas con un adulto? Esa es la cuestión aquí planteada. De momento la gran mayoría tenderíamos seguramente a prohibírselas llegado el caso. Y en la actualidad el Estado Español, a través del Derecho, no nos autoriza a permitirle esa relación si el menor tiene menos de 13 años. Por encima de esa edad supongo que es un conflicto familiar como cualquier otro, a no ser que haya implicaciones legales por engaño, coacción, etc. La legislación española establece esa edad mínima por debajo de la cual los niños bajo ningún concepto pueden acceder a esas experiencias y donde el permiso paterno es algo absolutamente irrelevante en términos legales, pudiendo incluso suponer un problema para los padres por no actuar con la debida diligencia en la protección y educación de los niños a su cargo. Lógicamente el tema de la edad es discutible, y no faltan los juristas que reconocen el absurdo implícito en establecer café para todos, dadas las evidentes variedades en cuanto al desarrollo e intereses que existen en este terreno entre los menores. Pero, aun reconociendo esta contradicción, muchos más son los que prefieren establecer un límite concreto y objetivo que andar respondiendo a las particularidades de cada caso. Esto a algunos les parece injusto, y algo de injusto tiene, pero a otros les parece la forma menos mala de organizar este asunto. El debate sigue abierto.

 

Habrá advertido el lector que mi particular interpretación de estas experiencias sugiere que, para ser justos, deberíamos evitar el establecer una norma general que no fuera a su vez lo suficientemente flexible como para atender a las particularidades de cada caso. El permiso que los adultos puedan otorgar o no a un menor en estos casos es algo que sólo puede ser adecuadamente resuelto en las particulares circunstancias de cada caso. Pero esta necesaria idiosincrasia, ¿excluye toda posibilidad de una norma general y orientativa? Esto tiene que ver con el asunto de cómo gestionar socialmente este tipo de relaciones, no tanto después de que se produzcan sino antes de que lo hagan; no tanto en cada caso individual sino en cuanto a una norma general cuando menos orientativa en términos morales y clarificadora en cuestiones legales. Esto es, qué tipo de mensaje social lanzar al respecto y cómo articularlas en el código penal para proteger a los menores y al mismo tiempo no impedir su libre desarrollo y aprendizaje, que implica necesariamente el conocimiento, exploración y cultivo de su erótica.

 

Responder a esta pregunta nos exige diferenciar lo moral de lo legal y ver de qué estamos hablando exactamente. Lo moral es una cosa y lo legal otra. Lo legal es un lenguaje y una norma más o menos definida y explicitada por la que una sociedad, a través de aquellos órganos específicamente designados para ello, establece los mínimos exigibles que garantizan una convivencia pacífica, digna y justa para todos. Lo moral es por el contrario una norma en general mucho mas ambigua y difusa que no suele estar escrita y que es vivida, más que pensada, por los miembros de una determinada comunidad. Lo legal no necesariamente coincide con lo moral. Una conducta legalmente impecable nos puede parecer inmoral, igual que una ley nos puede parecer éticamente injusta. Del mismo modo una conducta que no nos parece moralmente reprobable puede estar perseguida por la ley, mientras que otra que nos parezca reprobable puede no ser contemplada en el código penal.

 

Así por ejemplo, como han señalado ya muchos autores, entre ellos algunos juristas, no está muy claro si el establecer legalmente una edad concreta como límite para el acceso a relaciones sexuales puede ser algo moralmente aceptable. Es decir, todo el mundo sabe que hay niños de 12 años más “maduros” que otros de 13, con lo cual no parece muy justo, éticamente, dar a unos una capacidad que se niega a los otros. Pero en España actualmente un chico o chica de 13 años podría consentir en una relación sexual, siempre y cuando no hubiera sufrido engaño, mientras que otro de 12 años, quizá más preparado y consciente de lo que hace, no puede bajo ningún concepto. En ocasiones los jueces han solicitado indultos para actos delictivos, pues estaban tipificados como tal, que moralmente no les parecían reprobables. Estaban obligados a condenar siguiendo la ley, pero moralmente les parecía una injusticia.

 

Lógicamente la cuestión de una edad límite hace el trabajo más fácil a los fiscales o jueces y establece un horizonte común para todos los ciudadanos en este terreno. Algunos autores han propuesto mantener esa edad límite pero exigiendo a la justicia, a jueces y fiscales, la suficiente flexibilidad como para contemplar los casos que, aun siendo pocos, puedan salirse de esa norma. Así se evitarían daños innecesarios y no se impediría a menores de 13 años, pero suficientemente desarrollados, preparados y conscientes, el libre uso de su cuerpo en su dimensión erótica. Esto implicaría al menos rebajar la rigidez del actual código penal que considera que ningún menor por debajo de esa edad puede consentir y, aunque lo haga, dicho consentimiento no se considera válido.

 

A mí me parecería una solución razonable pues garantizaría la necesaria protección de los menores por debajo de esos 12 ó 13 años y al mismo tiempo permitiría atender a las particularidades de cada caso para que, al menos, el sistema judicial no hiciera más complicada y nociva la situación del menor. Quizá se trataría de establecer una orquilla ¾como la que ya hay entre los 13 y los 16 años¾ en esa franja de edad de la preadolescencia entre los 10 y los 13 años. Aquí deberíamos esforzarnos por escuchar desprejuiciadamente la opinión del menor y la de su familia, así como de otros adultos que tuvieran algo que decir al respecto. Mi impresión, no obstante, es que una gran parte de los casos donde el menor verdaderamente ha consentido no suelen llegar en la práctica a los tribunales en nuestro país, ya sea porque no se detectan, porque no se denuncian o porque no se inicia el proceso judicial. De todos modos esto habría que confirmarlo.

 

Esto en cuanto a la cuestión legal, sobre la que lógicamente habría mucho más que decir ¾i.e. la cuestión del incesto que no he tocado aquí y que en mi opinión merecería otros análisis¾. En términos éticos, o de pedagogía social si se prefiere, yo sería partidario de establecer que estas relaciones no son deseables en estos momentos y que si no se dan, pues mejor. Primero porque seguirían siendo actos ilegales, aunque fuera con las excepciones ya descritas, y, para ser coherente, no puedo defender una ley cuyo espíritu no tratara de promover. Segundo, porque en el actual clima social es preferible que no se den, dado el estigma victimizador que puede padecer el menor según la reacción social y según qué adultos intervengan en el caso si es detectado, incluidos muchos profesionales; un estigma que esperemos vaya desapareciendo, pero que por el momento ahí está, nos guste o no. Tercero, porque así se responde a la sensibilidad ¾la moral vivida, como decía Aranguren¾ más generalizada en estos momentos; valoraciones sociales que, aunque sean discutibles, no deberían ser frívolamente despreciadas por los que no las comparten. Cuarto, porque no estamos preparando a la mayoría de los preadolescentes adecuadamente para que gestionen su vida erótica con inteligencia y auténtico consentimiento, lo cual no impide que algunos sean perfectamente capaces de hacerlo. Quinto, porque no creo que así se les cause ningún daño a la práctica totalidad de los menores. Sexto, porque tampoco se les niega un posible e hipotético bien que no me parece tan importante en la mayoría de los casos y que no obstante podría ser contemplado en algunas excepciones. Séptimo, porque serviría de marco moral orientativo a los ciudadanos y muy especialmente a aquellos que pudieran maltratar, consciente o inconscientemente, a los menores en esta esfera de la sexualidad; esa norma sería más protectora que limitante para los menores. Octavo, porque los menores a esa edad no van transgredir en masa esa norma, cosa que sí sucedería si impusiéramos por ejemplo la abstinencia sexual a los adolescentes hasta los 18 años. Y noveno, y último, porque, como veremos después, nuestra idea del “sexo” es actualmente la que es; y lo es de tal modo que no facilita ¾ni permite¾ en general una vivencia positiva de estas experiencias. La sociedad y la mayoría de nosotros no estamos dispuestos a según qué cosas y no me parece sensato meter a un niño, aun con su consentimiento, en una experiencia de este tipo en la actualidad. Volveré a este punto más adelante.

 

Habría seguramente otras razones y las aquí presentadas podrían cambiar si las circunstancias sociales también lo hicieran. Pero por el momento yo dejaría así las cosas. Esto no implica en absoluto dejar de escuchar lo que podríamos llamar propuestas alternativas que si bien pueden atentar contra la sensibilidad general, tienen el beneficio de replantear nuestras premisas, cuestionar nuestros principios y aportarnos visiones alternativas en este asunto. La literatura pro-pederastia está repleta de estudios, reflexiones y experiencias reales absolutamente inteligentes e interesantes. No necesariamente hemos de estar de acuerdo, pero bien haríamos en conocer esa propuesta y abrir un diálogo. Despreciar esa aportación a nuestro conocimiento y a nuestra cultura es algo que sólo puede explicarse desde la actual ceguera, irracionalidad y el fanático combate actualmente desplegado contra estas personas.

 

Mi posición se basa, y así lo reconozco, en lo que me parece la postura más prudente en estos momentos. Pero también se funda en una rotunda crítica de cómo está siendo gestionado este asunto. Así, lo importante, retomando de este modo la cuestión del permiso, es que esta propuesta evitaría lanzar a la sociedad un mensaje apocalíptico sobre estos hechos, invitando más bien a la serenidad y a la profundización en los detalles de cada caso sin excluir esa visión o norma general que he planteado. Desde esta perspectiva sí que entiendo que los adultos podríamos permitir en algunos casos puntuales esas relaciones o, si esto es demasiado para algunos, gestionarlas de forma más realista una vez que se han producido, al menos de modo que se evitara una criminalización innecesaria y un escándalo que no haría ningún bien a nadie y mucho menos al menor implicado.

 

Pero esta perspectiva a su vez implica la asunción de que los adultos sí que deberíamos poder supervisar esas relaciones de los menores a nuestro cargo y decidir sobre ellas. Creo, en un principio, que los preadolescentes no deberían tener aquí derecho a la intimidad y a la libertad sin condiciones ni sin contar con el permiso y la opinión de sus mayores. No al menos como norma general, tal y como sucede en otras esferas de su vida.

 

7. Las esferas del permiso.

 

Acabaré mi disertación tal vez por donde debería haber comenzado: reflexionando sobre el para qué daríamos o negaríamos ese permiso aquí planteado, tanto al menor como al adulto. Y es que todas estas discusiones pueden resultar agotadoras e insolubles mientras no aclaremos exactamente de qué estamos hablando. Hemos planteado la posibilidad de que algunos menores pueden sentir, asentir y consentir en este tipo de relaciones y experiencias ¾de forma medianamente razonable y razonablemente informada¾ y hemos pasado a la reflexión y el debate sobre si vale la pena otorgar ese permiso y bajo qué condiciones. Ahora deberíamos quizá entrar más en detalle en la cuestión de para qué damos, o negamos, exactamente ese permiso y cuál es nuestra consideración de aquello para lo que lo otorgamos o lo negamos. Si no aclaramos esto, difícilmente vamos a poder tomar una decisión.

 

Imaginemos la siguiente situación hipotética elaborada a partir de diversos casos reales según han sido narrados por sus protagonistas. Un muchacho de 10 años inicia una amistad con un vecino suyo de 40. El hombre trata al muchacho con respeto y se preocupa por él. El muchacho se siente unido a ese hombre y busca su compañía. Quizá así obtiene atención, compañía, confianza, entretenimiento, alguien con quien hablar, aprender cosas, etc. Puede que incluso obtenga alguna propina y algún que otro regalo que uno da con gusto y el otro recibe con agrado y sin obligación de dar nada a cambio. Ni uno siente que compra ni el otro se siente comprado. Todo ello son cosas que sencillamente ambos agradecen y entienden como algo normal en su particular relación. Se ven con frecuencia y hacen cosas juntos. Desde ir a pasear o al cine hasta ver películas juntos, comer, ir a la piscina, etc. Todo ello con el permiso de los padres del muchacho. Hasta aquí no se ha cometido ninguna ilegalidad ni, entiendo yo, nada moralmente reprochable. ¿Ha consentido el menor libremente a hacer todo ello? Entendemos que sí. ¿Lo consideramos capaz de consentir informadamente en estas actividades? Parece que sí. ¿Debería tener el permiso de los padres? Yo entiendo también que sí. En este caso imaginemos que los padres saben de esa relación y la aprueban, otorgándole su permiso para relacionarse en estos términos con este hombre.

 

Imaginemos que en esta relación el muchacho y el hombre ven un día una película juntos donde salen escenas eróticas. Sería algo no sólo fácil sino altamente probable. Bromean sobre ello e incluso, en su interior, se excitan. Ante las preguntas y propuestas del niño, así como el interés del adulto, éste decide mostrarle una revista pornográfica que ambos ven y comentan entre bromas y picardías. En un momento dado ven una película de ese estilo y ambos la disfrutan. Se vuelven a excitar y, aunque lo comentan y hablan sobre la masturbación y esas cosas, nada sucede entre ellos en esos momentos. A veces, en otros momentos, el chico y el adulto juegan juntos a pelearse o a hacerse cosquillas. En esos juegos se tocan, se abrazan e incluso se besan o se muerden. ¿Qué ha sucedido hasta aquí? ¿Ha habido alguna ilegalidad? ¿Habría algo que reprochar al adulto? Inmoralidad yo pienso que no, pero para algunos el comportamiento del adulto sería seguramente reprobable. Ilegalidad tal vez. Quizá el ver pornografía juntos sería considerado un acto de abuso sexual o similar, aunque aquí entraríamos en la indefinición de la ley actualmente vigente. ¿Deberían saber los padres lo que está sucediendo? ¿Deberían saber lo de la pornografía y lo de los juegos de lucha? Yo pienso que sí. Pero, en caso de saberlo, ¿podrían legítimamente permitirlo considerando que no hay peligro para el menor? Aquí habría seguramente diversidad de opiniones.

 

Sigamos con la historia. En un momento dado, situación favorecida por un creciente clima de confianza y confidencialidad en torno a las cuestiones de la sexualidad por las que el niño muestra curiosidad, ambos deciden masturbarse el uno junto al otro sin tocarse, únicamente mirándose. La experiencia le parece al niño agradable, divertida e incluso emocionante. Deciden repetirlo más veces. ¿Hay aquí delito? ¿Habría un comportamiento reprobable? Estamos sin duda en el filo del problema. El menor ha sentido y asentido, pero ¿ha consentido el menor? ¿Es capaz de decidir libremente sobre si hacerlo o no y a sabiendas de lo que significa? Nuevamente habría distintas opiniones y argumentos a tener en cuenta.

 

En un momento dado el adulto decide hablar al niño abiertamente sobre su interés por mantener relaciones sexuales con él, explicándole honestamente todo aquello que considera que el niño debería saber. Éste accede y manifiesta compartir ese interés. Ambos se implican progresivamente, como algo “natural” y lógico en su relación, en una serie de encuentros eróticos que van incluyendo caricias corporales y genitales, masturbación y felaciones, en un proceso progresivo de menor a mayor implicación. El menor va mostrando un notable interés por conservar esa amistad y continuar con regularidad con esos encuentros que desea y disfruta. Aquí ya se ha cometido sin lugar a dudas una ilegalidad. De hecho se ha cometido uno de los actos delictivos considerados más graves y despreciables en nuestra sociedad. ¿Se trata también de una inmoralidad? ¿Se ha comportado el adulto de modo imprudente, improcedente o despreciable? ¿Ha abusado del niño? Para la mayoría tal vez. Es cierto no obstante que el menor ha sentido y asentido. ¿Pero podríamos decir que ha consentido realmente? ¿Era capaz de entender lo que sucedía? Para algunos podría ser; para otros sería inconcebible ¿Deberían los padres saber de estas experiencias? ¿Podrían permitirlas? ¿Podrían permitir que esa relación llegara hasta un determinado punto pero no permitir que pasara de allí?

 

Su decisión, que ahora mismo sería irrelevante en la práctica, se basaría en la totalidad del caso, pero también en su consideración y valoración de ese punto central que es la “relación sexual”. En realidad volvemos al mismo punto de siempre: a nuestra idea de las cosas del deseo y el placer, desde el tocarse y abrazarse entre dos hombres hasta el ver pornografía juntos. Y sobre todo, a nuestra idea sobre el encuentro carnal, sensual, erótico, amoroso, sexual o como le queramos llamar; nuestra vivencia racional y emocional de esa conducta para la que, supuestamente, otorgamos o negamos ese permiso del que estamos hablando. O, deberíamos decir, nuestras distintas vivencias y opiniones al respecto puesto que cada uno mira este asunto desde una perspectiva y con unas connotaciones completamente distintas. Si un padre tiene un temor muy elevado a que su hijo se caiga del árbol, es más probable que no le permita subir. Si no lo tiene, es más probable que no se lo impida. Es su idea y vivencia de la escalada lo que inclinará su decisión en un sentido o en otro. Sabemos que en materia de erotismo, como en materia de miedos, hay una gran variedad de sentimientos y opiniones, y que hoy en día coexisten morales “sexuales” muy distintas en una misma sociedad e incluso en una misma familia.

 

Mi razonamiento me lleva pues a estar de acuerdo con lo que muchos otros autores han planteado: en última instancia es nuestra particular vivencia, culturalmente determinada, de esa experiencia lo que nos conduce a posicionarnos y actuar en un sentido o en otro hacia este tipo de hechos. Quizá por ello la lectura de la literatura especializada sobre estas experiencias es una de las experiencias, valga la redundancia, más desconcertantes en las que pueda meterse alguien. Y es que lo que en un texto es descrito como un hecho necesariamente horrible, traumático y violento, en otro es considerado como un acto de afecto, ternura, encuentro, placer, diversión y felicidad. Lo que en un caso conduce al sufrimiento perpetuo, en el otro es fuente de bienestar y crecimiento personal. Lo que para unos es un acto abominable, para otros es un acto trivial de mero placer sensual entre dos seres, entre dos cuerpos; pura diversión física sin mayores implicaciones, sin mayor relevancia e interés más a allá de los dos directamente implicados. Lo que para unos es algo intrascendente  que responde a la intimidad de dos sujetos, aunque uno sea menor y el otro adulto, para otros se convierte en un acto de máxima trascendencia y gravedad. Uno podría estar pensando que los autores o investigadores hablan de hechos muy distintos, pero no necesariamente es así. Aquí se habla de lo mismo pero se percibe de un modo muy diferente. Y es que en el fondo está latiendo siempre, siempre, nuestra idea del “sexo”. Las siguientes palabras ejemplifican muy bien este punto:

“¿Puede creerse que el centenar de niños y adolescentes que visitaban al taller del electricista de Logroño fueran coaccionados para hacer durante 15 años lo que no querían hacer? Eran embaucados, se dice. ¿Repudian los niños adolescentes el gusto sexual? Puede que el electricista, lo que está por ver, les iniciara en el uso de la energía libidinal, pero la libido se lleva con uno y pronto. Lo que ha ocurrido en Logroño viene a ser una edición repetida de la obsesión que cunde ahora por preservar a los niños de una súbita, internacional e inexplicada proliferación de sátiros que no parecen perpetrar otra cosa que salir en los medios con su incesante mal. (…) Todo depende, en fin, del concepto en que se tenga a la sexualidad. A poco que se la estime propicia al vicio, muy contigua a las abyecciones de la naturaleza y máximo objeto, por tanto, de vigilancia, cualquier comportamiento no convencional despertará a la policía. A la policía de las almas y a la de las comisarías. Por el contrario, si se contempla al sexo sin los prejuicios de la tribalidad o incluso del imperio burgués, inmediatamente su idea se libera de viejas amarras y no viene a ser otra cosa que una saludable señal de amor, de recreo o de vitalidad. (…) Hay, por tanto, que ponerse al día o ponerse de acuerdo. Se mire como se mire, el sexo era incomparablemente un asunto por lo menos mucho más tremendo hace cincuenta años que ahora. Sin contraceptivos, sin televisión, sin revolución sexual, sin liberación de la mujer, sin derechos del niño y del anciano, sin legalización del aborto, sin sexualización omnipresente, el sexo era, por excelencia, el tabú. Ahora es algo más llevadero y sencillo, menos decisivo y, a la vez, más accesible, más democrático, menos traumático, digno de empezar a ser admitido como un atributo sin infiernos, de comunicación sin trascendencias, de intercambios y anécdotas que pueden mejorar la alegría de vivir. Siempre, claro está, con acuerdo compartido para el disfrute porque, de otro modo, eliminada la libertad del placer, aquí como en cualquier otro asunto el sabor se hace repugnante y la golosina se trueca en una purga. Fuera de eso, no obstante, queda todavía mucho por debatir, muchas amarras por soltar.” (Vicente Verdú, El País, 12/02/1998)

Se habla a menudo, y algo de cierto hay en ello, de que en realidad intrínsecamente las relaciones sexuales no tienen nada de malo y que en un principio tienen la potencialidad de ser beneficiosas por su dimensión hedónica y relacional. Algo similar sucedería con la masturbación, durante siglos considerada un acto pecaminoso y, más tarde, muy peligrosa para la salud física y mental. En realidad, se dice ahora, no hay nada malo que sea intrínseco a la masturbación y todos los males que pudo originar, y origina, tienen que ver con variables extrínsecas a la misma y en especial con su pésima consideración social y los efectos que ésta tiene en los sujetos que realizan esa práctica. En la práctica de la terapia sexual se sabe que muchos de los problemas no vienen del “sexo” como tal, sino de las ideas que nos hacemos de ese modo de encontrarse. Es algo que hemos aprendido con la masturbación y con otras conductas; habrá que ver si un día es contemplado con las experiencias aquí analizadas. ¿Qué hay de intrínsecamente de malo en que un hombre y un muchacho se acaricien y se masturben si ambos están de acuerdo y disfrutan de la experiencia? De entrada, nada. De hecho hay hombres y mujeres que narran experiencias positivas de este tipo y no veo motivos de entrada para cuestionar su sinceridad y buen juicio. Pero tampoco creo que el hecho de reconocer, como yo hago, que no hay nada intrínsecamente malo, sea un argumento definitivo para legitimarlas. Hay otros muchos elementos a tener en cuenta. Y uno importante, como ya comentaba antes, es que el “sexo”, hoy en día, es lo que es y seguramente su consideración social convierte estas experiencias en algo muy distinto de lo que hipotéticamente, según su naturaleza intrínseca, podrían ser. Quizá podrían ser otra cosa, no lo sé, pero actualmente desde luego no lo son.

 

Algunos autores han destacado la existencia de una aparente contradicción implícita en el hecho de por qué mucha gente, por no decir hoy la mayoría, no tendría demasiados problemas en que los chicos y chicas en estas edades de la preadolescencia experimentaran y curiosearan el mundo erótico con sus iguales mientras que sí lo tendrían cuando, haciendo en apariencia lo mismo, hay un adulto implicado. Imaginemos estas tres situaciones: una niña de 11 años se masturba ella sola; esa misma niña se masturba con un amigo de 12; en otra situación lo hace con un chico de 17; luego con un hombre de 25 y finalmente con uno de 50. ¿Qué hace exactamente? Bueno, en un principio podría estar ejecutando una acción que supuestamente le proporciona placer y sensación de bienestar y conexión con otra persona ¾incluso cuando se masturba puede estar conectada con otra persona vía fantasía. Suponemos que es eso lo que vive y que en los cuatro casos lo hace voluntaria y libremente, a sabiendas de lo que está haciendo según la idea del consentimiento más o menos esbozada.

 

¿Qué sucedería en cada caso si se supiera lo que ha pasado? ¿Por qué alguno de estos actos sería condenados y otros no? ¿O en el fondo serían todos condenados? ¿Sería interpretado de la misma forma si cambiaran los sexos, siendo el niño un varón y los demás mujeres? ¿Y si la relación fuera homosexual entre dos mujeres o entre dos hombres? ¿Y si la relación fuera puramente física y pasajera, sin ningún compromiso ni vinculación emocional o afectiva? ¿Sería distinto si hubiera un intenso afecto, una vinculación, una experiencia de amor y compromiso de futuro? ¿Y si la conducta fuera otra de mayor implicación como “sexo oral” o penetración? ¿Y si hubiera un embarazo? ¿Y si el adulto fuera el padre? ¿Cambiaría en todas estas variedades nuestra interpretación y actuación sobre el caso? Seguramente sí. Aquí tienen más peso las creencias, actitudes y emociones implicadas que el análisis racional de lo sucedido. Y allí la razón ya no entra o lo hace con demasiadas dificultades.

 

Pero la complejidad de toda esta trama de experiencias y relaciones, de vivencias y valoraciones, también nos sugiere una idea final con la que quisiera cerrar este trabajo. El “sexo”, que es al parecer lo que más nos preocupa en todo este asunto, incluso lo único, es una conducta, un acto, un gesto y poco más. Es lo que el código penal enjuicia: tocó o no tocó, metió o no metió, chupó o no chupó. Si es que sí, delito; si es que no, absolución. Bueno, quizá deba ser así, no lo dudo; pero qué duda cabe que es una manera un poco simplista de ver las cosas. Un análisis ético de estas experiencias nos debería llevar un poco más lejos y comenzar a ver estas experiencias como relaciones de diverso significado; como actos, sí, pero actos que sólo adquieren sentido en un contexto relacional y de vivencias personales. La actual absolutización y criminalización del “sexo”, la obsesión porque no haya “sexo” entre niños y adultos y la dramatización cuando se da, olvida muchos matices fundamentales para entender más comprensivamente cuando menos algunas de estas experiencias. Cuando menos, insisto, algunas.

 

 

 

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[1] Sexólogo. Pedagogo. Doctor en Psicología. E-mail: agustin.malon@unizar.es

[2] Nota importante: A lo largo de estas páginas me referiré a las personas en esta etapa de la vida como niños, menores, muchachos, chicos, preadolescentes, púberes, etc., incluyendo en dichos términos a los de ambos sexos. En español no contamos con un vocablo específico y de uso común con el que referirnos a las personas en esa edad de la vida donde se está saliendo de la niñez y se empieza a entrar en la adolescencia. Quizá las palabras púber o preadolescente serían las más exactas, pero su uso no está muy extendido. En cualquier caso el lector deberá tener presente en todo momento que con todos estos términos nos referimos única y exclusivamente a los menores de entre 10 y 13 años aproximadamente, a no ser que se indique lo contrario.

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