La sexología, como ciencia de la sexualidad humana, estudia la libido infantil como una realidad anárquica en sus comienzos. Luego, esa realidad se va estructurando a través de la educación y las formas de comportarse en sociedad. Poco a poco, el sujeto sexuado va formando su modo de ser en su ambiente y cuadro de relaciones.
Las normas de comportamiento van haciendo un todo muy difícil de separar entre el deseo fundamental, los deseos más o menos dispersos, las apetencias y preferencias… de forma que, desde la infancia, la sexualidad se vive en un cuadro de valores concreto en el que se define como masculino o femenino.
Llegada la adolescencia, el otro sexo es el polo de atracción. De un modo tanto biológico como cultural. La estructura de relación se va formando con un objetivo de pareja, mediante la selección. ¿Implica esta selección la exclusividad de una persona y la renuncia absoluta a todas las otras? Más que exclusividad, se trata de la preferencia.
El hecho de que la pareja como dato natural humano haya sido vivida en occidente dentro de una estructura de matrimonio monogámico, ha convertido esta preferencia en exclusividad oficial. Ello no impide constatar que el cambio y la variedad son opciones abiertas a los gustos personales.
CONTRA EL DESORDEN SOCIAL
El problema de fondo radica, pues, en la normativa social prohibitiva de relaciones sexuales fuera de las normas sociales. Es un problema de control social, con vistas al mantenimiento de la institución del matrimonio monogámico. De no cumplir estas normas el deseo se sobrepondría a la “ley”. Y la “ley” incumplida daría como resultado el desorden social.
De ahí la actitud de tolerancia y permisividad con respecto a un dilema muy claro. La interiorización de estas normas y su aceptación por parte de los individuos, consiste en hacer una opción entre el deseo y la ley. Por otra parte, cuando un hombre se configura en su proyecto vital con una mujer o un hombre con otro hombre o una mujer con otra mujer y forman lo que llamamos una pareja, esa configuración le proporciona una realidad rica capaz de gratificar todos los deseos, dentro de un orden establecido.
En esta mayor o menor configuración puede darse un equilibrio entre la ley y el deseo. Equilibrio que no quiere decir que se supriman ciertos deseos, sino que se integran y se aceptan, contando con la realidad doble que hemos indicado.
¿Es un problema de represión? Sí. También es un problema de aceptación de la realidad. La realidad sexual no puede nunca darse en términos caóticos, sino en la cultura y sociedad que cada cual vive. Queda, sin embargo, en el fondo, el problema de que la ley acepte también el deseo, como el deseo acepta la ley. Tendríamos así un deseo más educado y una ley más humana.
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